Las posturas de poder son posiciones del cuerpo abiertas y expansivas, como ponerse de pie con las piernas separadas y las manos en la cintura, al estilo de Superman o de la Mujer Maravilla. En 2010, un estudio publicado en la revista Psychological Science aseguró que mantener una de ellas durante solo dos minutos subía la testosterona, bajaba el cortisol, la hormona del estrés, y hacía a la gente más dispuesta a asumir riesgos. Dos años después, una de sus autoras, la psicóloga Amy Cuddy, lo contó en una charla TED que se convirtió en una de las más vistas de la historia. Hoy es uno de los casos más conocidos de un resultado que no resistió las réplicas, y también un ejemplo de cómo puede sobrevivir una parte pequeña de una idea.
El estudio original, de Dana Carney, Amy Cuddy y Andy Yap, se hizo con 42 personas. A la mitad les pidieron que adoptaran durante un minuto cada una dos posturas de poder: recostarse en una silla con los pies sobre la mesa y las manos detrás de la cabeza, o inclinarse de pie sobre una mesa apoyando las manos en ella. A la otra mitad les pidieron posturas cerradas: encogerse en una silla con los brazos cruzados o de pie con las piernas y los brazos pegados al cuerpo. Antes y después les tomaron muestras de saliva para medir las hormonas, les preguntaron cuánto poder sentían y les ofrecieron una apuesta. Según el artículo, en el grupo de las posturas de poder la testosterona subió y el cortisol bajó, mientras que en el otro ocurrió lo contrario, y más personas aceptaron la apuesta arriesgada.

La idea tenía todo lo necesario para triunfar: era sencilla, se podía aplicar gratis antes de una entrevista de trabajo o de hablar en público y prometía cambiar algo tan profundo como la química del cuerpo con un gesto. La charla de Cuddy en 2012, titulada «Tu lenguaje corporal moldea quién eres», acumuló decenas de millones de visitas y popularizó el consejo de encerrarse en el baño a hacer de Superman dos minutos antes de un momento importante.
En 2015, un equipo dirigido por la economista Eva Ranehill repitió el experimento con 200 participantes, casi cinco veces más que el original, y con un procedimiento aún más controlado. No encontró ningún efecto sobre la testosterona, el cortisol ni la disposición al riesgo. Lo único que se mantuvo fue que las personas decían sentirse algo más poderosas después de las posturas abiertas. En 2016, Dana Carney, la primera autora del estudio original, publicó en su página web una declaración inusual en la ciencia: dijo que ya no creía que los efectos de las posturas de poder fueran reales, y explicó con detalle las decisiones de análisis que habían inflado los resultados, como añadir participantes a mitad del estudio o descartar datos según convenía.
En 2017, los investigadores Joseph Simmons y Uri Simonsohn aplicaron a los estudios publicados sobre el tema una técnica llamada curva p, que analiza cómo se reparten los valores p de un conjunto de estudios para detectar si detrás hay un efecto real o solo el resultado de probar análisis hasta encontrar uno significativo. Su conclusión fue que los datos eran compatibles con que no hubiera ningún efecto. Cuddy y sus colaboradores respondieron en 2018 con otra curva p sobre un conjunto más amplio de estudios, y encontraron pruebas sólidas de un efecto más modesto: las posturas abiertas hacen que la gente se sienta más segura y poderosa. Sobre las hormonas y la conducta, en cambio, no había base.
Lo que queda, por tanto, es mucho menos de lo prometido. Adoptar una postura abierta puede hacer que alguien se sienta un poco más seguro durante un rato, igual que respirar hondo o repasar lo que va a decir, y eso no es poco antes de una entrevista. Lo que no hace, según la mejor evidencia disponible, es cambiar la química del cuerpo ni convertir a nadie en otra persona. Y conviene no olvidar el orden habitual de las cosas: sentirse poderoso lleva a adoptar posturas expansivas, algo que se observa en muchas especies, mucho más de lo que una postura hace sentirse poderoso.
El caso muestra también cómo se corrige la ciencia. El estudio original era pequeño, como muchos de su época, y los autores tomaron decisiones de análisis que entonces eran habituales y hoy se consideran malas prácticas. La réplica grande, el reanálisis y la sinceridad de Carney forman parte del mismo movimiento que ha cuestionado el agotamiento del ego y que ha llevado a exigir muestras mayores y análisis registrados de antemano, como se explica en replicabilidad.
Replicabilidad – El valor p – El agotamiento del ego – Tamaño muestral – Sesgo de confirmación – Liderazgo
Fuentes
- Dana R. Carney, Amy J. C. Cuddy y Andy J. YapPower Posing: Brief Nonverbal Displays Affect Neuroendocrine Levels and Risk TolerancePsychological Science 21 (10), pp. 1363-13682010enlace
- Eva Ranehill, Anna Dreber, Magnus Johannesson, Susanne Leiberg, Sunhae Sul y Roberto A. WeberAssessing the Robustness of Power Posing: No Effect on Hormones and Risk Tolerance in a Large Sample of Men and WomenPsychological Science 26 (5), pp. 653-6562015enlace
- Joseph P. Simmons y Uri SimonsohnPower Posing: P-Curving the EvidencePsychological Science 28 (5), pp. 687-6932017enlace
- Amy J. C. Cuddy, S. Jack Schultz y Nathan E. FosseP-Curving a More Comprehensive Body of Research on Postural Feedback Reveals Clear Evidential Value for Power-Posing EffectsPsychological Science 29 (4), pp. 656-6662018enlace