Los arabismos del español

Cuántas palabras tomó el español del árabe andalusí, por qué tantas empiezan por al-, en qué campos se concentran y qué queda del árabe en la gramática.

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Los arabismos del español son las palabras que el castellano tomó del árabe, casi todas durante los ocho siglos de presencia musulmana en la península ibérica, entre 711 y 1492. Son, después del latín, la fuente más importante del vocabulario español, por delante del griego, del germánico y de las lenguas de América. Rafael Lapesa calculó que, contando derivados, rondan las cuatro mil palabras, aunque muchas han caído en desuso y las que siguen vivas en el habla corriente son bastantes menos. Entre estas están aceite, azúcar, almohada, alcalde, aldea, barrio, tarea, hasta y ojalá, que el hablante usa a diario sin sospechar su origen.

El árabe del que proceden no era el clásico de los textos religiosos y literarios, sino el andalusí, la variedad que se hablaba en al-Ándalus, con una pronunciación y un vocabulario propios. Los arabismos llegaron al castellano sobre todo a través de los mozárabes, cristianos que vivían en territorio musulmán y hablaban un romance lleno de préstamos árabes, y de los mudéjares, musulmanes que quedaron bajo dominio cristiano a medida que avanzaba la conquista. En los siglos XII y XIII el castellano absorbió muchos términos de las ciudades que se iban incorporando, como Toledo en 1085 o Sevilla en 1248, cuyos oficios, mercados y técnicas estaban organizados según el modelo andalusí. El caudal empezó a secarse cuando la lengua árabe perdió prestigio, y a partir del siglo XVI muchos arabismos fueron sustituidos por palabras de origen latino.

Relieve de yesería color ocre con una inscripción en caligrafía árabe cursiva en el centro, rodeada de un fondo de lacerías y motivos vegetales geométricos
Fig. 1 El lema de la dinastía nazarí, wa-lā gālib illā Allāh, «y no hay vencedor sino Dios», repetido cientos de veces en las yeserías de la Alhambra de Granada. Granada fue el último territorio de al-Ándalus, y su árabe es el que Pedro de Alcalá recogió en 1505 en el primer diccionario de árabe andalusí.Jebulon · 2014 · CC0 (dominio público) · Wikimedia Commons

El rasgo más visible de muchos arabismos es la sílaba inicial a- o al-, que es el artículo árabe al- soldado al nombre. Los hablantes de romance no lo percibían como un artículo y lo tomaron como parte de la palabra: al-qāḍī, el juez, dio alcalde; al-mujádda, la almohada; az-zayt, con el artículo asimilado a la consonante siguiente, aceite; ar-ruzz, arroz. Por eso el español dice el alcalde, con dos artículos, uno romance y otro árabe fundido. El portugués conserva el mismo rasgo, mientras que el catalán y el francés, que recibieron muchos arabismos por otras vías, suelen tomar la palabra sin artículo: el español algodón frente al francés coton, o azúcar frente a sucre.

Los arabismos se concentran en ciertos campos, y esa distribución es un retrato de lo que la civilización andalusí aportó a los reinos cristianos. Hay muchos en la agricultura y el regadío, como acequia, noria, aljibe, alberca, algarroba, alcachofa, berenjena, zanahoria o naranja. En la construcción y la vivienda, albañil, azotea, alcoba, tabique, azulejo o alféizar. En el comercio, almacén, aduana, tarifa, arancel o maravedí. En la administración y la guerra, alcalde, alguacil, alcaide, almirante, alférez o atalaya. Y en la ciencia, sobre todo en las matemáticas y la astronomía, álgebra, algoritmo, cifra, cero, cénit o nadir, palabras que el árabe a menudo había transmitido desde el griego o el sánscrito y que luego pasaron a las demás lenguas europeas. Ajedrez, laúd, alfombra, jarabe y alcohol completan una lista que dibuja una vida urbana refinada.

Algunos arabismos permiten ver a dos lenguas en competencia. El castellano tiene aceite y aceituna, del árabe, al lado de óleo y olivo, del latín, y cada serie ocupa hoy un hueco distinto: la primera nombra el producto de consumo, la segunda se reserva para usos técnicos, religiosos o artísticos. Lo mismo ocurre con alacrán y escorpión, o con alcoba y dormitorio. En muchos casos el arabismo acabó cediendo ante la palabra latina, como alfayate, sastre, o albéitar, veterinario, que hoy solo se leen en textos antiguos.

La influencia del árabe no se queda en el léxico. Le debe el español el sufijo -í de marroquí, andalusí o ceutí, y probablemente el uso de hasta, del árabe ḥattà. Ojalá viene de law šā’ Allāh, si Dios quiere, y fulano, de fulān, uno cualquiera. La toponimia está llena de nombres árabes: Guadalquivir, el río grande; Alcalá, el castillo; Medina, la ciudad; Albacete, la llanura. Hay además una huella más discreta, que interesa a los historiadores de la lengua: el castellano medieval transcribía la s árabe con ç o z, como en azúcar, de as-sukkar, o zoco, de sūq, y esa elección es una de las pruebas de que su propia s sonaba distinta, más cerca de la que hoy se oye en Castilla que de la andaluza, un dato clave para reconstruir el antiguo sistema de sibilantes. El conjunto es un buen ejemplo de transculturación lingüística: no el resultado de una conquista, sino el de siglos de convivencia, comercio y traducción.

Léxico – Transculturación lingüística – Familia léxica – Vocablo – Seseo y ceceo

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Fuentes

  1. Pedro de AlcaláVocabulista arávigo en letra castellanaJuan Varela de Salamanca, Granada1505
  2. Rafael LapesaHistoria de la lengua española, 9.ª ed.Gredos, Madrid1981
  3. Joan Corominas y José A. PascualDiccionario crítico etimológico castellano e hispánicoGredos, Madrid, 6 vols.1980
  4. Federico CorrienteDiccionario de arabismos y voces afines en iberorromanceGredos, Madrid1999
Sarasola, Josemari (2025). "Los arabismos del español". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/los-arabismos-del-espanol/

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