En julio de 1925, Dayton, un pueblo de unos dos mil habitantes en las colinas del este de Tennessee, recibió a cientos de periodistas, predicadores, curiosos, vendedores ambulantes y hasta un chimpancé traído para la ocasión. Se juzgaba a un profesor de instituto de veinticuatro años, John Thomas Scopes, por haber enseñado la teoría de la evolución en una clase de biología. Fue el primer juicio retransmitido por radio en Estados Unidos. La prensa lo llamó el juicio del mono, y se ha contado desde entonces como el gran choque entre la ciencia y la religión. La historia real es más pequeña, más cómica y, en lo jurídico, más interesante.
El 21 de marzo de 1925 el gobernador de Tennessee, Austin Peay, firmó la Ley Butler, que prohibía a los profesores de cualquier centro financiado por el Estado «enseñar cualquier teoría que niegue la historia de la Creación divina del hombre tal como se enseña en la Biblia, y enseñar en su lugar que el hombre desciende de un orden inferior de animales». La multa iba de cien a quinientos dólares. Peay la firmó sin mucho entusiasmo, convencido de que nunca se aplicaría. La ley formaba parte de una campaña nacional impulsada por el movimiento fundamentalista protestante y por William Jennings Bryan, tres veces candidato demócrata a la presidencia, que veía en el darwinismo el origen del militarismo alemán y de la brutalidad social.

La Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, fundada pocos años antes, publicó en la prensa de Tennessee un anuncio: pagaría la defensa de cualquier profesor dispuesto a ser procesado para llevar la ley a los tribunales. En Dayton, un ingeniero de minas llamado George Rappleyea leyó el anuncio y vio una oportunidad para el pueblo. Reunió a varios notables en el drugstore de Frank Robinson y convenció a Scopes, que había sustituido al profesor de biología durante unas semanas, de que se prestara a ser acusado. El libro de texto oficial del Estado, A Civic Biology de George William Hunter, explicaba la evolución. Scopes dijo que había repasado con los alumnos ese capítulo. El juicio era, desde el principio, un montaje consentido por todos para atraer atención y visitantes.
Salió mejor de lo previsto. Bryan se ofreció a colaborar con la acusación. En respuesta, se sumó a la defensa Clarence Darrow, el penalista más famoso del país, agnóstico declarado, que acababa de salvar de la pena de muerte a los asesinos Leopold y Loeb. El juicio empezó el 10 de julio en el juzgado del condado de Rhea, presidido por el juez John Raulston. H. L. Mencken, el periodista más mordaz de su tiempo, lo cubría para el Baltimore Sun con crónicas que ridiculizaban a los habitantes de la región. Sobre la fachada del juzgado colgaba una pancarta: «Lee tu Biblia».

La estrategia de la defensa no era conseguir la absolución, porque Scopes era culpable según la letra de la ley. Era demostrar ante la opinión pública que la ley era absurda y, perdiendo en primera instancia, llevar el caso a los tribunales superiores para que la declararan inconstitucional. Para lo primero, Darrow había traído a Dayton a una docena de científicos y teólogos dispuestos a declarar que la evolución era un hecho probado y compatible con la fe cristiana. El juez Raulston los excluyó: la ley prohibía enseñar la evolución, y si la teoría era verdadera o no carecía de relevancia para el delito. Solo se admitieron por escrito, para el recurso.
El 20 de julio, con un calor insoportable y el temor a que el suelo de la sala cediera por el peso del público, el juez trasladó la sesión al césped. Allí ocurrió la escena por la que se recuerda el juicio. Darrow llamó a declarar a Bryan como experto en la Biblia, y Bryan, contra el consejo de sus colegas, aceptó. Durante casi dos horas Darrow le preguntó si la ballena se había tragado de verdad a Jonás, dónde había sacado Caín a su esposa, si el sol se había detenido para Josué y cuántos años tenía la Tierra. Bryan acabó admitiendo que los días de la Creación podían no haber sido de veinticuatro horas, una concesión que decepcionó a muchos de sus seguidores.

