
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, cuenta la historia de un hidalgo pobre de un pueblo de la Mancha, Alonso Quijano, que de tanto leer libros de caballerías pierde el juicio y decide hacerse caballero andante. Con el nombre de don Quijote, una armadura vieja, un caballo flaco al que llama Rocinante y una dama imaginaria, Dulcinea del Toboso, sale por los caminos a deshacer agravios y socorrer a los débiles. Le acompaña un labrador de su pueblo, Sancho Panza, al que ha prometido el gobierno de una ínsula. Don Quijote ve gigantes donde hay molinos, castillos donde hay ventas y ejércitos donde hay rebaños, y casi todas sus aventuras acaban a palos. Al final, derrotado y enfermo, vuelve a casa, recobra la razón y muere como Alonso Quijano el Bueno.
La novela se publicó en dos partes. La primera, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, apareció en 1605 y tiene 52 capítulos, que Cervantes agrupó a su vez en cuatro partes. Narra dos salidas. En la primera, don Quijote va solo, se hace armar caballero en una venta y vuelve a casa apaleado; el cura y el barbero queman entonces buena parte de sus libros. En la segunda, ya con Sancho, vive las aventuras más conocidas, los molinos de viento, el vizcaíno, el bálsamo de Fierabrás, el yelmo de Mambrino o los galeotes, y termina haciendo penitencia en Sierra Morena, donde se cruzan las historias de amor de Cardenio, Luscinda, Dorotea y don Fernando. Sus vecinos lo engañan para llevarlo de vuelta a la aldea, encerrado en una jaula como si estuviera encantado.
La segunda parte, El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, se publicó en 1615 y tiene 74 capítulos. En ella don Quijote y Sancho saben que ya son famosos porque su historia se ha impreso, y muchos de los personajes que encuentran la han leído. Sancho engaña a su amo haciéndole creer que Dulcinea ha sido encantada, unos duques ricos los alojan en su castillo para burlarse de ellos y dan a Sancho el gobierno de la ínsula Barataria, donde demuestra más sensatez que nadie. En Barcelona, el bachiller Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, vence a don Quijote y le obliga a volver a casa. Esa segunda parte se resume capítulo a capítulo en Don Quijote de la Mancha, segunda parte: resumen por capítulos.
Los personajes principales son don Quijote, el caballero idealista y loco solo en lo que toca a la caballería, porque en todo lo demás razona con enorme discreción; Sancho Panza, su escudero, glotón, práctico y lleno de refranes, que a lo largo del libro se contagia del idealismo de su amo igual que su amo se contagia de su sentido común; Dulcinea del Toboso, que en realidad es una labradora, Aldonza Lorenzo, y nunca aparece en persona; Rocinante y el rucio, el asno de Sancho; el cura Pero Pérez y el barbero maese Nicolás, los amigos que intentan devolverlo a casa; el ama y la sobrina; y el bachiller Sansón Carrasco, el gran protagonista de la segunda parte. Cervantes finge además que la historia la escribió un historiador árabe, Cide Hamete Benengeli, y que él solo la ha hecho traducir, un juego con el lector que es una de las razones por las que el Quijote se considera la primera novela moderna.
A continuación está el resumen detallado, capítulo a capítulo, de la primera parte.
PRIMERA PARTE (1605)
Capítulo I: Quién es don Quijote

En un lugar de la Mancha, vivía un hidalgo, noble caballero de poca monta, de aquellos de los antiguos, pero pobre en posesiones. De cincuenta años más o menos, vivía con un ama, una sobrina de menos de veinte y un mozo para todo. Era flaco y duro a la vez. Se llamaba Alonso Quijano (haz clic).
Este hidalgo leía con gran afición libros de caballerías, y era tanta la afición que vendió muchas de sus posesiones para comprar más y más libros de estos, ya que se deleitaba en sus intrincados párrafos. Pero tanto y tanto los leía y pensaba, que al final perdió el juicio. Discutía con el cura del pueblo sobre quien era el mejor caballero, el más valiente. Siguió y siguió leyendo, hasta que se le metieron en la cabeza todas las fantasías caballerescas, y participaba en ellas en su imaginación, luchando con uno y contra otro.
Y en esto que se le ocurrió convertirse en caballero andante, como los de aquellos libros, y buscar aventuras a lo largo del mundo. Y tomó la decisión de cumplir ese deseo y comenzó los preparativos. Desempolvó antiguas armas de sus antepasados, y lo que faltaba o estaba roto lo apañó. Cogió su rocín, su caballo viejo y enfermo, y pensando un nombre, le dió el de Rocinante. Y luego pensó un nombre para él, y finalmente escogió Quijote, pero a semejanza de caballeros como Amadís de Gaula, quiso añadir su patria, y así se puso don Quijote de la Mancha. Pero diose cuenta de que le faltaba una dama a la que amar, para que los gigantes que venciera se arrodillasen ante ella. Se entusiasmó con la idea y se acordó de una guapa moza del lugar de la que estuvo enamorado, aunque ella no supiese ni sintiese nada por él. Aldonza Lorenzo se llamaba, pero él le puso el nombre de Dulcinea del Toboso, nombre que pensaba él que casaba bien con el suyo de don Quijote de la Mancha.
Capítulo II: Salida de Don Quijote
Impaciente por iniciar aventuras, Don Quijote no esperó más y en un caluroso mes de julio, con sus armas, armadura, celada para protegerla la cabeza, lanza y adarga o escudo, subió a Rocinante y salió contento del corral de su casa al campo. Pero enseguida se dió cuenta que todavía no era armado caballero, nadie le había dado ese título, y no podría utilizar armas por tanto, por lo que se propuso que el titulo de caballero se lo diese el primero que encontrase. Y prosiguió el camino, fantaseando sobre cómo recordarían en la posteridad sus hazañas y lamentando que Dulcinea, su amada, no le hubiese mandado comparacer ante ella antes de su salida. Y así cabalgó durante todo el día, hasta que cansado y hambriento, llegó al anochecer a una venta, que a él le pareció castillo. En la puerta encontró a dos mozas rameras, que a él le parecieron doncellas. Un porquero tocó un cuerno que a él le pareció un enano que le daba la bienvenida con una trompeta. Las rameras salieron corriendo viendo a tan extraño personaje, con esas viejas armaduras, y don Quijote las tranquilizó con palabras grandilocuentes diciendo que las doncellas como ellas no tenían nada que temer. Ante tales rebuscadas palabras, las mozas comenzarón a reir, lo cual dejó a don Quijote contrariado. Salió el ventero, que a don Quijote le pareció el alcaide del castillo. Este le avisó que no tenía lecho, pero si todo lo demás, ante lo cual don Quijote no manifestó ningun inconveniente, pues los caballeros deben pasar calamidades. Añadió que cuidasen bien a Rocinante, caballo como ninguno, aunque no le pareciera para nada buen caballo. Las mozas le quitaron la armadura, pero no puedieron quitarle la celada del rostro, y así quedo, aunque con la visera levantada. De comida le ofrecieron bacalao y un pan negro, y lejos de rechazarlo, lo dió por bueno, aunque dejaba mucho que desear. Pero a la hora de comer, el sólo no podía, por la celada, y fueron las mozas las que le tenían que poner la comida en la boca y hacerle beber vino por una caña. Pero a don Quijote todo le parecía maravilloso, como si estuviese en un castillo y le estuviesen agasajando. Pero le preocupaba el hecho de no ser armado caballero.
