Madre migrante es una fotografía que Dorothea Lange tomó en marzo de 1936 en un campamento de recolectores de guisantes en Nipomo, California. Muestra a una mujer de rostro cansado, con la mano en la barbilla y la mirada perdida, y a tres de sus hijos: dos escondidos contra sus hombros, de espaldas a la cámara, y un bebé en el regazo. Es la imagen más reproducida de la Gran Depresión, y durante décadas la mujer fue solo eso, una madre sin nombre. Su historia y la de la foto son más complicadas de lo que parece.
Lange trabajaba entonces para la Administración de Reasentamiento, una agencia del New Deal que luego se integró en la Farm Security Administration. Su jefe, Roy Stryker, había reunido a un grupo de fotógrafos, entre ellos Walker Evans y Arthur Rothstein, para documentar la vida rural y justificar ante la opinión pública los programas de ayuda. Era, al mismo tiempo, fotografía social y propaganda en el sentido neutro de la palabra: imágenes pensadas para convencer.
Según contó la propia Lange en 1960, volvía a casa en coche tras un mes de trabajo, bajo la lluvia, cuando vio un cartel que anunciaba el campamento. Siguió de largo unos treinta kilómetros y después dio la vuelta. Dentro encontró a la mujer, sentada en una tienda improvisada. Hizo seis exposiciones en unos diez minutos, acercándose cada vez más. No le preguntó el nombre. Le preguntó la edad, treinta y dos años, y, según su relato, la mujer le dijo que vivían de verduras heladas que recogían en los campos y de pájaros que cazaban los niños, y que acababa de vender los neumáticos del coche para comprar comida.

Lange envió las fotos al San Francisco News, que las publicó días después junto a un artículo sobre los recolectores que pasaban hambre en Nipomo, donde una helada había arruinado la cosecha. El gobierno federal mandó víveres al campamento. La familia de la foto, sin embargo, ya no estaba allí para recibirlos: se había marchado en busca de trabajo.
La sexta exposición, la más cerrada, fue la que se impuso sobre las demás, y no por casualidad. En las otras se ve la tienda, una lámpara, un plato, la hija adolescente. En esta todo se reduce a la madre y a los niños que la rodean, con una composición que recuerda a las vírgenes con el niño de la pintura tradicional. Es una imagen universal, sin lugar ni fecha. Hubo además un retoque. En el negativo original, en la esquina inferior derecha, aparecía el pulgar de la mujer agarrado al palo de la tienda. Años más tarde se borró en algunas copias, para enfado de Stryker, que defendía que los negativos del archivo no debían alterarse.
En 1978, más de cuarenta años después, un periodista localizó a la mujer en una caravana en Modesto, California. Se llamaba Florence Owens Thompson, era de origen cheroqui, había nacido en Oklahoma y había criado a diez hijos trabajando en el campo. No estaba contenta con la foto. Dijo que Lange le había prometido que no la publicaría, que nunca había ganado un centavo con ella y que deseaba que no se la hubiera hecho. Sus hijos contaron además una versión algo distinta de aquel día: el coche se había averiado, no habían vendido los neumáticos, y estaban en Nipomo solo de paso mientras el padre buscaba repuestos.
No hay que convertir esta historia en un juicio sumario contra Lange. Las promesas de no publicar, si las hubo, eran ambiguas en una época sin consentimientos escritos, y las fotos se hicieron para un archivo público, sin derechos de autor y de libre uso, de modo que tampoco Lange se enriqueció con ellas. Pero el caso plantea preguntas que la fotografía documental arrastra desde entonces. ¿A quién pertenece una imagen así, al que la hace, al que la publica o al que sale en ella? ¿Qué se gana y qué se pierde cuando una persona concreta, con su nombre y su historia, se convierte en el símbolo de una época? La propia Thompson lo resumió con dureza: aquella foto había ayudado a otros, pero no a ella.
El final tiene algo de reparación. En 1983, cuando Florence Owens Thompson estaba enferma de cáncer, sus hijos pidieron ayuda públicamente para pagar los gastos médicos. Llegaron más de dos mil cartas y unos 35.000 dólares en donativos, muchos con notas que mencionaban la fotografía. Murió en septiembre de ese año. Su lápida dice: «Madre migrante, leyenda de la fortaleza de la maternidad americana». El negativo original se conserva en la Biblioteca del Congreso de Washington, y una de las copias de época de Lange se vendió en 2005 por casi 300.000 dólares.
Mirada hoy, Madre migrante sigue funcionando como funcionó en 1936: obliga a detenerse. Pero ahora sabemos que detrás de la madre universal había una mujer con nombre propio, con opiniones y con una vida que la foto no contaba. Saberlo no le quita fuerza a la imagen. Le da otra.
La fotografía social – La bandera de Iwo Jima – Instante decisivo – Encuadre fotográfico
Fuentes
- Dorothea LangeThe Assignment I'll Never Forget: Migrant MotherPopular Photography 46 (2)1960
- James C. CurtisDorothea Lange, Migrant Mother, and the Culture of the Great DepressionWinterthur Portfolio 21 (1)1986
- Linda GordonDorothea Lange: A Life Beyond LimitsW. W. Norton, Nueva York2009
- Sally SteinPassing Likeness: Dorothea Lange's Migrant Mother and the Paradox of IconicityEn Coco Fusco y Brian Wallis (eds.), Only Skin Deep, International Center of Photography, Nueva York2003