El habitus es el sistema de disposiciones duraderas y transferibles que la posición social incorpora en el cuerpo y que genera, sin cálculo consciente, las prácticas, las percepciones y los gustos de un individuo. Es el concepto central de la sociología de Pierre Bourdieu, y su definición canónica lo describe como estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes: la posición social produce las disposiciones, y las disposiciones producen prácticas que reproducen la posición social. Bourdieu recuperó el término de una larga tradición —la hexis aristotélica, el habitus escolástico, los usos de Marcel Mauss y Norbert Elias— para resolver un problema teórico concreto: explicar cómo la conducta puede estar objetivamente ajustada a una estructura social sin obedecer ni a una regla explícita ni a una elección racional.
El problema no era académico. Bourdieu lo encontró en Argelia, haciendo trabajo de campo entre los cabilios a finales de los cincuenta, y consistía en que sus informantes cumplían escrupulosamente reglas que sabían enunciar mal o no sabían enunciar en absoluto: elegían el momento del don recíproco con una precisión que el estructuralismo de Lévi-Strauss describía como norma, pero que ellos vivían como tacto. La regla explicaba el resultado y no la conducta. Y la alternativa entonces disponible, el actor que calcula, tampoco servía: nadie calcula cuándo devolver un regalo, y quien lo calculara visiblemente arruinaría el intercambio. El habitus es el tercer término que Bourdieu inventa para salir de esa alternativa entre el hecho social que manda y la acción social que decide.
Opera, por tanto, por debajo del discurso. Se adquiere en la socialización primaria por familiarización más que por enseñanza —se aprende mirando, imitando, siendo corregido— y se deposita en el cuerpo: en la manera de andar, de comer, de hablar, de ocupar el espacio, de reírse. Por eso Bourdieu insiste en llamarlo sentido práctico o sentido del juego: el jugador competente no aplica reglas, anticipa el balón. Y por eso el gusto es para él el indicador social más fiable, mucho más que la declaración de ideas.

En La distinción (1979) lo demuestra con encuestas sobre música, mobiliario, comida y deporte en la Francia de los años sesenta: las preferencias estéticas se distribuyen según el volumen y la composición del capital —económico y cultural— y funcionan como marcadores de clase social que sus portadores viven como elección personal e íntima. El habitus es lo que hace que la desigualdad se experimente como vocación. La demostración incluye una asimetría fina: la estética popular pide que la obra sirva para algo o represente algo reconocible, mientras que la mirada culta se recrea en la forma y se enorgullece precisamente de prescindir de la función, y esa distancia frente a la necesidad solo la puede permitir quien no la padece.

El concepto no funciona solo. Bourdieu lo articula con otros dos: el capital, en sus especies económica, cultural, social y simbólica, que es lo que se tiene; y el campo, el espacio de juego relativamente autónomo —el arte, la ciencia, la política, la moda— con sus reglas y sus apuestas propias. La fórmula que resume su sociología es que la práctica resulta de la relación entre el habitus y el capital dentro de un campo determinado, y que el ajuste entre disposiciones y posición produce esa sensación de estar en casa que él llama illusio: creer que el juego merece la pena jugarse. De ahí sale también la noción de violencia simbólica, la forma de dominación que funciona porque el dominado percibe el orden con las mismas categorías que lo producen, y por tanto lo encuentra natural.
De aquí sale la crítica de Bourdieu a la ideología del mérito. Si la escuela evalúa la soltura verbal, la familiaridad con la cultura legítima y la relación desenvuelta con la autoridad, está evaluando el habitus de origen y llamando talento a lo que es herencia; la institución que se declara neutral es la que hace la selección social más eficaz, porque la convierte en veredicto individual. La hystéresis del habitus explica el caso simétrico: cuando las condiciones cambian más rápido que las disposiciones, aparecen conductas desajustadas —el hijo de la burguesía arruinada que sigue gastando como su padre, el titulado universitario de primera generación cuyas expectativas ya no corresponden al valor de mercado de su título—, situaciones que Bourdieu llamó efecto Don Quijote.
Al concepto se le ha reprochado sobre todo su tendencia al determinismo: si las disposiciones son duraderas y se ajustan a la posición, cuesta explicar el cambio social, la trayectoria improbable o la reflexividad del propio agente. Bourdieu respondió que el habitus es generador y no mecánico —produce respuestas nuevas ante situaciones nuevas, dentro de unos límites— y describió en su obra tardía el habitus dividido del que atraviesa clases sociales y arrastra dos conjuntos de disposiciones incompatibles, un análisis que su autor aplicó a su propia biografía de hijo de un cartero rural del Béarn convertido en profesor del Collège de France. Bernard Lahire llevó la objeción más lejos con su hombre plural: no hay un habitus por persona, sino repertorios de disposiciones parcialmente contradictorias que se activan según el contexto, y la coherencia que Bourdieu supone sería un artefacto de mirar a la gente en un solo escenario.
La otra crítica es empírica y ha resultado la más productiva. Michèle Lamont comparó las clases medias altas francesa y estadounidense y encontró que las fronteras que trazan no son las mismas: en Francia pesan las culturales, en Estados Unidos las morales y las económicas, de modo que el mecanismo es general pero su contenido es local. Y Richard Peterson documentó desde los años noventa el desplazamiento del esnob al omnívoro: hoy la posición alta no se marca despreciando la cultura popular sino consumiéndola toda, del ópera al reguetón, y el signo de distinción es la amplitud y no la altura. El estudio británico Culture, Class, Distinction confirmó que el patrón francés de 1963 no se reproduce sin más. Ninguna de estas objeciones ha jubilado el concepto; lo han obligado a hacer lo que su autor pedía, que era medirse contra datos concretos en lugar de aplicarse como conjuro. El habitus sigue siendo la mejor respuesta disponible a una pregunta incómoda: por qué la gente hace, casi siempre, exactamente lo que se esperaría de alguien en su lugar, sin que nadie se lo haya ordenado.
Clase social – Acción social – Capital económico (sociología, Pierre Bourdieu) – Falsa meritocracia – Movilidad social – Espacio social – Trayectoria vital
Fuentes
- Pierre BourdieuEsquisse d'une théorie de la pratique, précédé de trois études d'ethnologie kabyleDroz1972
- Pierre BourdieuLa distinction. Critique sociale du jugementÉditions de Minuit1979
- Pierre BourdieuLe sens pratiqueÉditions de Minuit1980
- Pierre Bourdieu y Jean-Claude PasseronLa reproduction. Éléments pour une théorie du système d'enseignementÉditions de Minuit1970
- Michèle LamontMoney, Morals, and Manners: The Culture of the French and the American Upper-Middle ClassUniversity of Chicago Press1992
- Richard A. Peterson y Roger M. KernChanging Highbrow Taste: From Snob to OmnivoreAmerican Sociological Review, 61(5)1996
- Bernard LahireL'homme pluriel. Les ressorts de l'actionNathan1998
- Tony Bennett et al.Culture, Class, DistinctionRoutledge2009