El experimento de Asch

El experimento de conformidad de Solomon Asch: las líneas, los cómplices, los resultados reales, el aliado que rompe la unanimidad y lo que se cuenta mal.

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El experimento de Asch es una serie de estudios sobre la conformidad (en inglés, conformity) que el psicólogo Solomon Asch realizó a principios de los años cincuenta en el Swarthmore College, en Pensilvania. Su pregunta era sencilla: ¿qué hace una persona cuando todos los que la rodean afirman algo que ella ve claramente que es falso? La respuesta se convirtió en uno de los resultados más citados de la psicología social, aunque casi siempre se cuenta al revés de como lo entendía su autor.

Asch, nacido en Varsovia en 1907 y emigrado de niño a Nueva York, venía de la psicología de la Gestalt y desconfiaba de los estudios sobre sugestión que dominaban la época. En los años treinta, Muzafer Sherif había mostrado que las personas ajustan sus juicios a los del grupo cuando la tarea es ambigua: en una habitación oscura, un punto de luz fijo parece moverse, y cada participante acababa estimando el movimiento de forma parecida a los demás. Asch sospechaba que eso ocurría precisamente porque no había una respuesta correcta. Diseñó entonces una tarea en la que la respuesta fuera evidente, para comprobar si la presión del grupo seguía funcionando cuando los propios ojos decían otra cosa.

Dibujo esquemático de dos tarjetas: en la izquierda, una sola línea vertical; en la derecha, tres líneas verticales de distinta longitud rotuladas A, B y C
Fig. 1 Las tarjetas del experimento. Los participantes debían decir cuál de las tres líneas de la derecha tenía la misma longitud que la de la izquierda. Aquí la respuesta correcta es C.Helen, a partir de Solomon Asch · 2013 · Dominio público · Wikimedia Commons

El procedimiento era una pequeña obra de teatro. Un estudiante llegaba a lo que creía un experimento de percepción visual y se sentaba en una mesa con otros siete u ocho jóvenes. El investigador mostraba dos tarjetas: en una había una línea de referencia y en la otra tres líneas de longitudes distintas, una de ellas igual a la primera. Cada participante decía en voz alta cuál era la línea que coincidía, en orden, y el estudiante real respondía el penúltimo. Lo que no sabía era que todos los demás eran cómplices del investigador. En las dos primeras rondas, todos daban la respuesta correcta. En la tercera, y después en doce de las dieciocho rondas, los cómplices daban por unanimidad una respuesta equivocada, a veces con una diferencia de varios centímetros.

Cuando se hacía la misma tarea en solitario, los errores eran casi inexistentes, menos del uno por ciento. Con la mayoría falsa, los participantes coincidieron con ella en torno al 37 % de las rondas críticas, según los resultados de la monografía de 1956, que reunía a 123 estudiantes. Pero el dato medio escondía mucha variación: una cuarta parte de los participantes no cedió nunca, mientras que unos pocos siguieron a la mayoría casi siempre. En las entrevistas posteriores, la mayoría de los que habían cedido dijeron que sabían que el grupo estaba equivocado, pero no quisieron desentonar; unos pocos llegaron a dudar de su propia vista, y algunos supusieron que tendrían algún defecto de percepción.

Asch varió después las condiciones para ver qué sostenía la conformidad. El tamaño del grupo importaba hasta cierto punto: con un solo cómplice apenas había efecto, con dos aumentaba y con tres alcanzaba prácticamente su máximo, de modo que añadir más personas no lo incrementaba. Lo decisivo era la unanimidad. Si uno de los cómplices daba la respuesta correcta, la conformidad caía a una fracción de la anterior, y bastaba con que alguien discrepara, aunque fuera con otra respuesta equivocada, para que el participante se sintiera libre de decir lo que veía. Y cuando se permitía a los participantes escribir su respuesta en privado en lugar de decirla en voz alta, la conformidad también se desplomaba.