Capítulo III: Don Quijote se arma caballero
Acabó rápido la cena para dar solución a esa preocupación. Llamó al ventero e hincado de rodillas ante él, con solmenes palabras le pidió que le armase de caballero. El ventero quedó confuso pero finalmente decidió seguirle la corriente, lo cual agradeció Don Quijote con un hermoso discurso. El ventero siguió pero ya buscando reírse a cuenta de Don Quijote, diciéndole que entendía sus palabras ya que él también había sidocaballero aquí y allá. Dijo también que no había capilla disponible en el castillo, en realidad la venta, como pretendía Don Quijote, para la ceremonia de ser armado, pero que no hacía falta, que se haría la ceremonia siguiendo todos los pasos. Y finalmente le preguntó si traía dinero para la ceremonia, ante locual Don Quijote respondió que no, que nunca había leído que fuera necesario para un caballero, pero el ventero le explico, que aunque no se citara en los libros, el dinero era necesario para un caballero, asó como camisas y una caja de ungüentos para as heridas y otros males que se pudiesen sufrir. Le prometió Don Quijote hacerle caso y sin más se puso a velar las armas en el patio de la venta, tras dejarlas apoyadas contra un pozo, y cogiendo su adarga se puso a hacer guardia, andando alrededor de sus armas, hasta que se hizo de noche. El ventero llamó a los huéspedes de la venta para que vieran tal extraña y graciosa escena, y en esto uno los arrieros alojados en la venta fue a por agua al pozo para sus mulas, apartando para ello las armas, lo que Don Quijote interpretó como una afrenta, advirtiendo y amenazando al arriero, pero este hizo caso omiso, Don Quijote, en lo que él creía su primera batalla como caballero, se puso en combate y propinó un golpe de lanza que derribó al arriero. Tras lo cual volvió a velar sus armas. Pero un segundo arriero llegó, que volvió a retirar las armas de Don Quijote del pozo. Don Quijote volvió a golpear con fuerza de este segundo arriero. Con el ruido salieron el resto de arrieros y gente de la venta, que comenzaron a tirar piedras a Don Quijote, y este, esquivándolas coln la adarga los maldecía y amenazaba a todos, incluido al en su cabeza el señor del castillo que no era más que el ventero, mientras este se afanaba en tranquilizar a los arrieros, explicándoles lo loco que estaba Don Quijote. Tal miedo se apoderó de aquellos, que dejaron de tirar piedras. El ventero aprovechó para ordenar caballero a Don Quijote cuanto antes, explicñandole que el armar caballero en capilla no era necesario y que en allñi mismo se podía hacer y que ya habñia velado las armas lo suficiente. Don Quijote aceptó las razones, pensando además que así entraría en le castillo cuanto antes a atacar a todos los canallas que habían ido contra él. Trajo el ventero un libro de cuentas cualquiera, balbuceó una oración y el dió el golpe y espaldarazo que le consagraba como caballero. Llamó a las cortesanas de la venta para que le ciñesen la espada y la espuela, y Don Quijote, convencido de que eran altas damas, preguntó por su origen y ascendencia, y así lo hicieron ellas, diciendo que eran hijas de un remendón y de un molinero, y Don Quijote les dio los nombres de doña Tolosa y doña Molinera. Subió a Rocinante y abrazado al ventero se despidió de él con palabras del todo extrañas, a las que el ventero asintió brevemente, y sin pedirle dinero por la estancia, le dejo ir.
Capítulo IV: Tras la venta: la aventura de Andrés y Juan Haldudo y la aventura de los mercaderes
Don Quijote emprendió contento el camino, pero enseguida pensó que lo mejor sería volver a casa para, haciendo caso al tendero, coger dinero y proveerse de camisas, y así dirigió a Rocinante, que de tomas formas ya conocía el camino. En esto, oyó que de un bosque venían unos lamentos y se congratuló ante lo que era sin duda para él una primera aventura. Se internó en la espesura y vió a un muchacho desnudo de cintura para arriba atado a un árbol que era azotado por un labrador, mientras aquel prometía no hacer otra vez lo que provocaba el castigo del labrador. Don Quijote, sin pensarlo dos veces, arremetió con duras palabras contra el labrador, prometiendo un castigo por la cobardía que estaba cometiendo con el muchacho indefenso. Viéndole el labrador tan pertrechado de armas, cogió miedo y comenzó a disculparse diciendo que por la negligencia del muchacho perdía una oveja al día, y que el muchacho decía que era mentira, que el castigo era por no querer pagarle el salario que le debía. Don Quijote, sin embargo, al momento tomó partido por el muchacho y exigió que le pagase lo que le debía y que le desatara. Así lo hizo el labrador, mientras Don Quijote preguntaba al criado cuanto dinero le debía. 73 reales, dijo. Pero el labrador añadió que había que descontar zapatos y sangrías (tratamiento médico) que le había pagado, lo que Don Quijote no aceptó, porque a su vez el labrador también le había estando azotando cuando no debía. Asintió el labrador, pero dijo que no tenía dinero allí para pagar al criado y que lo mejor sería este volviera con él a casa. El criado se negó en redondo, convencido de que una vez se fuese Don Quijote, le apalearáía. Don Quijote dijo que el juramento del labrador, caballero para Don Qujiote, sería suficiente para estar seguro de que cumplirá su palabra. El criado, de nombre Andrés, le aseguró que no era caballero, sino Juan Haldudo, el rico. Haldudo juró inmediatamente pagarle la deuda, y así aceptó el juramento Don Quijote, volviendo a dar a conocer quién era. Don Quijote, valeroso caballero. Tan pronto prosiguió su camino Don Quijote, el labrador con buenas palabras atrajo para así al criado, que cŕedulo del juramento hecho por su amo, se acercó a él. Pero así lo hizo, lo cogió el amo y lo volvió a atar a la encina y le dió una buena sarta de azotes, para soltarle al fijan y reírse al final de que fuera a buscar a Don Quijote.
