El número de Dunbar es la cifra, habitualmente redondeada en ciento cincuenta, de relaciones estables que una persona puede mantener a la vez. No se refiere a cuánta gente conoce uno ni a cuántos nombres recuerda, sino a con cuántas personas sostiene un vínculo que exige saber quién es cada una, qué relación tiene con las demás y en qué términos está uno con ella. La idea popular de que hay un techo cognitivo para la vida social viene de ahí, y se ha usado para justificar desde el tamaño de las unidades militares hasta el diseño de las redes sociales.
La propuso el antropólogo británico Robin Dunbar en 1992 a partir de una correlación entre primates. En las especies de primates, el tamaño del grupo social típico guarda relación con el tamaño del neocórtex en proporción al resto del cerebro. La explicación que ofrecía es que la vida social de un primate exige llevar la cuenta de muchas relaciones ajenas, no solo de las propias, y que ese seguimiento consume tejido. Al meter al ser humano en la recta de regresión, la predicción salía alrededor de ciento cincuenta, con un intervalo amplio. Dunbar buscó entonces grupos humanos de ese tamaño y encontró unos cuantos: los censos de aldeas neolíticas, el tamaño típico de las comunidades huteritas antes de dividirse, las unidades de los ejércitos profesionales, las listas de felicitaciones navideñas de hogares británicos y el número de miembros de muchas comunidades religiosas que se escinden al crecer.

El ejemplo hutterita es el que mejor ilustra el argumento, porque la regla es explícita y la razón que dan sus miembros es social, no logística. Cuando una colonia pasa de unos ciento cincuenta, se compra tierra y se parte en dos. La explicación que han dado durante generaciones es que por encima de ese tamaño ya no basta con la presión del grupo para que cada uno cumpla, y hay que empezar a mandar. Dunbar leyó ahí la misma frontera que veía en los primates: hasta cierto número, el control social funciona porque todos se conocen y se vigilan entre sí; por encima, hacen falta jerarquías, reglas escritas y alguien que las aplique.
El modelo no es un número sino una serie de capas concéntricas, cada una unas tres veces mayor que la anterior. Alrededor de cinco personas forman el núcleo íntimo, aquellas a las que uno acudiría en una crisis. Quince son el círculo de amistad cercana y confianza. Cincuenta, el grupo con el que se comparte actividad habitual. Ciento cincuenta, el conjunto de personas con las que existe una relación personal real. Quinientas son conocidos, y mil quinientas, caras con nombre. Las capas se apoyan en datos de frecuencia de contacto, y esa estructura escalonada ha resistido mejor que la cifra concreta: aparece en registros de llamadas telefónicas, en listas de contactos y en encuestas de apoyo social.
La crítica más dura llegó en 2021. Patrik Lindenfors, Andreas Wartel y Johan Lind rehicieron el análisis de los primates con métodos estadísticos actuales y más datos de tamaño cerebral, y encontraron que el intervalo de confianza del tamaño de grupo humano predicho va aproximadamente de cuatro a quinientas personas. Con esa anchura, el ciento cincuenta no queda refutado, pero tampoco queda sostenido: es un punto dentro de un rango tan grande que no distingue hipótesis. Su objeción de fondo es que la cognición humana no se construye como la de otros primates, porque la cultura, el lenguaje y la escritura permiten delegar fuera del cerebro buena parte de la contabilidad social. Dunbar respondió que su estimación nunca pretendió ser exacta y que la evidencia independiente de las capas sigue en pie.
La pregunta que ha mantenido viva la discusión es si internet mueve el techo. La respuesta que dan los datos es que no mucho. Quien tiene mil contactos en una red social interactúa de forma recíproca con una fracción pequeña, y el reparto de esa interacción reproduce las mismas capas: un puñado de conversaciones frecuentes, unas decenas ocasionales y una mayoría con la que no se cruza una palabra en un año. Lo que sí cambia la tecnología es el mantenimiento a distancia. Una relación que antes se extinguía por mudanza puede ahora conservarse con poco esfuerzo, lo que probablemente frena la rotación del círculo más que aumentar su tamaño. Dicho de otra forma, la red no amplía el límite, lo hace visible: la lista de amigos es larga y la lista de personas a las que uno escribiría a las tres de la mañana sigue siendo corta.
El pensamiento grupal – La tragedia de los comunes – La teoría de las ventanas rotas – La conexión preferencial
Fuentes
- Robin I. M. DunbarNeocortex size as a constraint on group size in primatesJournal of Human Evolution 22 (6), 469-4931992enlace
- Russell A. Hill y Robin I. M. DunbarSocial network size in humansHuman Nature 14 (1), 53-722003enlace
- Patrik Lindenfors, Andreas Wartel y Johan Lind'Dunbar's number' deconstructedBiology Letters 17 (5), 202101582021enlace
- Robin I. M. DunbarDo online social media cut through the constraints that limit the size of offline social networks?Royal Society Open Science 3 (1), 1502922016enlace