La victimología es la disciplina que estudia a las víctimas de los delitos: quiénes son, por qué unas personas corren más riesgo que otras, qué relación tienen con quien las agrede, qué daño sufren y cómo las trata el sistema penal. Nació a mediados del siglo XX como una rama de la criminología, y su historia tiene una peculiaridad que la hace especialmente instructiva. Empezó preguntando cuánta responsabilidad tenía la víctima en lo que le pasaba, y tardó varias décadas en darse cuenta de que esa pregunta, planteada así, hacía daño a las mismas personas que pretendía estudiar.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX, la criminología fue una ciencia del delincuente. Cesare Lombroso buscaba en los cráneos de los presos los rasgos del criminal nato; sus sucesores cambiaron la anatomía por la psicología o la sociología, pero siguieron mirando hacia el mismo lado. La víctima aparecía en los expedientes como un dato, el lugar donde había caído el golpe. El derecho penal moderno había reforzado esa invisibilidad: al convertir el delito en una ofensa contra el Estado, apartó a la víctima del proceso y la dejó en el papel de testigo.

Los dos fundadores de la victimología fueron europeos desplazados por la guerra. Hans von Hentig, un criminólogo alemán que había salido de su país tras la llegada de los nazis, publicó en Estados Unidos en 1940 un artículo sobre la interacción entre el autor y la víctima, y en 1948 un libro, The Criminal and His Victim, cuya tesis era que la víctima no es un objeto pasivo sino uno de los factores que producen el delito. Propuso una tipología de víctimas según su vulnerabilidad: los jóvenes, las mujeres, los ancianos, los inmigrantes, las minorías, pero también los deprimidos, los codiciosos, los solitarios o los que atormentan a otros hasta que estos responden. Benjamin Mendelsohn, un abogado nacido en Rumanía y establecido después en Israel, reivindicó haber acuñado la palabra victimología en una conferencia en Bucarest en 1947 y la difundió en un artículo de 1956. Su clasificación ordenaba a las víctimas por grados de culpa, desde la completamente inocente hasta la más culpable que el agresor.
La idea de que la víctima contribuye al delito se convirtió pronto en una hipótesis que se podía medir, y la midió Marvin Wolfgang. En Patterns in Criminal Homicide (1958) analizó los 588 homicidios registrados en Filadelfia entre 1948 y 1952, y definió como precipitados por la víctima aquellos en los que la víctima había sido la primera en usar la fuerza física o en sacar un arma. Eran el 26 %. El resultado tenía sentido: muchos homicidios empiezan como una pelea entre conocidos, a menudo con alcohol, en la que el que acaba muerto es a veces el que empezó. Wolfgang lo formuló con cuidado y con una definición estrecha y comprobable.
El problema vino cuando el concepto viajó a otros delitos. En 1971 Menachem Amir, discípulo de Wolfgang, publicó Patterns in Forcible Rape, un estudio de 646 violaciones denunciadas en Filadelfia en 1958 y 1960. Aplicó la misma idea y concluyó que el 19 % habían sido precipitadas por la víctima. Pero su definición ya no era la de Wolfgang: incluía los casos en que la víctima, a juicio de la policía, había aceptado en un primer momento y luego se había echado atrás, no había reaccionado con suficiente energía ante la propuesta, o había usado un lenguaje o unos gestos que podían interpretarse como una invitación. Es decir, trasladaba a la estadística los prejuicios con que la policía y los tribunales de la época juzgaban a las mujeres que denunciaban.
La respuesta fue inmediata. Kurt Weis y Sandra Borges publicaron en 1973 una crítica demoledora que mostraba cómo la categoría convertía a la víctima en acusada y ofrecía una coartada científica al agresor. Dos años antes, el psicólogo William Ryan había dado nombre al fenómeno general en un libro sobre la pobreza y el racismo: Blaming the Victim, culpar a la víctima. La expresión pasó al lenguaje común. El movimiento feminista, que en esos mismos años abría los primeros refugios para mujeres maltratadas, como el de Chiswick en Londres en 1971, y los primeros centros de ayuda a víctimas de violación, convirtió la crítica en una causa política.