Al día siguiente, el juez borró el interrogatorio del acta. Darrow, para impedir que Bryan pronunciara el discurso final que llevaba semanas preparando, pidió al jurado que declarara culpable a su propio cliente. El jurado deliberó nueve minutos. Raulston impuso a Scopes la multa mínima de cien dólares. Cinco días después, el 26 de julio, Bryan murió mientras dormía la siesta en Dayton. La victoria jurídica fue suya; la batalla de la opinión, en el norte del país, la ganó Darrow.
El recurso acabó de forma extraña. En enero de 1927 el Tribunal Supremo de Tennessee declaró que la ley era constitucional, porque el Estado, como empleador de los profesores, podía decidir qué se enseñaba en sus escuelas. Pero anuló la condena por un defecto de forma: la constitución de Tennessee exigía que las multas de más de cincuenta dólares las fijara el jurado, y la de Scopes la había fijado el juez. El tribunal recomendó además no volver a juzgarlo, «por el bien de la paz y la dignidad del Estado». Sin condena, no había nada que recurrir ante el Tribunal Supremo federal. La ACLU se quedó sin su caso de prueba.
La Ley Butler siguió vigente cuarenta y dos años, hasta 1967. Su efecto fue más discreto y más duradero que el juicio: las editoriales de libros de texto, para no perder el mercado del Sur, suavizaron o eliminaron la evolución de sus manuales durante décadas. El historiador Adam Shapiro ha mostrado que el conflicto de fondo era tanto sobre quién controlaba la escuela pública como sobre Darwin. Y el propio manual de Hunter que Scopes usó incluía, junto a la evolución, un capítulo favorable a la eugenesia, un detalle que los relatos heroicos del juicio suelen omitir. No fue hasta 1968, en Epperson contra Arkansas, cuando el Tribunal Supremo federal declaró que prohibir la enseñanza de la evolución por motivos religiosos violaba la separación entre Iglesia y Estado de la Primera Enmienda.
La versión que conoce casi todo el mundo procede de Heredarás el viento, una obra de teatro de 1955 llevada al cine en 1960, que convirtió a Scopes en un mártir encarcelado y a los vecinos de Dayton en una turba fanática. Sus autores la escribieron pensando en la caza de brujas del senador McCarthy, no en 1925. La historia de Edward Larson, que ganó el Pulitzer en 1998, devolvió al caso su verdadera escala: un pleito de prueba pactado, un pueblo que buscaba publicidad y dos abogados famosos que usaron un juzgado rural como escenario de una disputa nacional. En lo jurídico, el juicio del mono no resolvió nada. En lo político, fijó los términos de un debate que Estados Unidos sigue teniendo.
Norma jurídica – Eficacia jurídica – Racismo científico y craniometría – Marbury contra Madison y el control de constitucionalidad – Gideon contra Wainwright y el derecho a un abogado
Fuentes
- Asamblea General de TennesseeButler Act (Public Acts of Tennessee, 1925, cap. 27)Nashville, 21 de marzo de 19251925
- National Book CompanyThe World's Most Famous Court Trial: Tennessee Evolution Case. A Complete Stenographic ReportNational Book Company, Cincinnati1925
- Tribunal Supremo de TennesseeScopes v. State, 154 Tenn. 105, 289 S.W. 363Nashville1927
- Tribunal Supremo de Estados UnidosEpperson v. Arkansas, 393 U.S. 97Washington1968enlace
- Edward J. LarsonSummer for the Gods: The Scopes Trial and America's Continuing Debate over Science and ReligionBasic Books, Nueva York1997
- Adam R. ShapiroTrying Biology: The Scopes Trial, Textbooks, and the Antievolution Movement in American SchoolsUniversity of Chicago Press, Chicago2013enlace
- Jeffrey P. MoranThe Scopes Trial: A Brief History with DocumentsBedford/St. Martin's, Boston2002
- George William HunterA Civic Biology: Presented in ProblemsAmerican Book Company, Nueva York1914
- John T. Scopes y James PresleyCenter of the Storm: Memoirs of John T. ScopesHolt, Rinehart and Winston, Nueva York1967
- Douglas O. LinderThe Tennessee vs. John Scopes «Monkey Trial»Famous Trials, University of Missouri-Kansas City School of Law2023enlace
- Ronald L. NumbersThe Creationists: From Scientific Creationism to Intelligent Design (ed. ampliada)Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts)2006