El efecto Barnum es la tendencia a aceptar como descripción exacta de uno mismo un retrato psicológico que en realidad encaja con casi cualquiera. Funciona con los horóscopos, con los tests de personalidad de revista, con la quiromancia, con el eneagrama y con buena parte de lo que un vidente dice en una sesión. No hace falta que el cliente sea crédulo ni ingenuo: basta con que el texto sea lo bastante general, esté redactado en segunda persona y contenga alguna contradicción suave que permita reconocerse tanto en un rasgo como en su contrario.
La demostración canónica la hizo Bertram Forer, profesor de psicología, con sus alumnos en 1948. Les pasó un test de personalidad que había preparado, recogió las respuestas y una semana después entregó a cada uno un sobre con su perfil individual, pidiéndoles que puntuasen de cero a cinco lo bien que les describía. La media fue de 4,26, y treinta y uno de los treinta y nueve estudiantes puntuaron cuatro o más. Entonces Forer les pidió que levantaran la hoja y la comparasen con la del vecino. Todos los perfiles eran idénticos. Forer los había armado la víspera recortando frases de un libro de astrología de quiosco, y empezaban así: «tiene usted una gran necesidad de que los demás le aprecien y le admiren; tiende a ser crítico consigo mismo; tiene mucha capacidad sin usar que no ha vuelto en su provecho». El nombre se lo puso ocho años después Paul Meehl, que lo llamó efecto Barnum por el empresario de circo P. T. Barnum, de quien se decía que ofrecía en sus espectáculos «un poco de algo para cada uno».

Lo que se ha aprendido después es qué hace que el truco funcione mejor. El factor más potente es el halago: las frases favorables se aceptan mucho más que las desfavorables, y un perfil que diga que uno es ordenado y leal se acepta más que uno que diga lo mismo con signo contrario. El segundo es la personalización aparente. Si el sujeto cree que el texto se ha elaborado a partir de datos suyos, su carta astral, su letra, un cuestionario que acaba de rellenar, lo puntúa más alto que si cree que es un texto general. El tercero es la autoridad de quien lo entrega. Ross Stagner repitió el experimento en 1958 con jefes de personal de empresa, gente cuyo oficio era precisamente juzgar a otros, y obtuvo lo mismo: casi la mitad calificó de buena o muy buena una descripción idéntica para todos.
El caso más incómodo lo montó el estadístico francés Michel Gauquelin a finales de los años sesenta. Publicó un anuncio ofreciendo una carta astral gratuita, envió a los cientos de personas que respondieron el mismo horóscopo, el del doctor Marcel Petiot, un médico que había asesinado a decenas de personas durante la ocupación alemana, y preguntó si se reconocían en él. El noventa y cuatro por ciento contestó que sí, y muchos agradecieron la exactitud del retrato. Lo que el experimento mide no es la astrología sino al lector: una descripción simpática y ambigua se valida sola, porque el propio sujeto aporta los ejemplos que la confirman y olvida los que no.

La prueba directa llegó en 1985, cuando el físico Shawn Carlson publicó en Nature un test a doble ciego diseñado con la colaboración de astrólogos en activo, que aceptaron de antemano el protocolo y el criterio de éxito. A cada astrólogo se le daba una carta natal y tres perfiles psicológicos reales, uno de ellos del sujeto de la carta, y debía elegir. Los astrólogos habían predicho que acertarían en más de la mitad de los casos; acertaron en uno de cada tres, exactamente lo que da el azar. En el otro brazo del experimento, los sujetos tenían que reconocer su propia interpretación astrológica entre tres, y tampoco lo hicieron mejor que al azar, lo cual confirma el mecanismo: cuando la validación personal desaparece y hay que comparar, la precisión aparente se esfuma.
Saber esto no inmuniza contra nada en particular, pero sí da una prueba práctica. Ante cualquier retrato que parezca sorprendentemente certero, conviene preguntarse si su negación sonaría absurda. Si nadie se describiría nunca como alguien a quien no le importa en absoluto lo que piensen los demás, entonces la frase contraria no dice nada de uno. La misma herramienta sirve con los tests de personalidad que usan las empresas, con las descripciones que devuelven algunos servicios de datos y con cualquier texto escrito para que todo el mundo asienta.
El efecto halo – Profecía autocumplida – El efecto placebo – Sesgo de confirmación
Fuentes
- Bertram R. ForerThe fallacy of personal validation: a classroom demonstration of gullibilityThe Journal of Abnormal and Social Psychology 44 (1), 118-1231949enlace
- Paul E. MeehlWanted—a good cookbookAmerican Psychologist 11 (6), 263-2721956enlace
- Ross StagnerThe gullibility of personnel managersPersonnel Psychology 11 (3), 347-3521958enlace
- Shawn CarlsonA double-blind test of astrologyNature 318, 419-4251985enlace