Esta última variante fue la base de una distinción que propusieron en 1955 Morton Deutsch y Harold Gerard. La influencia normativa es la que lleva a adaptarse al grupo para ser aceptado o no quedar en evidencia, aunque en privado se piense otra cosa; la influencia informativa es la que lleva a adoptar la opinión de los demás porque se cree que saben más. En la tarea de Sherif predominaba la segunda; en la de Asch, sobre todo la primera. La diferencia tiene consecuencias prácticas: la presión normativa desaparece en cuanto la persona deja de estar expuesta a la mirada del grupo, mientras que la informativa cambia de verdad lo que se cree.

El experimento se ha repetido muchas veces. En 1996, Rod Bond y Peter Smith reunieron 133 estudios con la tarea de las líneas realizados en diecisiete países y encontraron dos tendencias: la conformidad había disminuido en Estados Unidos desde los años cincuenta, y era mayor en los países con culturas más colectivistas que en los más individualistas. Una réplica británica de 1980 con estudiantes de ingeniería apenas encontró conformidad, lo que llevó a sus autores a preguntarse si el efecto de Asch no sería hijo de su tiempo, el de la época del macartismo. Otras réplicas, sin embargo, lo han seguido encontrando en distintos grados, y los estudios con adolescentes o con grupos de amigos suelen dar cifras más altas que con desconocidos.

El malentendido más persistente lo documentaron en 1990 Ronald Friend, Yvonne Rafferty y Dana Bramel, que revisaron cómo presentaban el experimento los manuales de psicología. La mayoría lo contaba como una demostración de lo fácilmente que las personas se someten al grupo. Asch no lo veía así: en dos de cada tres respuestas críticas, los participantes se habían mantenido firmes frente a una mayoría unánime, y el título de su monografía hablaba de independencia y conformidad. Le interesaba tanto la capacidad de resistir como la tendencia a ceder, y le preocupaba que una sociedad en la que las personas sensatas llamaran blanco a lo negro tuviera un problema serio.

La herencia del experimento es enorme. Uno de los ayudantes de Asch en Princeton a finales de los cincuenta fue Stanley Milgram, que quiso comprobar si la presión social podía llevar a alguien no ya a dar una respuesta falsa, sino a hacer daño a otro, y de ahí salió el experimento de Milgram. La presión de grupo, la ignorancia pluralista o el pensamiento grupal se estudian hoy como parientes del fenómeno que Asch observó con unas simples líneas. Y su hallazgo más útil quizá sea el menos citado: una sola voz discrepante basta para romper el hechizo de la unanimidad.

El experimento de Milgram – Presión de grupo – Pensamiento grupal – Ignorancia pluralista – Espiral del silencio – Kitty Genovese y el efecto espectador

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Fuentes

  1. Solomon E. AschEffects of Group Pressure upon the Modification and Distortion of JudgmentsEn H. Guetzkow (ed.), Groups, Leadership and Men, Carnegie Press, Pittsburgh, 177-1901951
  2. Solomon E. AschOpinions and Social PressureScientific American 193 (5), 31-351955enlace
  3. Solomon E. AschStudies of Independence and Conformity: I. A Minority of One against a Unanimous MajorityPsychological Monographs: General and Applied 70 (9), 1-701956enlace
  4. Morton Deutsch y Harold B. GerardA Study of Normative and Informational Social Influences upon Individual JudgmentJournal of Abnormal and Social Psychology 51 (3), 629-6361955enlace
  5. Ronald Friend, Yvonne Rafferty y Dana BramelA Puzzling Misinterpretation of the Asch 'Conformity' StudyEuropean Journal of Social Psychology 20 (1), 29-441990enlace
  6. Rod Bond y Peter B. SmithCulture and Conformity: A Meta-Analysis of Studies Using Asch's (1952b, 1956) Line Judgment TaskPsychological Bulletin 119 (1), 111-1371996enlace
Sarasola, Josemari (2025). "El experimento de Asch". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-experimento-de-asch/

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