Mientras tnato proseguía Don Quijote su camino, contento de deshacer su primer entuerto y agradeciendo a Dulcinea esa primera aventura. Llegó a un cruce donde dejó a Rocinante elegir el camino. Y al poco, se encontró con un grupo de mercaderes y sus criados. Se quedó quieto en el camino, y cuando llegó el grupo, se le ocurrió ordenarles que afirmasen que Dulcinea del Toboso era la más bella doncellas del mundo. Extrañados y asombrados por las palabras y el aspecto de Don Quijote, un mozo del grupo, burlón, pidió que les mostrase tal doncella para poder afirmar eso, a lo que Don Quijote replicó que afirmar con pruebas no tenia mérito, que lo que había que hacer es creer. Un mercader pidió al menos un retrato, diciendo que aunque fuese tuerta, la tomarían como la más hermosa, tal como pedía. Tomó Don Quijote esto como una afrenta y arremetió con lanza contra ellos, pero Rocinante tropezó y cayó con estrépito Don Quijote, y como estaba con la armadura y otros pertrechos no pudo levantarse, mientras que trataba de cobardes al grupo. Y en estas, uno de los mozos, cogió la lanza, la rompió y con un trozo empezó a dar una buena sarta de palos a Don Quijote, hasta que los mercaderes le dijeron que parase ya, que era suficiente, mientras Don Quijote les maldecía. Se cansó el mozo y siguió el grupo su camino, mientras Don Quijote, maltrecho, se sentía aún dichoso por considerar que eran bagajes del oficio de caballería.
Capítulo V:Vuelta a casa
Viendo que no podía ni levantarse de la paliza que le habían dadp, vinieron a su mente pasajes de los libros de caballerías que había leido, e hizo suyo uno de ellos, invocando en voz alta a su amada. Y en esto pasaba por allí un labrador vecino suyo, que Don Quijote creyó que era un personaje, y siguió con sus fantasías caballerescas. El labrador se acercó, le quitó la visera de la armadura, le limpió la cara y le reconoció al instante como vecino suyo. Recogió sus armas, las puso sobre Rocinante, y como pudo cargó a Don Quijote en su burro, mientras este continuaba con sus delirios. El labrador, viendo sus suspiros, le preguntaba si se encontraba mal, pero Don Quijote seguía en su mundo, por lo que el labrador dedujo, ya seguro, que estaba loco. Le intentó convencer de que ni él ni el propio Don Quijote eran personajes de los libros, que él era Pedro Alonso, su vecino, y Don Quijote, el señor Quijana. Llegaron finalmente al pueblo de Don Quijote, aguardando el labrador a que se hiciese noche oscura para que no le viesen en ese estado. Se llegó el labrador a casa de Don Quijote, donde estaban su sobrina y el ama, que vivían con él, y el cura y el barbero, ambos amigos de Don Quijote. El ama se lamentaba de su desventura, ya que hacía ya tres días que su tío había desaparecido con las armas, y maldecía a los libros de caballerías. La sobrina continuaba contando al cura y al barbero como se alteraba Don Quijote cuando los leía, como cogía la espada y daba cuchilladas por doquier, y se consideraba culpable por no haberles llamado antes, para que quemaran todos los libros, prometiendo el cura que no pasaría un día antes de que se quemasen los que mereciesen ser quemados. Y todo esto lo oía el labrador y Don Quijote sin que ellos lo supieran, y entonces el labrador se presentó, con Don Quijote, pero a la manera de Don Quijote, como personajes de libro. Corrieron los de la casa a abrazar a Don Quijote, que pidió cuidados como si estuviese en un episodio caballeresco, de lo que la ama concluyó que bien cierto era que fueron los libros de caballería los que le trastornaron el juicio. Le llevaron a su cama, siguiendo Don Quijote con su perorata. Finalmente, Don Quijote pidió reposo y fue el labrador el que relató como le había encontrado, de modo que el cura y el barbero volvieron al día siguiente para cumplir con la promesa de quemar los libros.
Capítulo VI: Los libros de Don Quijote
Seguía durmiendo Don Quijote al día siguiente cuando abrieron el aposento donde se guardaban los libros de caballería y encontraron más de cien. El ama volvió con agua bendita para espantar a los encantadores que pudiera haber. Mandó el cura de barbero sacar los libros de uno a uno para ver de que iban tratando, aunque la sobrina manifestó que prefería que se hiciera directamente un montón con ellos para darles fuego.
El primero resultó ser Los cuatro de Amadís de Gaula que libraron del fuego por ser el mejor de libros de caballería, pero luego mandaron al ama tirar Las sergas de Esplandián, Amadís de Grecia y un montón más por la ventana al corral, cosa que hizo con gusto. Y así siguió el cura, haciendo escrutinio (haz clic) e inspección de los libros, mandándolos a la hoguera, pero siempre con una razón de por medio. El de título Espejo de caballerías mandó el cura meterlo en un pozo seco, para posterior inspección, criticando además el hecho de que fuera una traducción, que dijo el cura siempre es en menoscabo de la calidad del original. Llegó el turno de Palmerín de Ingalaterra, que salvó el cura por ser un libro escrito con decoro y entendimiento. Y sin esperar más, dijo que se mandara todo el resto a la hoguera, exceptuando un Don Belianis, que el barbero daba por famoso pero el cura por enmendable en algunas partes, pero que aún así dio permiso al barbero para que se lo llevara a casa, pero solo para leerlo él, y nadie más. Contenta, el ama fue cogiendo todos a montones para tirarlos, y en una de estas se le cayó uno que cogió el barbero y que resultó ser Tirante el Blanco. El cura alabó el libro y decidió finalmente salvarlo, permitiendo que el barbero se lo llevara a casa para leer.
Luego prosiguieron con los libros pequeños, que eran de poesía, que el cura dijo de salvar, porque eran de mero entretenimiento y no hacían daño a nadie. La sobrina pidió que quemaran también, no fuese que a su tío le diese por hacerse no ya caballero, sino pastor como en las poesías o mismamente poeta. Le dio la razón el cura, y empezó a hacer escrutinio de ellos uno a uno, como con los libros de caballería. El primero lo salvó, pero quitándole algunos trozos, y dejando toda la prosa. Mandó a la hoguera los siguientes, mandó enmendar uno de un amigo suyo, salvar otro también de un amigo, dejó que el barbero se llevara La Galatea de Miguel de Cervantes. Guardo los tres siguientes y cansado de seguir en el escrutinio, mandó a la hoguera el resto, pero el barbero ya tenia abierto uno del que dio noticia al cura, que lo salvó, afortunadamente, por ser una obra de uno de los mejores poetas del mundo.
Capitulo VII: Segunda salida de Don Quijote, con Sancho Panza
Y en esto estaban cuando Don Quijote empezó a dar voces, invocando de nuevo en su locura a personajes de aventuras de caballeros. El cura y el barbero, la sobrina y el ama, fueron donde él y le tranquilizaron y volvieron al lecho. Le recomendaron que dado su estado descansase, y asintió él, achacando con rimbombancia su estado a las aventuras fantásticas que había vivido. Se durmió y esa misma noche quemaron todos los libros de la casa, excepto los pocos que salvaron, quemándose sin duda muchos que no lo merecían por ser verdaderas joyas.
