Las tribus urbanas son los grupos juveniles que se reconocen entre sí y se hacen reconocer por un estilo compartido —ropa, música, argot, lugares de reunión— que funciona como insignia de pertenencia y como frontera frente al resto. La expresión no nació en la sociología sino en el periodismo, y esa procedencia explica casi todos sus problemas: nombra bien un hecho observable —que los jóvenes de las ciudades industriales se agrupan por estilos y que esos estilos se distinguen a simple vista— y a la vez sugiere una solidez, una permanencia y una lista cerrada de categorías que el trabajo de campo no encuentra nunca.

Hay tres genealogías distintas detrás del término, y conviene no mezclarlas porque cada una responde a una pregunta diferente. La primera es la de la Escuela de Chicago: en 1927 Thrasher publicó el censo de 1.313 bandas de la ciudad y sostuvo que la banda no era una desviación moral sino el resultado previsible de un barrio en el que las instituciones de control habían dejado de funcionar. Albert Cohen dio en 1955 el paso teórico decisivo en Delinquent Boys: los chicos de clase obrera son medidos en la escuela con un baremo —trabajo, ahorro, ambición, autocontrol— que su posición no les permite satisfacer, y la subcultura delictiva invierte deliberadamente ese baremo, convirtiendo en mérito lo que la norma castiga. Cohen lo llamó formación reactiva: no es indiferencia hacia los valores dominantes, es hostilidad hacia unos valores que se conocen muy bien. En esta tradición la subcultura es una respuesta a un problema de estatus y roza siempre el problema de la anomia.
La segunda genealogía es británica y llega cuarenta años después. El Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham publicó en 1976 Resistance Through Rituals y en 1979 Dick Hebdige firmó Subculture: The Meaning of Style, el libro que aún organiza la discusión. Para el grupo de Birmingham las subculturas de la posguerra —teddy boys, mods, skinheads, rastas, punks— no eran delincuencia ni ruido sino operaciones simbólicas: una clase obrera privada de instrumentos políticos librando en el terreno del estilo la batalla que había perdido en el del trabajo. El estilo se leía como se lee un texto, buscando la homología entre los objetos y la posición social de quien los lleva. Es una lectura brillante y también la más discutida del repertorio, porque atribuye a los sujetos una intención que ninguna entrevista confirmó y porque, como señalaron Angela McRobbie y Jenny Garber en el propio volumen de 1976, describe un mundo casi exclusivamente masculino y no explica dónde estaban las chicas.

La tercera es francesa y es la que aportó la palabra. En 1988 Michel Maffesoli publicó Le temps des tribus para sostener que la sociedad de masas no había producido individuos aislados sino un enjambre de agrupaciones afectivas, pequeñas, efímeras y electivas, unidas por el gusto compartido más que por la clase o el territorio. La tribu de Maffesoli es casi lo contrario de la subcultura de Birmingham: no resiste nada, no representa a nadie y se disuelve sin drama. Cuando el término salta al español lo hace mezclando las tres cosas, y el libro que lo fija es Tribus urbanas: el ansia de identidad juvenil (1996), de Pere-Oriol Costa, José Manuel Pérez Tornero y Fabio Tropea. Su tesis es más incómoda de lo que su éxito editorial dejó ver: las tribus urbanas son en buena medida una construcción de los medios, que primero bautizan y catalogan los estilos y después los devuelven a los jóvenes convertidos en repertorio disponible. El adolescente no elige entre grupos preexistentes; elige dentro de un catálogo que la prensa ha publicado.

Lo que sobrevive a todas las objeciones son tres regularidades bien establecidas. La primera es económica: los estilos juveniles aparecen donde coinciden un mercado de consumo de masas y una adolescencia larga, con la escuela prolongada y el salario aplazado. Mark Abrams lo midió en 1959, antes de que nadie lo teorizara: The Teenage Consumer cuantificó por primera vez el gasto discrecional de los jóvenes británicos y descubrió un mercado que la industria musical y textil pasó a cortejar de inmediato. La segunda es semiótica: el estilo significa por oposición y no por sus objetos. Ninguna prenda es intrínsecamente punk ni pija; lo es porque marca distancia respecto de otra, y de ahí que la moda pueda absorber cualquier signo sin absorber su sentido. La tercera es la más ingrata: el nombre forma parte del fenómeno. Como mostró Stanley Cohen en 1972, la denuncia mediática de un grupo juvenil no informa sobre él, lo amplifica —le da lista de miembros, calendario y enemigos—, y ese circuito es el objeto de estudio del pánico moral.