La disciplina se reorganizó por dos caminos. El primero fue científico: dejar de preguntar por la culpa de la víctima y preguntar por su exposición al riesgo. En 1978 Michael Hindelang, Michael Gottfredson y James Garofalo propusieron, a partir de las nuevas encuestas de victimización, la teoría del estilo de vida: el riesgo depende de cuánto tiempo pasa una persona en lugares públicos, de noche, con desconocidos o con personas que delinquen, y eso depende a su vez de la edad, el trabajo y la situación familiar. Un año después, Lawrence Cohen y Marcus Felson formularon la teoría de las actividades rutinarias: para que ocurra un delito hace falta que coincidan en el tiempo y el espacio un agresor motivado, un objetivo adecuado y la ausencia de un guardián capaz. Con ella explicaron por qué los robos en viviendas habían crecido en los años sesenta y setenta: más casas vacías durante el día, porque trabajaban los dos miembros de la pareja, y más objetos valiosos y ligeros que robar.
La diferencia con la precipitación es sutil y decisiva. Estas teorías explican por qué ciertas personas tienen más riesgo sin atribuirles ninguna culpa, del mismo modo que un epidemiólogo explica por qué ciertos trabajadores enferman más sin culparles de su enfermedad. Y sus consecuencias son prácticas: permiten diseñar la prevención alrededor de las situaciones y no de la moral de las víctimas (véase la victimización, sobre la revictimización y su uso en la prevención).
El segundo camino fue político y jurídico: reconocer a la víctima derechos propios dentro del proceso. En 1973 se celebró en Jerusalén el primer Simposio Internacional de Victimología, y en 1979 se fundó la Sociedad Mundial de Victimología. El criminólogo noruego Nils Christie publicó en 1977 un ensayo muy influyente, «Conflicts as Property», en el que sostenía que el Estado y los profesionales del derecho habían expropiado el conflicto a sus dueños: la víctima pierde dos veces, primero frente al agresor y después frente a un sistema que la reduce a prueba. Christie abrió así el camino de la justicia restaurativa, que busca que autor y víctima se encuentren y acuerden una reparación. En 1986 añadió otra idea incómoda, la de la víctima ideal: la sociedad reconoce plenamente como víctima a quien es débil, respetable, está haciendo algo irreprochable y es atacada por un desconocido, y regatea ese reconocimiento a quien no encaja en el molde.

Los textos legales llegaron después. La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en 1985 la Declaración sobre los principios fundamentales de justicia para las víctimas de delitos y del abuso de poder, que reconoce el derecho a ser tratadas con respeto, a ser informadas, a ser oídas y a recibir reparación y asistencia. La Unión Europea lo convirtió en obligación con la Directiva 2012/29/UE, y España la trasladó con el Estatuto de la víctima del delito, la Ley 4/2015, que garantiza información desde el primer contacto con las autoridades, protección frente a la victimización secundaria, participación en la ejecución de la pena y oficinas de asistencia en todo el territorio. En España, la victimología tuvo además un impulsor singular, el jesuita Antonio Beristain, fundador del Instituto Vasco de Criminología en San Sebastián, que dedicó la última parte de su obra a las víctimas del terrorismo.
La evidencia ha acompañado a algunos de estos cambios. Una revisión sistemática de 2013 del grupo de Heather Strang y Lawrence Sherman, que reunió los ensayos controlados sobre encuentros restaurativos entre autores y víctimas, encontró que reducían ligeramente la reincidencia y que las víctimas que participaban quedaban más satisfechas y declaraban menos síntomas de estrés postraumático que las que pasaban solo por el juicio ordinario. No es una solución universal, pero es un buen ejemplo de lo que la victimología aprendió a hacer: medir el efecto de las instituciones sobre la víctima con el mismo rigor con que antes se medía la conducta de la víctima.