El cura y el barbero pensaron como primer remedio para la locura de Don Quijote tapar con un muro el cuarto de los libros, de forma que pareciera que se hubiese esfumado. Pensaban decirle a Don Quijote que había sido obra de un encantador. A los días, despertarse Don Quijote y la primera cosa que hizo fue ir al cuarto de los libros, y empezó a palpar por donde estaba la puerta, extrañado, hasta que preguntó al ama. Esta le contestó que vino un encantador en una nube, que dijo llamarse le sabio Muñaton, entró en el cuarto, y que luego salió por el tejado, dejando todo lleno de humo, haciendo desaparecer el cuarto. Don Quijote creyó a pies juntillas lo contado por el ama, y solo le corrigió el nombre del encantador, que dijo de debía ser otro, que le buscaba para fastidiarle en su batalla contra otro caballero. La sobrina le dijo entonces si no sería mejor que se estuviese en casa tranquilo, en lugar de buscar aventuras de las que saldría siempre malparado. Don Quijote desmintió a la sobrina, dicéndole que nadie llegaría a tocarle siquiera un cabello. No le quisieron contradecir ni ama ni sobrina.
Así pasó unos días aparentemente tranquilo, sin tener ánimo para escaparse de nuevo, conversando on el cura y el barbero, a los que intentaba convencer de la necesidad en el mundo de los caballeros andantes, lo que el cura a veces negaba y otras no. Pero esos mismos dias solicitó Don Quijote a un labrador vecino, corto de inteligencia, de nombre Sancho Panza, que se conviertiese escudero en sus futuras aventuras, prometiéndole el cargo de gobernador de una ínsula o isla que había de ganar. Con esa promesa, Sancho Panza aceptó la propuesta. Los días siguientes Don Quijote los pasó reuniendo dinero, vendiendo cosas que tenía, arregló alguno de sus pertrechos, consiguió otros, y avisó a Sancho Panza de la salida. Este propuso llevar un asno y así lo aceptó Don Quijote, pensando que luego ya le daría mejor caballería a su escudero. Hizo provisión Don Quijote de camisas, y así una noche sin avisar a nadie y en silencio, salieron los dos, con Rocinante y el asno, por el campo de Montiel.
Ya de mañana Sancho Panza recordó a Don Quijote lo de la ínsula, y Don Quijote le dijo que no se preocupara que pronto llegaría, antes de lo que suele ser usanza y que incluso mejoraría el premio. Sancho Panza quedó convencido, pero dudoso a la vez de que su mujer y sus hijos valiesen para reina e infantes. Don Quijote le animó a que no esperase menos, a lo que Sancho Panza asintió, como dijo, teniendo además de señor tan valeroso a Don Quijote.
Capítulo VIII: La aventura de los molinos y el desafío con el vizcaíno

Y siguiendo el camino, se encontraron con unos molinos de viento. En su fantasía, Don Quijote agradeció lo que él creía que iba a ser una nueva aventura en la que tomar parte, viendo en lugar de molinos con aspas gigantes con largos brazos a los que vencer. A pesar de que Sancho avisara de no eran gigantes sino molinos, Don Quijote hizo caso omiso y se arremetió con Rocinante velozmente contra los molinos, dejando tras de sí a Sancho repitiendo sus advertencias a gritos. Fue en balde. Así arremetió Don Quijote lanza en ristre contra un molino, una de sus aspas girando le levantó, volteó y tiró al suelo, haciendo pedazos la lanza y dejando maltrecho al caballero. Se acercó Sancho a socorrerle, reprochando a su señor no haberle hecho caso, a lo que Don Quijote respondió que todo había sido culpa del sabio Frestón, el mismo que había hecho desaparecer el aposento de sus libros, y que ahora había convertido los gigantes en molinos. Con ayuda de Sancho, logró con dificultad levantarse, y siguieron su camino, echando de menos Don Quijote su lanza y contando a Sancho que debería hacer de un trozo de encina otra lanza, así como la hizo un famoso personaje de uno de sus libros. Sancho asintió, pero le dijo que se enderezase encima de Rocinante, de lo molido que estaría de la caida. Don Quijote respondió que no era propio de caballeros el quejarse de los golpes y heridas, lo que Sancho respetó aunque no estuviese de acuerdo -él, desde luego, sí que se quejaría si algo le doliera-. Don Quijote permitió quejarse a Sancho cuando considerare, y en esto llegó la hora de comer, Don Quijote no tenía hambre, pero Sancho sí que dio buena cuenta de la bota de vino, tanto que olvidó el peligro de las aventuras prometidas. Llegó la noche, al fuego hizo de una rama Don Quijote una lanza, pasó la noche desvelado pensando en Dulcinea, mientras Sancho dormía la mona. A la mañana prosiguieron camino. Ya era la tarde cuando Don Quijote advirtió a Sancho que en las aventuras que viviesen no luchara para ayudarle, por estar esta reservada a los caballeros, excepto si los atacantes fuesen gente baja. Asintió Sancho, pero dejando claro si era a él a quien atacasen, sin duda se defendería. Y así se encontraron en el camino de frente con dos frailes, y detrás un coche, con cuatro que iban a caballo y un par de mozos con mula. En el coche iba, según se contará luego, una señora vizcaína que iba a Sevilla, a encontrarse con su marido. Don Quijote vio de nuevo próxima aventura, creyendo que los bultos negros, los frailes, eran encantadores que llevaban secuestrada a alguna princesa en el coche. Advirtió de nuevo Sancho a Don Quijote, que aquellos solo eran frailes, pero tampoco hizo caso Don Quijote. Se paró en el camino Don Quijote y solemnemente conminó a esa “gente endiablada” que dejasen libres a las princesas que llevaban en el coche. Los frailes dijeron que ellos no eran nada de lo que decía Don Quijote, sino meros frailes, y que no sabían nada de quién iba en el coche de detrás. No hizo caso Don Quijote, que arremetió contra ellos, cayendo uno de su mula y saliendo el otro con la suya a todo correr. Sancho Panza se acercó al fraile que estaba en el suelo y empezó a quitarle el hábito, pero se acercaron los mozos del coche preguntando por su proceder, a lo que Sancho respondió que no estaba más que cogiendo el fruto de lo que había ganado en esa batalla su señor. Los mozos, que no entendían nada de aquello, tiraron al suelo a Sancho y lo molieron a patadas. El fraile aprovecho para levantarse e ir detrás de su compañero, para salir de allí cuanto antes. Mientras Don Quijote se acercó a la dama del coche, que tenía por princesa, y con grandes palabras se presentó y pidió como pago a su libertad que fuese al Toboso, y que contase a Dulcinea, su señora, lo que había hecho por ella. Se acercó uno de los escuderos que acompañaban al coche, vizcaíno y por tanto vasco él, y en su habla le dijo “si no dejas coche, ahí te matas”. Don Quijote le dijo que si fuera caballero ya le hubiese castigado por esas palabras. El vizcaíno airado, reafirmó su hidalguía, como vasco de nacimiento que era. Don Quijote tiró la lanza y cogió su espada y rodela (haz clic) y otro tanto hizo el vizcaíno con la suya, cogiendo una almohada como escudo. A pesar de que quisieron separarlos, entraron en combate, y en una de estas dio el vizcaíno una cuchillada a Don Quijote por el hombro pasara abajo que defendió con su rodela. Se encomendó Don Quijote a Dulcinea, apretó su espada y arremetió contra el vizcaíno, mientras los demás contemplaban apartados la escena con preocupación y miedo del desenlace de aquella contienda. Pero ahí acaba la narración porque el escritor no supo del desenlace de esta aventura, dejándola para más adelante, cuando en la segunda parte, el segundo autor sí que sepa de su final.
