La emancipación e independencia de las colonias españolas en América es el proceso por el que, en el primer cuarto del siglo XIX, los territorios americanos dependientes de España desde el siglo XVI se separaron de la metrópoli y se constituyeron en estados soberanos. En pocas décadas España perdió casi todo su imperio americano y se convirtió en una potencia colonial de segundo orden, frente a Francia y al Reino Unido.
El origen ideológico del proceso hay que buscarlo en el siglo XVIII. Las ideas de la Ilustración llegaron a América a través del comercio, la prensa y los estudios universitarios, y lo hicieron en un contexto adverso: la monarquía española era una monarquía absolutista que sometía los asuntos coloniales a un control metropolitano estrecho. A ello se sumó el ejemplo de dos revoluciones: la Revolución americana, al final del siglo XVIII, con la que los Estados Unidos lograron su independencia, y la Revolución francesa, que proclamaba la soberanía nacional de los ciudadanos. Las colonias quisieron seguir el camino de aquel país recién nacido y libre.
La oportunidad llegó con la invasión napoleónica de España. La guerra de la Independencia española, desatada tras las Abdicaciones de Bayona, en las que Napoleón depuso a Fernando VII, dejó un vacío de poder que en la metrópoli ocuparon las juntas de gobierno, como la Junta Suprema Central. A su semejanza se formaron juntas en las colonias americanas, que reconocían a Fernando VII como rey pero que acabaron dominadas por los sectores partidarios de la autonomía y la soberanía, encabezados por los criollos. Los criollos, descendientes de españoles nacidos en América, concentraban la riqueza económica de las colonias —el comercio y las grandes haciendas estaban en sus manos—, pero la monarquía les cerraba los cargos políticos, reservados a los funcionarios enviados desde la península. Marginados hasta entonces, los criollos asumieron con el apoyo de indígenas, mestizos y negros el gobierno de los territorios y ciudades locales. Aunque al principio juraron por Fernando VII, acabaron proclamando la soberanía, y a partir de 1811 se pusieron en marcha los procesos de independencia en toda Hispanoamérica, aprovechando en un primer momento el vacío de poder generado por la guerra contra Napoleón.
El proceso no fue del todo pacífico y estuvo lleno de batallas, pero las condiciones jugaban en contra de España. Sus recursos militares eran escasos para sofocar una insurrección continental; Gran Bretaña y Estados Unidos prestaron ayuda militar a los partidarios de la independencia; y durante el Trienio Liberal, iniciado en 1820, los realistas se quedaron además sin respaldo militar de la metrópoli. Desde España se intentó negociar con los líderes de la emancipación —Iturbide, San Martín, Simón Bolívar—, pero el proceso ya era entonces irreversible. La batalla de Ayacucho, en el actual Perú, en 1824, fue la última gran batalla y supuso el fin del ejército realista en América.
En 1833, el año de la muerte de Fernando VII, España solo conservaba Cuba y Puerto Rico. La pérdida del imperio americano, además de consumar el declive de España como potencia, le ocasionó graves problemas económicos: había perdido un mercado amplio para exportar sus productos.
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