La crítica de fondo al término es doble. Por un lado, la metáfora etnográfica engaña: una tribu, en la acepción que la antropología abandonó hace décadas, supone frontera, territorio, jerarquía y rito de entrada, y nada de eso se encuentra al observar a jóvenes que combinan estilos, entran y salen en meses y militan a tiempo parcial. Sue Widdicombe y Robin Wooffitt registraron en 1995 el detalle más revelador: preguntados directamente, los presuntos miembros dedican la mayor parte de la conversación a rechazar la etiqueta, a explicar que ellos no son «de eso» y a acusar a otros de serlo por imitación. La pertenencia declarada es casi siempre pertenencia negada. Por otro lado, la categoría tiene un uso policial: sirve para convertir una estética en indicio, y en la España de los años ochenta y noventa el repertorio de heavies, pijos, skins y okupas circuló tanto por los reportajes como por los partes de intervención. Carles Feixa propuso en De jóvenes, bandas y tribus (1998) resolverlo con una distinción sencilla y útil: la banda es un grupo real, con nombres y esquinas, que puede estudiarse por etnografía; la tribu es una categoría de clasificación cultural que no siempre tiene detrás un grupo.

La corriente posterior, llamada post-subcultural, sacó la conclusión lógica. Andy Bennett sostuvo en 1999 que las adscripciones de estilo son fluidas, superficiales y mediadas por el consumo, y propuso hablar de neotribus y de escenas antes que de subculturas; Sarah Thornton había mostrado en 1995, estudiando las pistas de baile británicas, que dentro de cada escena circula un capital subcultural —saber qué es auténtico y qué es de imitación— cuya función es exactamente la que Bourdieu describió para el gusto legítimo: jerarquizar. Con ello el término «tribu urbana» pierde su promesa explicativa y conserva su utilidad descriptiva, que no es poca: nombra el hecho de que en la ciudad moderna la identidad juvenil se construye a la vista, con materiales comprados, contra un catálogo de alternativas que alguien más publica. Ese mecanismo no ha desaparecido con la desaparición de los quioscos; se ha automatizado, y el catálogo lo mantiene ahora al día un sistema de recomendación.
Subculturas – Pánico moral – Las bandas juveniles – Los apaches de París – El zoot suit y los pachucos – El punk y la teoría del estilo – Las estéticas de internet – La Escuela de Chicago – Anomia – Industria cultural
Fuentes
- Frederic M. ThrasherThe Gang: A Study of 1,313 Gangs in ChicagoUniversity of Chicago Press1927
- Albert K. CohenDelinquent Boys: The Culture of the GangThe Free Press, Glencoe1955
- Stuart Hall y Tony Jefferson (eds.)Resistance Through Rituals: Youth Subcultures in Post-War BritainHutchinson, Londres1976
- Dick HebdigeSubculture: The Meaning of StyleMethuen, Londres1979
- Michel MaffesoliLe temps des tribus: le déclin de l'individualisme dans les sociétés de masseMéridiens Klincksieck, París1988
- Pere-Oriol Costa, José Manuel Pérez Tornero y Fabio TropeaTribus urbanas: el ansia de identidad juvenilPaidós, Barcelona1996
- Carles FeixaDe jóvenes, bandas y tribusAriel, Barcelona1998
- Andy BennettSubcultures or Neo-Tribes? Rethinking the Relationship between Youth, Style and Musical TasteSociology 33(3), pp. 599-6171999
- Sue Widdicombe y Robin WooffittThe Language of Youth Subcultures: Social Identity in ActionHarvester Wheatsheaf, Hemel Hempstead1995
- Mark AbramsThe Teenage ConsumerLondon Press Exchange1959