
En geografía, un macizo montañoso o simplemente un macizo es un conjunto de montañas próximas entre sí, separadas a veces por valles, que forman una gran unidad de relieve con forma masiva y en conjunto elevada sobre el espacio circundante, a diferencia de las cordilleras, que forman una cadena de montañas con forma longitudinal.
La formación de un macizo se debe a procesos orogénicos que levantan una gran porción de corteza sin crear una alineación preferente. En muchos casos se trata de batolitos, intrusiones de magma enfriadas en profundidad y desgastadas después durante decenas de millones de años, como el macizo granítico de Guadarrama o el Mont Blanc. En otros, bloques enteros de zócalo se levantan por fallas profundas o quedan en alto al hundirse el terreno vecino. La erosión posterior esculpe las cumbres y los valles interiores, pero el conjunto conserva su carácter compacto, sin la estructura de sierra o cordillera.
El Macizo Central francés, que aparece en la imagen, es el ejemplo europeo más claro: ocupa casi una sexta parte de Francia, con altitudes que superan los 1.800 metros en el puy de Sancy y una geografía de volcanes antiguos, cañones fluviales como los de la garganta del Tarn y mesetas graníticas. Otros macizos europeos son los Vosgos, los Ardennes o el Schwarzwald alemán. En España destacan los macizos del noroeste gallego, como el de Cabo Ortegal, uno de los más antiguos de Europa, y el macizo de Els Ports, en el sureste. El Mont Blanc, con 4.808 metros, ejemplifica un macizo de altura extrema dentro de los Alpes.
La diferencia con una cordillera es de estructura: esta forma una franja alargada de cientos o miles de kilómetros, como los Andes o los Alpes, mientras que el macizo se desarrolla en bloque. Una sierra, en cambio, es una alineación montañosa más corta, que suele integrarse dentro de cordilleras o macizos mayores. Los macizos más antiguos del planeta, como el Escudo Canadiense o el de Báltica, son los restos rebajados de orogenias precámbricas y se estudian como macizos antiguos o zócalos.
Los macizos montañosos condicionan el clima, al detener las masas de aire húmedo y favorecer la lluvia orográfica, y ordenan las cuencas hidrográficas, con ríos que nacen en sus valles interiores. Su aislamiento ha preservado también ecosistemas y culturas propias, y su duro relieve ha marcado la historia humana de las regiones que atraviesan.
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