El problema de Gettier

Tres páginas de 1963 bastaron para tumbar la definición de conocimiento que venía de Platón. Gettier mostró que se puede acertar con razones y no saber.

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El problema de Gettier es la objeción según la cual una creencia puede ser verdadera y estar bien justificada sin que quien la tiene sepa realmente lo que cree. Lo planteó en 1963 Edmund Gettier, un profesor de la Universidad Estatal de Wayne, en Detroit, en un artículo de tres páginas publicado en la revista Analysis con la pregunta por título: ¿es conocimiento la creencia verdadera justificada? Respondía que no con dos ejemplos, y la epistemología de la segunda mitad del siglo XX se dedicó en buena parte a intentar reparar lo que esos dos ejemplos rompieron.

La definición que atacaba se remonta a Platón. En el Teeteto, Sócrates y el joven matemático que da nombre al diálogo examinan qué es saber y llegan a la propuesta de que el conocimiento es una opinión verdadera acompañada de una explicación, un logos. El diálogo termina sin aceptarla, pero la fórmula sobrevivió y, con retoques, se convirtió en el análisis estándar: alguien sabe que algo es así si lo cree, si es verdad y si tiene buenas razones para creerlo. Cada condición tiene su función. La creencia separa saber de ignorar, la verdad separa saber de equivocarse, y la justificación separa saber de acertar por suerte. Gettier citaba en nota a Platón y a dos versiones contemporáneas, las de Roderick Chisholm y A. J. Ayer.

Página impresa en griego y latín a dos columnas del diálogo Teeteto de Platón
Fig. 1 Primera página del Teeteto en la edición de Henri Estienne de 1578, cuya numeración, 142a en adelante, se sigue usando para citar a Platón. La definición que Gettier atacó aparece hacia 201c.Henri Estienne (impresor) · 1578 · Dominio público · Wikimedia Commons

El primer ejemplo de Gettier es casi un chiste de oficina. Smith y Jones se presentan a un mismo puesto. Smith tiene pruebas sólidas de que el elegido será Jones, porque se lo ha dicho el presidente de la empresa, y además ha contado las monedas del bolsillo de Jones: diez. De ahí deduce, con toda corrección, que el hombre que conseguirá el trabajo tiene diez monedas en el bolsillo. Resulta que el elegido es Smith y que, sin saberlo, él también lleva diez monedas. Su creencia es verdadera, está justificada y se ha formado por una inferencia válida. Y sin embargo nadie diría que Smith lo sabía: acertó por una coincidencia que no tiene nada que ver con sus razones. El segundo ejemplo, con un Ford y un tal Brown que quizá esté en Barcelona, sigue el mismo patrón. La justificación apunta a un hecho y la verdad la pone otro.

La lógica de fondo ya se conocía. Bertrand Russell había descrito en 1948 a alguien que mira un reloj parado justo a la hora que marca, y en el siglo VIII el filósofo budista Dharmottara ponía el caso de un viajero que ve un espejismo, cree que hay agua y encuentra agua de verdad bajo una roca. Lo nuevo en Gettier fue apuntar contra la definición en sí y hacerlo con una economía que no dejaba escapatoria.

Las reparaciones se sucedieron durante décadas. La primera fue exigir que la creencia no se apoyase en ninguna premisa falsa, como la de que Jones conseguiría el puesto. Pronto aparecieron casos sin premisa falsa. El más citado es el del condado de los graneros falsos, que Alvin Goldman difundió en 1976: un conductor mira por la ventanilla, ve un granero y piensa que es un granero, y lo es, pero no sabe que la comarca está llena de fachadas de cartón que no habría sabido distinguir. Goldman había propuesto antes una teoría causal, según la cual saber exige que el hecho cause la creencia de la manera adecuada, y después una fiabilista, según la cual lo que cuenta es que la creencia salga de un proceso que acierta casi siempre. Otros añadieron una cuarta condición de indestructibilidad: que no exista ninguna verdad que, de conocerla, deshiciera la justificación.

Ninguna cerró el asunto. Linda Zagzebski argumentó en 1994 que no puede cerrarse mientras la justificación sea compatible con el error: basta tomar un caso de creencia justificada y falsa y añadirle un golpe de suerte que la vuelva verdadera para fabricar un nuevo contraejemplo. De ahí salieron propuestas más radicales, como la de Timothy Williamson, que en el año 2000 sugirió tratar el conocimiento como noción básica, sin descomponerlo en piezas. Mientras tanto, la filosofía experimental comprobó que la intuición de Gettier no es un prejuicio de profesores anglosajones: en un estudio de 2017 con participantes de Brasil, India, Japón y Estados Unidos, la mayoría negó que el protagonista de un caso de este tipo supiera lo que creía.

La lección práctica es que tener razón y tener buenas razones son dos cosas que pueden coincidir por accidente. Un pronóstico que acierta, una auditoría que da por buena una cifra correcta por el motivo equivocado o un diagnóstico que acierta con la prueba mal leída son casos de Gettier en miniatura. Juzgar solo por el resultado los premia igual que al conocimiento, y por eso conviene preguntar no solo si algo era cierto, sino si lo habríamos sabido de haber sido falso.

La alegoría de la caverna – El problema de la inducción – La habitación china – Creencias – La apuesta de Pascal

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Fuentes

  1. Edmund L. GettierIs Justified True Belief Knowledge?Analysis 23 (6), 121-1231963enlace
  2. Alvin I. GoldmanA Causal Theory of KnowingThe Journal of Philosophy 64 (12), 357-3721967enlace
  3. Linda ZagzebskiThe Inescapability of Gettier ProblemsThe Philosophical Quarterly 44 (174), 65-731994enlace
  4. Edouard Machery, Stephen Stich, David Rose et al.Gettier Across CulturesNoûs 51 (3), 645-6642017enlace
Sarasola, Josemari (2025). "El problema de Gettier". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/el-problema-de-gettier/

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