El recorrido de la disciplina deja una lección que va más allá de su campo. La misma curiosidad científica puede servir para culpar o para proteger, según qué variable se decida medir y cómo se defina. Wolfgang midió algo real con una definición estrecha; Amir amplió la definición hasta que la estadística repetía los prejuicios de su tiempo. La victimología actual, que sigue estudiando la relación entre víctima y agresor, lo hace con una regla aprendida a pulso: entender por qué alguien corre un riesgo no es decidir que lo merecía.
Kitty Genovese y el efecto espectador – Violencia doméstica – Violencia vicaria – Justicia retributiva – Justicia transicional – La antropología del conflicto en las ciudades
Fuentes
- Hans von HentigRemarks on the Interaction of Perpetrator and VictimJournal of Criminal Law and Criminology 31 (3), 303-3091940enlace
- Hans von HentigThe Criminal and His Victim: Studies in the Sociobiology of CrimeYale University Press, New Haven1948
- Benjamin MendelsohnUne nouvelle branche de la science bio-psycho-sociale: la victimologieRevue internationale de criminologie et de police technique 10 (2), 95-1091956
- Marvin E. WolfgangVictim Precipitated Criminal HomicideJournal of Criminal Law, Criminology and Police Science 48 (1), 1-111957enlace
- Marvin E. WolfgangPatterns in Criminal HomicideUniversity of Pennsylvania Press, Filadelfia1958
- Menachem AmirVictim Precipitated Forcible RapeJournal of Criminal Law, Criminology and Police Science 58 (4), 493-5021967enlace
- Stephen SchaferThe Victim and His Criminal: A Study in Functional ResponsibilityRandom House, Nueva York1968
- Menachem AmirPatterns in Forcible RapeUniversity of Chicago Press1971
- William RyanBlaming the VictimPantheon, Nueva York1971
- Kurt Weis y Sandra S. BorgesVictimology and Rape: The Case of the Legitimate VictimIssues in Criminology 8 (2), 71-1151973
- Nils ChristieConflicts as PropertyThe British Journal of Criminology 17 (1), 1-151977enlace
- Michael J. Hindelang, Michael R. Gottfredson y James GarofaloVictims of Personal Crime: An Empirical Foundation for a Theory of Personal VictimizationBallinger, Cambridge (Massachusetts)1978
- Lawrence E. Cohen y Marcus FelsonSocial Change and Crime Rate Trends: A Routine Activity ApproachAmerican Sociological Review 44 (4), 588-6081979enlace
- Nils ChristieThe Ideal VictimEn E. A. Fattah (ed.), From Crime Policy to Victim Policy, Macmillan, Londres, 17-301986
- Asamblea General de las Naciones UnidasDeclaración sobre los principios fundamentales de justicia para las víctimas de delitos y del abuso de poder (resolución 40/34)Naciones Unidas, Nueva York1985enlace
- Antonio BeristainVictimología: nueve palabras claveTirant lo Blanch, Valencia2000
- Parlamento Europeo y Consejo de la Unión EuropeaDirectiva 2012/29/UE por la que se establecen normas mínimas sobre los derechos, el apoyo y la protección de las víctimas de delitosDiario Oficial de la Unión Europea L 315, 57-732012enlace
- Heather Strang, Lawrence W. Sherman, Evan Mayo-Wilson, Daniel Woods y Barak ArielRestorative Justice Conferencing (RJC) Using Face-to-Face Meetings of Offenders and Victims: Effects on Offender Recidivism and Victim SatisfactionCampbell Systematic Reviews 9 (1), 1-592013enlace
- Jefatura del EstadoLey 4/2015, de 27 de abril, del Estatuto de la víctima del delitoBoletín Oficial del Estado 101, de 28 de abril de 20152015enlace