Madurez emocional

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La madurez emocional es la capacidad de sentir una emoción, reconocerla, entender de dónde viene y decidir qué hacer con ella, en lugar de que la emoción decida. El término viene de la psiquiatría estadounidense de los años cuarenta, donde William Menninger enumeró sus criterios —tolerancia a la frustración, dominio de sí, orientación hacia la realidad— como objetivo del desarrollo adulto, y hoy se solapa con dos conceptos que la investigación ha tratado con más rigor: la inteligencia emocional y la regulación emocional. Su tesis contraintuitiva es que madurar no consiste en sentir menos. Lo que la cultura corriente toma por madurez, la cara impasible, es la estrategia con el peor balance medido.

El estudio científico de la emoción arrancó con la primera gran obra del tema: La expresión de las emociones en el hombre y los animales (1872), donde Charles Darwin reunió observaciones en especies diversas y fotografías de Guillaume Duchenne, que provocaba expresiones con electrodos sobre los músculos faciales. La conclusión de fondo era demoledora para la idea de la emoción como decisión: la expresión es un residuo de hábitos utilitarios de los que el individuo ya no se ocupa, fisiología involuntaria más que elección. William James invirtió en 1884 el orden corriente —no lloramos porque estamos tristes, estamos tristes porque lloramos— y Walter Cannon lo atacó en 1927, señalando que las visceras reaccionan despacio para explicar emociones rápidas. La discusión sigue abierta en detalle, pero el dato que importa aquí ya estaba: sentir no se puede ordenar; solo se puede gestionar lo que se hace con lo sentido.

Grabado de 1872 que reproduce la fotografía de un rostro masculino contraído en una expresión extrema de horror y agonía
Fig. 1 Grabado de La expresión de las emociones en el hombre y los animales (Darwin, 1872), copiado de una fotografía de Guillaume Duchenne en la que la electroestimulación reproduce una expresión de horror. El mensaje del experimento sigue vigente: la expresión emocional es fisiología involuntaria, no una decisión, y por eso suprimirla solo la enmascara.Guillaume Duchenne · 1872 · Dominio público · Wikimedia Commons

La inteligencia emocional la definieron Peter Salovey y John Mayer en 1990 como una capacidad con cuatro ramas: percibir emociones, propias y ajenas; usarlas para pensar; comprender cómo evolucionan y se combinan; y gestionarlas. Daniel Goleman la popularizó en 1995 con la afirmación de que importa más que el cociente intelectual para el éxito en la vida, y esa afirmación no tiene apoyo. El metaanálisis de Dana Joseph y Daniel Newman de 2010, sobre decenas de estudios independientes, encontró que la inteligencia emocional medida como capacidad añade poco a la predicción del rendimiento laboral una vez descontadas la inteligencia general y la personalidad, y que las versiones medidas por cuestionario se solapan tanto con los rasgos de personalidad que apenas son otra cosa. Lo que sí resiste es más modesto y más útil: la rama de comprensión y gestión predice mejor el desempeño en los empleos con alta carga emocional, los que se describen en el capítulo sobre el trabajo emocional.

La regulación emocional es el terreno más firme, y su caso mejor documentado es un metaanálisis. James Gross propuso en 1998 un modelo por fases según el momento en que se interviene: antes de que la emoción se dispare, eligiendo o modificando la situación o redirigiendo la atención; cuando se está formando, reinterpretando lo que ocurre; o cuando ya está en marcha, suprimiendo su expresión. Las estrategias no son equivalentes. Gross y Oliver John mostraron en 2003 que quienes habitualmente reevalúan sienten más emociones positivas, tienen mejores relaciones y menos síntomas depresivos, mientras que quienes habitualmente suprimen sienten lo mismo por dentro, lo expresan menos, recuerdan peor lo ocurrido y tienen relaciones más pobres. El metaanálisis de Amelia Aldao, Susan Nolen-Hoeksema y Susanne Schweizer de 2010 reunió 114 estudios independientes y encontró el mismo patrón con más fuerza: la rumiación, la evitación y la supresión se asocian de forma consistente con más ansiedad, depresión y trastornos alimentarios, y la reevaluación y la resolución de problemas con menos. La supresión, que es lo que la cultura corriente toma por madurez, encabeza la lista de estrategias malas.

Dos hechos completan el cuadro. El primero es que la regulación mejora con la edad: Laura Carstensen ha mostrado, en su teoría de la selectividad socioemocional desarrollada desde 1991, que las personas mayores declaran un bienestar emocional igual o superior al de los jóvenes, se recuperan antes de las emociones negativas y atienden y recuerdan preferentemente lo positivo —un sesgo de mirada que Charles, Mather y Carstensen midieron en 2003 con seguimiento ocular—, no porque sientan menos sino porque, con un horizonte temporal más corto, eligen mejor a qué exponerse. La madurez emocional es en parte, literalmente, madurez. El segundo es que la estrategia adecuada depende de la intensidad: en las emociones fuertes la reevaluación fracasa y la distracción funciona mejor, un resultado de Gal Sheppes y sus colegas de 2011 que enlaza con el capítulo siguiente, la tormenta emocional. Madurar no es aplicar siempre la misma técnica; es tener varias y saber cuál toca.

Las objeciones son serias y la primera golpea al propio concepto: madurez emocional es un término normativo, y el contenido de la norma cambia con la cultura y la época. Lo que una sociedad cuenta por dominio de sí —contener la expresión, no molestar, sonreír en el servicio— es en otra mera frialdad o incluso deshonestidad, y las reglas de exhibición emocional varían tanto que tratar la versión occidental de oficina como la definición de salud es un sesgo que la propia literatura intercultural ha documentado. La segunda objeción es metodológica: casi todo lo citado procede de autoinformes sobre hábitos reguladores correlacionados con síntomas, lo que prueba asociación, no causalidad, y las intervenciones que enseñan reevaluación consiguen efectos pequeños. La tercera es que los datos sobre el envejecimiento son en buena parte transversales: la superioridad emocional de los mayores podría reflejar cohortes y no proceso, aunque los estudios longitudinales disponibles apoyan la interpretación de Carstensen.

Aun así, la herramienta sigue siendo útil porque corrige el error práctico más costoso del terreno, que es confundir el dominio de sí con el silenciamiento de sí. Donde la emoción es intensa no toca reevaluar sino esperar y nombrar; donde es leve, reinterpretar; y donde el entorno exige impasibilidad de forma permanente —la cabina de un avión, la consulta de urgencias—, el coste de esa exigencia es un riesgo laboral y no una virtud personal, como verá el capítulo del trabajo emocional.

Tormenta emocional – Conflicto intrapsíquico – Educación emocional – Trabajo emocional – Autoimagen, autoconcepto y autoestima: diferencias

Sarasola, Josemari (2023). "Madurez emocional". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/madurez-emocional/

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