SEGUNDA PARTE
Capítulo IX: Final de la aventura con el vizcaíno
En el anterior capítulo quedó la historia interrumpida, sin que el autor de la historia nos diese noticia de su continuación. Me causó esto mucho pesar y me pareció increíble que nadie tomara el hilo de las aventuras de Don Quijote, más aún teniendo en cuenta su valentía y pundonor como caballero andante. Pensé que quizás el tiempo pasado había causado ese vacío en la historia. Pero la casualidad quiso que un día estando en Toledo vi a un muchacho que vendía carpetas con papeles, y como soy muy curioso, cogí uno de aquellos y ví que estaba escrito en caracteres árabes; puse en las manos a un morisco que pasaba por allí la carpeta y comenzando a leer, ya vi la sonrisa en su cara. Le pregunté por ello y me dijo que era por una nota al margen que decía que Dulcinea del Toboso era la mejor saladora de puercos de La Mancha. Oyendo el nombre de Dulcinea. Le pedí que me tradujera el título y así me dijo: Historia de Don Quijote de la Mancha. Corrí hacia el muchacho de las carpetas y le compré todas las carpetas, que si hubiese sabido el tesoro que eran para mí, hubiese hecho un buen negocio. Me aparté con el morisco y le pedí que me tradujese, palabra por palabra, todo lo que estaba escrito en las carpetas, ofreciéndole un buen precio. Le traje a casa y en ella estuvo un mes y medio hasta que tradujo todo.
En la primera carpeta estaba dibujada la batalla con el vizcaíno, escrito debajo de este como nombre Don Sancho de Azpeitia, y Don Quijote a su lado, los dos con las espadas levantadas. También aparecían Rocinante y Sancho Zancas, seguramente porque además de la panza, tenía también patas largas. Y sobre lo escrito, si hay algo de mentira, será porque el escritor, moro él, es de una raza mentirosa, y además será por quedarse corto en contar las hazañas de Don Quijote. En fin, que contando la batalla, decía que esta era de gran furor. El vizcaíno descargó primero su golpe, pero la buena suerte quiso que la espada se torciese y que solo arrancara parte de la celada y media oreja de nuestro caballero, viniéndose al suelo maltrecho. Tal fue la rabia que sintió que se alzó de nuevo y descargó un golpe brutal sobre la cabeza del vizcaíno, que cayó ensangrentado de su mula. Don Quijote saltó de Rocinante y le pidió la rendición bajo amenaza de muerte. Las señoras del coche, que habían seguido toda la batalla, le rogaron que perdonara la vida al vizcaíno. Aceptó Don Quijote, pero con la condición de que se fuese al Toboso y se presentase a Dulcinea. Las señoras prometieron que su escudero cumpliría sus deseos, aunque ni siquiera preguntaron quién era Dulcinea. Y así Don Quijote dejó con sus heridas al vizcaíno, sin hacerle mayor mal.
Capítulo X: Los graciosos razonamientos entre Don Quijote y Sancho Panza
Tras la paliza recibida por los mozos, Sancho se levantó y, viendo que Don Quijote salía victorioso de su lucha con el vizcaíno, se dirigió a él pidiéndole la ínsula prometida tras esa primera aventura exitosa. Don Quijote le replicó que esa aventura no era de ínsula, y que ya llegarían esas victorias que le darían lo prometido. Sancho quedó satisfecho y agradecido por esas palabras, tras lo cual se dirigieron a un bosque. Iba tan rápido Don Quijote que Sancho tuvo que decirle que le aguardase, y así lo hizo Don Quijote. En esto, Sancho le propuso refugiarse en una iglesia, ya que en ella, como lugar sagrado, estarían a salvo de la Santa Hermandad, que podía prenderles por lo sucedido con el vizcaíno, a lo que Don Quijote respondió que nunca los caballeros habían sido perseguidos por la justicia, por muchos homicidios que hubiesen perpetrado. Sancho dijo que no entendía de omecillos. Don Quijote le dijo que estuviese tranquilo, que al lado del caballero valeroso que era, no debía temer nada, ni de la Santa Hermandad, ni de cualquier otro. Sancho dijo que no sabía nada de caballerías, pero que veía la sangre que manaba de su oreja, y le ofreció unas vendas y un ungüento. Don Quijote, agradecido, le dijo sin embargo que lo que necesitaba era el bálsamo de Fierabrás, bálsamo milagroso que curaba todas las heridas, por graves que fuesen. Sancho, maravillado, hubiera querido conocer la receta de ese bálsamo, a lo que Don Quijote le respondió que más cosas le hubiera querido enseñar, pero que en otro momento, porque ahora le dolía la oreja. Empezó Sancho a curarle las heridas y en esto vio Don Quijote que su celada estaba rota. Juró entonces venganza para el que le provocó tal pérdida, pero Sancho le apaciguó por el bien de los dos. Reconoció Don Quijote las razones de Sancho y juró entonces que ya quitaría por la fuerza a otro caballero su celada. Sancho le replicó que se dejase de juramentos que solo llevaran a tener problemas, además de que por esos caminos no andaban caballeros, sino solo arrieros y carreteros. Le negó Don Quijote esa razón, diciendo que enseguida se toparían con multitud de hombres armados, de modo que volvió a esperanzarse Sancho con la tan deseada ínsula. Don Quijote le reiteró que no se preocupara por eso y que se diese prisa en preparar el bálsamo y algo de comer, antes de buscar un castillo para pasar la noche. Cebolla, pan y queso, no más tenía Sancho en sus alforjas, pero Don Quijote le tranquilizó, que los caballeros se adaptaban a la comida frugal, a pesar de participar a veces también en suntuosos banquetes. Sancho se disculpó por no conocer las costumbres de la vida caballeresca, añadiendo luego que se proveería en adelante de más sustanciosos alimentos para él, y de fruta seca y también hierbas del campo, como añadió Don Quijote, para su señor. Tras comer, se encaminaron a buscar poblado pero se les echó la noche encima y durmieron al raso al lado de una choza de cabreros, cosa que le pareció a Don Quijote lo más sublime en la vida caballeresca.
Capítulo XI: Lo que sucedió a Don Quijote con unos cabreros
Acomodó Sancho a Rocinante y el jumento, y enseguida aceptó la invitación de los cabreros para comer juntos del caldero que estaban preparando.
