Los rayos N de Blondlot

En 1903 un físico prestigioso descubrió una radiación nueva y cien colegas la confirmaron. Un estadounidense quitó un prisma a oscuras y todo se vino abajo.

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Los rayos N fueron una forma de radiación que el físico francés René Blondlot anunció en 1903 y que nunca existió. Durante algo más de un año, decenas de científicos, casi todos franceses, publicaron cientos de artículos sobre sus propiedades: qué los emitía, cómo se refractaban, qué efecto tenían sobre el cuerpo humano. Luego un físico estadounidense visitó el laboratorio de Blondlot, hizo una pequeña trampa en la oscuridad y demostró que los rayos estaban en los ojos de quienes los miraban. Es uno de los casos más estudiados de autoengaño colectivo en la historia de la ciencia.

Blondlot no era un excéntrico. Era catedrático de física en la Universidad de Nancy, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias y un experimentador respetado. En 1891 había medido con buena precisión la velocidad de las ondas electromagnéticas en un cable. Y vivía en una época en la que aparecían radiaciones nuevas casi cada año: las ondas de Hertz en 1888, los rayos X de Röntgen en 1895, la radiactividad de Becquerel en 1896, los rayos alfa, beta y gamma poco después. Que hubiera otra más por descubrir no tenía nada de absurdo.

En 1903 Blondlot estudiaba si los rayos X se podían polarizar. Para detectarlos usaba una chispa eléctrica muy pequeña y observaba a simple vista si su brillo aumentaba. Notó variaciones que no podía atribuir a los rayos X y concluyó que procedían de una radiación desconocida, a la que bautizó con la inicial de su ciudad: rayos N. Pronto encontró otros detectores, como una pantalla débilmente fosforescente cuyo brillo, decía, aumentaba al recibir los rayos. Siempre se trataba de cambios muy sutiles de luminosidad, apreciados por el ojo humano en la penumbra.

Retrato fotográfico antiguo de un hombre calvo con barba canosa, vestido con toga académica con condecoraciones, que sostiene un documento enmarcado
Fig. 1 René Blondlot (1849-1930), catedrático de física en Nancy, con su toga académica. Nunca reconoció que los rayos N no existían, y siguió trabajando sobre ellos en solitario después de que todo el mundo los abandonara.Autor desconocido · 1910 · Dominio público · Wikimedia Commons

Lo que siguió fue una avalancha. Blondlot y sus colegas descubrieron que emitían rayos N las lámparas de gas, el sol, las barras de hierro templado, los metales sometidos a tensión, e incluso los seres vivos. El médico Augustin Charpentier, también en Nancy, aseguró que los nervios y los músculos los producían, y que el cerebro emitía más al pensar o al hablar. Se publicaron unos trescientos artículos firmados por más de cien autores. Blondlot llegó a medir longitudes de onda haciendo pasar los rayos por un prisma de aluminio que los descomponía en un espectro, como el vidrio hace con la luz. Había rayos N de distintas clases e incluso unos rayos N1 con efectos contrarios.

El problema era que fuera de Francia casi nadie conseguía verlos. Físicos británicos y alemanes de primer nivel lo intentaron siguiendo las instrucciones publicadas y no notaron nada. Los defensores de los rayos tenían una explicación: hacía falta un ojo entrenado, sensibilidad, una adaptación especial a la oscuridad. Incluso se sugirió que la percepción de los rayos N era más fina en las razas latinas. A esas alturas el asunto ya no era solo científico; había orgullo nacional en juego, en una época de fuerte rivalidad con Alemania.

En septiembre de 1904, la revista Nature encargó al físico estadounidense Robert Wood, de la Universidad Johns Hopkins, que visitara Nancy. Wood era un experimentador brillante y un bromista conocido. Blondlot le hizo una demostración en el laboratorio a oscuras: leía en una escala las posiciones del espectro de rayos N que producía el prisma de aluminio. Wood, sin que nadie lo viera, retiró el prisma del aparato y se lo metió en el bolsillo. Blondlot siguió leyendo las mismas posiciones. En otra prueba, Wood sustituyó una lima de acero, que supuestamente emitía rayos, por un trozo de madera, y los observadores siguieron viendo el efecto. Ni siquiera la luminosidad de la chispa cambiaba de forma apreciable cuando se interponía la mano.

Wood publicó su informe en Nature el 29 de septiembre de 1904, sin nombrar a Blondlot y con un tono comedido, pero devastador. Concluía que los experimentadores que habían obtenido resultados positivos se habían engañado de algún modo. Fuera de Francia el tema murió casi de inmediato. Dentro tardó algo más. Ese mismo año la Academia de Ciencias concedió a Blondlot un premio importante, el premio Leconte, aunque con una redacción que mencionaba el conjunto de su obra y no los rayos N. Una revista francesa propuso una prueba definitiva, con cajas selladas en las que solo una contendría un metal emisor, y Blondlot rehusó participar. Siguió trabajando sobre los rayos, cada vez más aislado, hasta su retiro.

¿Cómo pudo pasar? No hubo fraude. Blondlot y sus seguidores creían de verdad en lo que veían. El problema estaba en el método. Los efectos que medían eran minúsculos, en el límite de lo que el ojo humano distingue, y los juzgaba la misma persona que sabía qué debía ver. No había experimentos a ciegas, ni instrumentos que registraran el brillo sin intervención humana, ni controles en los que el observador ignorara si los rayos estaban o no. En esas condiciones, la expectativa decide lo que se percibe, el mismo mecanismo que sostiene el efecto placebo y el sesgo de confirmación.

En 1953 el químico Irving Langmuir, premio Nobel, dio una charla célebre sobre lo que llamó «ciencia patológica», casos de investigadores honestos que se engañan a sí mismos. Los rayos N eran su ejemplo principal, y de él sacó unos síntomas que siguen siendo útiles: el efecto está siempre cerca del límite de detección, no crece con la intensidad de la causa, se defiende con explicaciones improvisadas cada vez que alguien lo critica, y el número de partidarios sube muy deprisa para luego desplomarse. Los rayos N cumplen todos. La gran lección del caso es que el visto bueno de los colegas no basta cuando todos los revisores comparten el mismo deseo de ver: hace falta alguien de fuera, con un prisma en el bolsillo.

El experimento de Michelson y Morley – La fusión fría de 1989 – Sesgo de confirmación – Efecto placebo – Argumento de autoridad

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Fuentes

  1. René Blondlot«N» Rays: A Collection of Papers Communicated to the Academy of Sciences (trad. de J. Garcin)Longmans, Green and Co., Londres1905
  2. Robert W. WoodThe n-RaysNature 701904enlace
  3. Mary Jo NyeN-Rays: An Episode in the History and Psychology of ScienceHistorical Studies in the Physical Sciences 11 (1)1980
  4. Irving Langmuir (transcr. de Robert N. Hall)Pathological SciencePhysics Today 42 (10)1989
  5. Irving M. KlotzThe N-Ray AffairScientific American 242 (5)1980
Sarasola, Josemari (2025). "Los rayos N de Blondlot". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/los-rayos-n-de-blondlot/

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