Pepe Botella fue el apelativo con el que se conoció popularmente a José I Bonaparte, rey de España entre 1808 y 1813, incardinado como tal por su hermano Napoleón Bonaparte. El apodo se debe a la extendida creencia, falsa al parecer, de que era un borracho.

José era el hermano mayor de Napoleón, nacido en Córcega en 1768. Abogado de formación, diplomático de la República francesa y rey de Nápoles desde 1806, llegó a España como pieza de un plan que no había trazado él. En mayo de 1808 Carlos IV y su hijo Fernando VII cedieron la corona a Napoleón en las abdicaciones de Bayona, y el emperador se la entregó a su hermano. En julio, una asamblea de notables reunida en la misma ciudad aprobó el Estatuto de Bayona, la carta otorgada con la que el nuevo rey pensaba gobernar.
Entró en Madrid el 20 de julio de 1808, un día después de que el ejército francés fuera derrotado en Bailén, y a los diez días tuvo que abandonar la capital. Volvió en enero de 1809, detrás de las tropas que el propio Napoleón había traído a la península, y desde entonces reinó sobre un país que en buena parte no lo reconocía. Las Juntas y después las Cortes de Cádiz gobernaban en nombre de Fernando VII, el Deseado, y las guerrillas controlaban los caminos.
La propaganda patriótica necesitaba un enemigo reconocible, y lo encontró en un rey extranjero al que se podía ridiculizar. Circularon coplas, pliegos y estampas que lo pintaban borracho, jugador y tuerto. Ninguno de los tres rasgos está documentado: quienes lo trataron lo describen como un hombre moderado en la mesa, y los historiadores coinciden en que el vicio del vino fue una invención de sus enemigos. Su eficacia no dependía de que fuera verdad, sino de que era fácil de repetir y de dibujar.

El de Pepe Botella no fue el único mote. En Madrid lo llamaron también el rey Plazuelas, porque ordenó derribar conventos y manzanas enteras para abrir plazas en una ciudad muy apretada. De esas demoliciones procede, entre otras, la plaza de Oriente, frente al Palacio Real. Lo que para sus partidarios era higiene y urbanismo moderno, para sus enemigos era un ataque a la Iglesia.
José quiso gobernar como un monarca ilustrado y se rodeó de españoles que compartían ese programa, los afrancesados. Su gobierno suprimió las órdenes religiosas masculinas en 1809, dividió el territorio en prefecturas a la manera francesa, estudió la adaptación del Código de Napoleón y abolió privilegios señoriales. Casi nada de ello llegó a aplicarse más allá de las zonas que controlaba el ejército. Su autoridad estaba limitada además por arriba: los mariscales franceses obedecían al emperador y no al rey, y en 1810 Napoleón puso bajo gobierno militar directo las provincias situadas al norte del Ebro.
La guerra decidió el resto. Tras la derrota francesa de Arapiles, en julio de 1812, José dejó de nuevo Madrid, y los caricaturistas ingleses celebraron la retirada.

El 21 de junio de 1813 el ejército aliado de Wellington derrotó a los franceses en Vitoria. El convoy de José, con carruajes, archivos, joyas y cuadros de las colecciones reales, cayó en manos de los vencedores, y el rey cruzó la frontera para no volver. En diciembre, por el tratado de Valençay, Napoleón reconoció a Fernando VII como rey de España.
José pasó la mayor parte del resto de su vida en Estados Unidos, con el título de conde de Survilliers, en una finca de Nueva Jersey. Murió en Florencia en 1844. En España el apodo le sobrevivió con mucha más fuerza que el recuerdo de sus reformas, y todavía hoy es más fácil encontrar a Pepe Botella en un chiste que a José I en un manual.
Afrancesados – Abdicaciones de Bayona – Estatuto de Bayona – Tratado de Valençay
Fuentes
- Juan Mercader RibaJosé Bonaparte, rey de España (1808-1813): historia externa del reinadoCSIC, Madrid1971
- Juan Mercader RibaJosé Bonaparte, rey de España (1808-1813): estructura del Estado español bonapartistaCSIC, Madrid1983
- Manuel Moreno AlonsoJosé Bonaparte: un rey republicano en el trono de EspañaLa Esfera de los Libros, Madrid2008