Capítulo XII: La historia de Grisóstomo y Marcela
Mientras cenan con los cabreros, llega un mozo del pueblo con una noticia: ha muerto Grisóstomo, un estudiante rico de Salamanca que se había hecho pastor por amor a Marcela, y se dice que ha muerto de ese amor. El cabrero Pedro cuenta quién es ella: una huérfana riquísima y muy hermosa, criada por un tío sacerdote, que decidió hacerse pastora y vivir libre en el campo. Todos los mozos de la comarca se enamoran de ella, y ella no corresponde a ninguno. Grisóstomo ha pedido ser enterrado al pie de la peña donde la vio por primera vez, y don Quijote decide acudir al entierro al día siguiente.
Capítulo XIII: El entierro de Grisóstomo
De camino al entierro se encuentran con unos caballeros, entre ellos Vivaldo, que se sorprenden de la figura de don Quijote. Él les explica qué es la caballería andante y les describe la belleza sin igual de Dulcinea. En el entierro, Ambrosio, el mejor amigo de Grisóstomo, quiere quemar los papeles del difunto, como este había pedido, pero Vivaldo salva algunos y se dispone a leer en voz alta la «Canción desesperada» que escribió antes de morir.
Capítulo XIV: Los versos de Grisóstomo y el discurso de Marcela
Vivaldo lee la canción, llena de celos y desesperación. Entonces aparece Marcela en lo alto de la peña, y Ambrosio la acusa de ser la causa de la muerte de su amigo. Ella responde con uno de los discursos más célebres de la novela: nació libre, no está obligada a amar a quien la ama solo porque sea hermosa, nunca engañó a nadie ni dio esperanzas, y quiere seguir viviendo sola en el campo. Dicho esto, se marcha. Algunos quieren seguirla, pero don Quijote lo impide, porque ha demostrado su honestidad. Así termina la segunda parte en que Cervantes dividió el libro de 1605.
TERCERA PARTE
Capítulo XV: La paliza de los yangüeses
Don Quijote y Sancho entran en el bosque buscando a Marcela y se detienen a descansar en un prado. Allí pastan las yeguas de unos arrieros gallegos de Yanguas, y Rocinante, por primera vez en su vida, se acerca a ellas con ganas de galanteo. Los arrieros lo reciben a palos. Don Quijote y Sancho salen en su defensa y acaban molidos a estacazos. Don Quijote se consuela pensando que es el castigo por haber luchado contra gente que no era caballero. Sancho lo sube atravesado en el asno y llegan a una venta, que don Quijote se empeña en llamar castillo.
Capítulo XVI: La noche en la venta
La ventera, su hija y una criada asturiana, Maritornes, curan a don Quijote. Esa noche Maritornes ha quedado en encontrarse con un arriero, pero a oscuras tropieza con la cama de don Quijote, que la toma por la hija del señor del castillo enamorada de él y la sujeta mientras le habla de su fidelidad a Dulcinea. El arriero, celoso, le da un puñetazo a don Quijote, se desata una pelea a ciegas en la que también cobran Sancho, Maritornes y el ventero, y termina cuando un cuadrillero de la Santa Hermandad entra a poner orden.
Capítulo XVII: El bálsamo de Fierabrás y el manteamiento de Sancho
Don Quijote prepara el bálsamo de Fierabrás, una medicina milagrosa de los libros de caballerías, con aceite, vino, sal y romero. Al tomarlo vomita y se siente mejor, pero a Sancho le sienta fatal. Al marcharse, don Quijote se niega a pagar, porque los caballeros andantes nunca pagan en las posadas. Como el ventero no puede cobrar al amo, unos huéspedes cogen a Sancho y lo mantean, lanzándolo por los aires sobre una manta, mientras don Quijote, que no puede saltar la tapia, lo mira desde fuera. Sancho sale de la venta sin pagar, pero sin sus alforjas.
Capítulo XVIII: Los rebaños de ovejas
Don Quijote asegura que la venta está encantada. Al ver dos grandes polvaredas en el camino, cree que son dos ejércitos a punto de enfrentarse, el del emperador Alifanfarón y el del rey Pentapolín, y describe con todo detalle a sus caballeros imaginarios. Sancho insiste en que son ovejas y carneros, pero don Quijote carga contra ellas. Los pastores lo reciben a pedradas y le arrancan varias muelas. Sancho se ríe, don Quijote vomita el bálsamo sobre él y descubren que sin alforjas no tienen qué comer.
Capítulo XIX: El cuerpo muerto y el Caballero de la Triste Figura
Ya de noche ven acercarse muchas luces: son unos clérigos con antorchas y camisas blancas que acompañan un cadáver desde Baeza hasta Segovia. Don Quijote cree que llevan a un caballero herido o muerto al que debe vengar, arremete contra ellos y rompe la pierna a un bachiller, que le explica la verdad. Sancho, que aprovecha para cargar el asno con las provisiones de los clérigos, bautiza a su amo como el Caballero de la Triste Figura, por la mala cara que tiene.
Capítulo XX: La aventura de los batanes
En plena noche oyen un estruendo terrible de golpes y cadenas. Don Quijote quiere ir a buscar el origen del ruido, y Sancho, muerto de miedo, ata las patas de Rocinante para que no pueda moverse y le entretiene contándole el cuento de la pastora Torralba. Del miedo, además, hace sus necesidades allí mismo. Al amanecer descubren que el ruido era de unos batanes, unos mazos de madera que golpean los paños junto al río. Sancho se ríe tanto que don Quijote le da dos golpes con la lanza y le recuerda que un escudero debe respetar a su señor.
Capítulo XXI: El yelmo de Mambrino
Llueve y un barbero se cubre la cabeza con su bacía de latón, que brilla bajo la lluvia. Don Quijote cree que es el yelmo de oro de Mambrino, un casco legendario, y ataca al barbero, que huye dejando atrás la bacía y su asno. Don Quijote se pone la bacía como casco y Sancho cambia los aparejos de su asno por los del barbero. Después, don Quijote le explica cómo un caballero andante llega a casarse con una princesa y a ser rey, y cómo entonces podrá darle a Sancho el gobierno prometido.
Capítulo XXII: Los galeotes
Por el camino viene una cadena de doce presos condenados a remar en las galeras del rey. Don Quijote pregunta a cada uno su delito, y todos cuentan sus historias con gracia, entre ellos el más peligroso, Ginés de Pasamonte, que está escribiendo su propia vida. Convencido de que nadie debe ir forzado a ningún sitio, don Quijote ataca a los guardias y libera a los presos. Después les pide que vayan al Toboso a presentarse ante Dulcinea, y ellos le responden a pedradas, le roban y dejan a Sancho sin su gabán.
Capítulo XXIII: Sierra Morena
Para escapar de la Santa Hermandad, que perseguirá a quien liberó a los galeotes, amo y escudero se esconden en Sierra Morena. Allí encuentran una maleta con camisas, cien escudos de oro y un librillo con versos de amor, y ven a lo lejos a un hombre medio desnudo que salta entre las peñas. Un cabrero les cuenta que es un joven que vive enloquecido en la sierra desde hace meses. Poco después el propio loco, al que llaman el Roto, aparece ante ellos.
