Seguro que te has cruzado con ellas en redes sociales: una fotografía antigua de una joven de pie, muy seria, con la mirada fija, y un texto que explica que está muerta y que el fotógrafo la sostuvo con un soporte metálico escondido detrás. A veces se señala, como prueba, la base de hierro que asoma entre los pies. Son imágenes que dan escalofríos y que se comparten por millones. Y casi todas son falsas en lo que cuentan: la persona retratada estaba viva. La fotografía post mortem existió y fue muy común en el siglo XIX, pero no se parecía en nada a eso. Merece la pena contar cómo era de verdad, porque la historia real es mucho más humana que el mito.
Empecemos por lo cierto. En las décadas centrales del siglo XIX, sobre todo en Estados Unidos y en Gran Bretaña, era frecuente fotografiar a los muertos, en especial a los niños. La mortalidad infantil era altísima y el retrato fotográfico, carísimo al principio, estaba empezando a ser asequible. Para muchas familias, la muerte de un bebé era la primera y última ocasión de tener una imagen suya. Los fotógrafos se anunciaban en los periódicos ofreciendo retratar a los difuntos a domicilio, en cualquier momento y con poca antelación. No había nada de macabro en ello para la gente de la época: era un acto de amor, un recuerdo, lo mismo que guardar un mechón de pelo.

¿Cómo eran esas fotos? El antropólogo Jay Ruby, que reunió y estudió cientos para su libro Secure the Shadow (1995), y la británica Audrey Linkman, que estudió los archivos de los fotógrafos ingleses, llegaron a la misma conclusión. La inmensa mayoría muestra al difunto acostado: en la cama, en un sofá, en el ataúd, o en los brazos de su madre. La pose preferida era la del sueño, con los ojos cerrados, la cabeza sobre una almohada y a menudo flores en las manos. Algunas familias querían que pareciera vivo, y para eso a veces se pintaban unos ojos abiertos sobre la copia, pero sentado o tumbado, nunca de pie. Ninguno de los dos encontró en manuales, anuncios, cartas o testimonios de fotógrafos una sola referencia a poner a un muerto de pie con un soporte.

Hay una razón muy física para eso. Los soportes de pose existían, y en cualquier estudio de la época había uno o varios: un pie de hierro fundido con una base pesada y una varilla regulable que terminaba en una horquilla para apoyar la nuca o en una abrazadera para la cintura. Servían para que un cliente vivo no se moviera durante una exposición que en los años cuarenta podía durar un minuto y en los sesenta todavía varios segundos. Pero estaban pensados para ayudar a quien ya se sostenía solo, no para cargar con un cuerpo. Un adulto muerto pesa lo mismo que uno vivo y no tiene tono muscular: se desploma. La rigidez cadavérica, que a veces se invoca como explicación, no sirve para ponerlo de pie, y además se pasa en uno o dos días. Colocar un cadáver erguido con aquel artilugio habría sido tan imposible como colgar un abrigo mojado de un perchero de una sola pinza.
Entonces, ¿de dónde sale el mito? De varias confusiones que se refuerzan. La primera es la base del soporte que se ve a veces detrás de los pies: es, precisamente, la prueba de que la persona estaba viva y de que el fotógrafo la ayudaba a estarse quieta. La segunda es la mirada. Con exposiciones largas, la gente no sonreía, tenía los ojos algo vidriosos y a veces las manos borrosas o más oscuras por el movimiento, y eso hoy nos parece un signo de muerte. La tercera son las fotos de «madre escondida», en las que una mujer cubierta con una tela sostiene a un bebé: no es un truco para retratar a un muerto, sino un modo de mantener quieto a un niño vivo. Y la cuarta, la más importante, es que una historia truculenta se comparte mucho más que una corrección.

Conviene decir también que hubo fotografía post mortem en muchos países, incluido el nuestro, donde se practicó hasta bien entrado el siglo XX en entornos rurales, y que sus fotógrafos solían ser discretos y respetuosos. Quienes las documentan con cuidado para separar las auténticas de las mal atribuidas usan criterios sencillos: la postura, la presencia de ataúd o flores, el testimonio escrito en el reverso o en el estuche, y la documentación del estudio. Un retrato de pie, con los ojos abiertos y sin más contexto que un texto viral, no pasa ese filtro casi nunca.
Hay algo de lección sobre cómo miramos el pasado en todo esto. Nos resulta más fácil creer que nuestros tatarabuelos hacían cosas siniestras que entender lo que sentían. La fotografía post mortem real no busca engañar a nadie: muestra a un niño dormido en su cama, en una placa que su madre guardó en un estuche de terciopelo toda su vida. El mito, en cambio, convierte ese duelo en un espectáculo de feria. Y cada vez que se comparte, borra un poco más a la gente que estaba de verdad en la foto: los vivos que se quedaron quietos un minuto, aguantando la respiración, para que alguien los recordara.
El daguerrotipo – La carte de visite – William Mumler y la fotografía de espíritus – Velocidad de obturación – Sesgo de confirmación
Fuentes
- Jay RubySecure the Shadow: Death and Photography in AmericaMIT Press, Cambridge (Massachusetts)1995
- Jay RubyPost-Mortem Portraiture in AmericaHistory of Photography 8 (3)1984enlace
- Audrey LinkmanTaken from Life: Post-Mortem Portraiture in Britain 1860-1910History of Photography 30 (4)2006enlace
- Audrey LinkmanPhotography and DeathReaktion Books, Londres2011
- Stanley B. BurnsSleeping Beauty: Memorial Photography in AmericaTwelvetrees Press, Altadena1990