Capítulo XXIV: La historia de Cardenio
El Roto, que se llama Cardenio, empieza a contar su historia: estaba enamorado de Luscinda, una joven de su ciudad, y su amigo don Fernando, hijo de un duque, conoció a la muchacha. Cardenio pone una condición para contarla, que nadie le interrumpa, pero cuando menciona el libro de caballerías Amadís de Gaula, don Quijote salta a defender el honor de la reina Madásima. Cardenio sufre uno de sus ataques de locura, les pega a todos y desaparece en la sierra.
Capítulo XXV: La penitencia de don Quijote
Don Quijote decide imitar a Amadís, que hizo penitencia en la Peña Pobre bajo el nombre de Beltenebros, y a Orlando, que enloqueció de amor. Escribe una carta de amor para Dulcinea y otra para su sobrina, en la que ordena que le den a Sancho tres pollinos, y le encarga que las lleve al Toboso. Por primera vez revela quién es Dulcinea: Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, hija de Lorenzo Corchuelo, a la que Sancho conoce y describe como una moza fuerte y de buena voz. Antes de irse, Sancho lo ve dar volteretas medio desnudo y se marcha convencido de que su amo está loco.
Capítulo XXVI: El plan del cura y el barbero
Don Quijote se queda en la sierra, reza y escribe versos a Dulcinea en los árboles. Sancho llega a la venta donde lo mantearon y allí se encuentra con el cura y el barbero de su pueblo, que andan buscando a don Quijote. Sancho les cuenta todo, pero descubre que no lleva la carta, porque se quedó en el librillo de su amo, e intenta recitarla de memoria con resultados muy cómicos. El cura idea un plan para sacar a don Quijote de la sierra: se disfrazará de doncella en apuros y el barbero de escudero, para pedirle ayuda.
Capítulo XXVII: El final de la historia de Cardenio
El cura y el barbero se disfrazan, aunque al final se cambian los papeles y es el barbero quien hace de doncella. En la sierra oyen cantar a Cardenio, que les cuenta el resto de su historia: don Fernando lo traicionó, lo envió lejos con una excusa y se casó con Luscinda. Cardenio presenció la boda escondido, vio a Luscinda desmayarse tras decir que sí y huyó a la sierra enloquecido de celos. Justo entonces oyen una voz que se lamenta.
CUARTA PARTE
Capítulo XXVIII: La historia de Dorotea
La voz es la de un joven vestido de labrador que se lava los pies en un arroyo y que resulta ser una mujer, Dorotea. Su historia se cruza con la de Cardenio: don Fernando la sedujo con promesa de matrimonio y, una vez conseguido lo que quería, la abandonó para casarse con Luscinda. Deshonrada, Dorotea huyó de casa disfrazada y se refugió en la sierra.
Capítulo XXIX: La princesa Micomicona
Cardenio le cuenta a Dorotea que Luscinda llevaba una daga y una carta en la que decía que era su esposa y no podía casarse con don Fernando, así que ambos tienen esperanzas. Dorotea se ofrece a hacer ella el papel de doncella en apuros: será la princesa Micomicona, del reino de Micomicón, y pedirá a don Quijote que la acompañe a vengarse de un gigante. Encuentran a don Quijote, que acepta la misión. De camino se cruzan con el cura, que cuenta cómo unos galeotes liberados por un loco lo asaltaron, y don Quijote cambia de color sin decir nada.
Capítulo XXX: El reino de Micomicón
Sancho confiesa que fue su amo quien liberó a los galeotes, y don Quijote se defiende: un caballero socorre a los afligidos sin preguntar por sus culpas. Dorotea cuenta la historia inventada de su reino y del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, y ofrece casarse con quien lo venza. Don Quijote se niega a casarse por fidelidad a Dulcinea y Sancho se desespera, porque así nunca será gobernador. En el camino, Sancho recupera a su asno, robado por Ginés de Pasamonte, y empieza a contar su supuesta visita a Dulcinea.
Capítulo XXXI: Lo que Sancho cuenta de Dulcinea
Sancho se inventa el encuentro con Dulcinea: la encontró cribando trigo, olía a sudor y no quiso leer la carta. Don Quijote lo transforma todo en su imaginación: el trigo eran perlas y el olor, perfume. Aparece Andrés, el muchacho al que don Quijote había defendido en el capítulo IV, y cuenta que su amo lo azotó todavía más cuando el caballero se fue. Maldice a don Quijote y a todos los caballeros andantes, y se va corriendo.
Capítulo XXXII: De nuevo en la venta
Todos llegan a la venta del manteo. Mientras don Quijote duerme, se discute sobre los libros de caballerías: el ventero confiesa que le encantan y cree que todo lo que cuentan es verdad. En una maleta olvidada por un huésped aparecen varios libros y un manuscrito, la novela El curioso impertinente, que el cura decide leer en voz alta.
Capítulo XXXIII: El curioso impertinente
La novela transcurre en Florencia. Anselmo, recién casado con la virtuosa Camila, siente la necesidad de comprobar si su mujer le es fiel, y pide a su mejor amigo, Lotario, que intente seducirla. Lotario se niega, pero Anselmo insiste tanto que acaba aceptando. Al principio lo finge, pero termina enamorándose de verdad de Camila.
Capítulo XXXIV: El curioso impertinente, continuación
Camila pide a su marido por carta que vuelva, pero Anselmo, ciego de curiosidad, no la escucha. Camila y Lotario se hacen amantes. Para engañar a Anselmo, que los espía, montan una escena teatral en la que Camila finge defender su honra con una daga hasta herirse levemente. Anselmo queda convencido de la virtud de su esposa, pero el engaño no dura mucho.
Capítulo XXXV: La batalla contra los cueros de vino y el final de la novela
Sancho interrumpe la lectura gritando que su amo está luchando contra el gigante. Don Quijote, dormido y en camisa, está acuchillando los cueros de vino tinto del ventero, convencido de que corta la cabeza del gigante Pandafilando, y la habitación queda inundada de vino. Calmado el alboroto, el cura termina la novela: Anselmo descubre la traición y muere de pena, Lotario muere en una batalla y Camila, en un convento.
Capítulo XXXVI: El reencuentro de los enamorados
Llegan a la venta unos viajeros enmascarados que traen a una dama. Son don Fernando y Luscinda, que se había refugiado en un convento y a la que él ha sacado por la fuerza. Todos se reconocen. Dorotea se arrodilla ante don Fernando y le recuerda su promesa con tanta dignidad que él, conmovido, la acepta como esposa, y Luscinda vuelve con Cardenio. Todos lloran de alegría.
Capítulo XXXVII: El discurso de las armas y las letras
Sancho queda desolado al saber que la princesa Micomicona es en realidad Dorotea, pero los demás deciden seguir con la farsa para llevar a don Quijote a casa. Llegan a la venta un hombre que parece cautivo recién llegado de Argel y una mujer vestida a la morisca, Zoraida. Durante la cena, don Quijote pronuncia un famoso discurso en el que compara la vida del estudiante con la del soldado.
Capítulo XXXVIII: Continuación del discurso
Don Quijote concluye que la carrera de las armas es más dura y más noble que la de las letras, porque el soldado arriesga la vida por muy poco, y lamenta la invención de la artillería, que permite que un cobarde mate de lejos al más valiente. Todos admiran lo bien que razona cuando no se trata de caballerías. Después, el cautivo accede a contar su historia.
Capítulo XXXIX: La historia del cautivo
El cautivo, Ruy Pérez de Viedma, cuenta que era uno de los tres hijos de un hidalgo de las montañas de León que repartió su hacienda y les pidió elegir entre la Iglesia, el comercio o la guerra. Él eligió ser soldado, luchó en la batalla de Lepanto y fue capturado por los turcos. Pasó por Constantinopla y terminó cautivo en Argel.
Capítulo XL: El cautivo en Argel
En Argel, el cautivo vive en un baño, una prisión de cristianos, junto a la casa de un moro rico, Agi Morato. Entre los compañeros cautivos menciona a «un tal Saavedra», que es un guiño del propio Cervantes, cautivo en Argel durante cinco años. Un día, desde una ventana, alguien deja caer una caña con dinero y una nota: es Zoraida, la hija de Agi Morato, que quiere hacerse cristiana y pide al cautivo que la lleve a España y se case con ella.
Capítulo XLI: La huida de Argel
Con el dinero de Zoraida, un renegado compra una barca y preparan la fuga. De noche, Zoraida escapa con ellos, pero tienen que llevarse también a su padre, al que abandonan después en una playa mientras él maldice a su hija. En el mar los asaltan unos piratas franceses que les roban, pero consiguen llegar a la costa de España, cerca de Vélez-Málaga. El cautivo quiere encontrar a su padre y a sus hermanos, y casarse con Zoraida cuando se bautice.
Capítulo XLII: El oidor
Esa misma noche llega a la venta un oidor, un juez, que viaja a México con su hija Clara. El cura descubre que es Juan Pérez de Viedma, el hermano del cautivo, y prepara con cuidado el reencuentro. Los dos hermanos se abrazan emocionados. Esa noche, mientras don Quijote hace guardia a la puerta del castillo, se oye cantar a un mozo de mulas.
Capítulo XLIII: El mozo de mulas y la broma de Maritornes
El mozo de mulas es en realidad don Luis, un joven noble enamorado de Clara que la sigue disfrazado. Mientras tanto, la hija del ventero y Maritornes gastan una broma a don Quijote: le piden la mano por un agujero del pajar y se la atan con un cabestro, de modo que queda colgado de pie sobre Rocinante toda la noche, sin poder moverse, convencido de que está encantado.
Capítulo XLIV: El barbero de la bacía
Por la mañana, unos viajeros desatan a don Quijote. Llegan los criados del padre de don Luis para llevarlo a casa, y el oidor promete ayudar a los enamorados. En ese momento entra en la venta el barbero al que don Quijote le quitó la bacía, reconoce a Sancho y reclama su bacía y su albarda. Don Quijote sostiene que la bacía es el yelmo de Mambrino.
Capítulo XLV: El baciyelmo
Para divertirse, el barbero del pueblo y los demás siguen la corriente a don Quijote y declaran que la bacía es un yelmo, aunque en lo de la albarda no se ponen de acuerdo. Sancho lo resume con una palabra inventada, «baciyelmo». Entonces llegan unos cuadrilleros de la Santa Hermandad, uno de los cuales lleva una orden de arresto contra don Quijote por liberar a los galeotes, y se arma una gran pelea.
Capítulo XLVI: Don Quijote enjaulado
El cura convence a los cuadrilleros de que don Quijote está loco y de que detenerlo no serviría de nada. Pagan al barbero su bacía y al ventero los daños. Después, para llevar a don Quijote a su aldea, todos se disfrazan con máscaras, lo atan mientras duerme y lo meten en una jaula de madera sobre una carreta de bueyes. El barbero, con voz misteriosa, le anuncia una profecía, y don Quijote cree que está encantado.
Capítulo XLVII: El canónigo de Toledo
Don Quijote se extraña de que a un caballero encantado lo lleven tan despacio en una carreta de bueyes. Por el camino se une a la comitiva un canónigo de Toledo, que se sorprende de ver a un hombre enjaulado. El cura le explica el caso, y el canónigo critica los libros de caballerías por disparatados, aunque reconoce que su forma libre permitiría escribir obras magníficas.
Capítulo XLVIII: El canónigo, el teatro y la duda de Sancho
El canónigo y el cura siguen hablando de literatura y critican también las comedias de su tiempo, que no respetan ni la verosimilitud ni las reglas. Mientras tanto, Sancho se da cuenta de que los encantadores son en realidad el cura y el barbero del pueblo, e intenta convencer a su amo de que no está encantado preguntándole si tiene ganas de hacer sus necesidades.
Capítulo XLIX: Don Quijote sale de la jaula
Sancho usa el argumento de que un encantado no come, no bebe ni tiene necesidades, y don Quijote las tiene, pero su amo responde que existen muchas clases de encantamiento. Lo dejan salir de la jaula un rato. El canónigo intenta convencerle con buenas razones de que los libros de caballerías son mentira y de que lea historia verdadera.
Capítulo L: Don Quijote defiende los libros de caballerías
Don Quijote defiende con pasión los libros de caballerías y cuenta, como ejemplo de su belleza, la aventura del Caballero del Lago, que se arroja a un lago hirviente y encuentra al otro lado un palacio maravilloso. Mientras comen, aparece un cabrero persiguiendo a una cabra y se ofrece a contar una historia.
Capítulo LI: La historia de Leandra
El cabrero, Eugenio, cuenta que en su aldea vivía Leandra, una joven bella y rica pretendida por muchos, entre ellos él. Un soldado fanfarrón, Vicente de la Rosa, la engañó con sus historias, se fugó con ella y la abandonó en una cueva después de robarle sus joyas. Su padre la ha metido en un convento, y sus antiguos pretendientes se han hecho pastores para lamentar su suerte en el campo.
Capítulo LII: Los disciplinantes y el regreso a casa
Don Quijote se pelea con el cabrero, que lo ha llamado loco. Poco después pasa una procesión de disciplinantes que llevan una imagen de la Virgen para pedir lluvia, y don Quijote cree que es una dama secuestrada y arremete contra ellos. Uno le da un golpe que lo deja tendido y Sancho lo llora como muerto. Don Quijote vuelve en sí y, a los seis días, llegan a la aldea, donde el ama y la sobrina lo reciben y Sancho se reencuentra con su mujer. El narrador cierra la primera parte con unos poemas burlescos y deja abierta la posibilidad de una tercera salida.
La historia de don Quijote continúa en la segunda parte, publicada diez años después, en 1615: el resumen de sus 74 capítulos está en Don Quijote de la Mancha, segunda parte: resumen por capítulos.
Don Quijote de la Mancha, segunda parte: resumen por capítulos – Alonso Quijano – Lazarillo de Tormes – Intertextualidad