El imperativo categórico es la regla con la que Immanuel Kant quiso fundar la moral sin apoyarla en ninguna consecuencia. La planteó en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, publicada en 1785, y la distinción de la que parte es sencilla. Hay órdenes que valen solo si uno quiere algo: si quieres aprobar, estudia. Kant las llama imperativos hipotéticos, y señala que no obligan a nadie que no comparta el fin, porque siempre cabe renunciar al fin y librarse de la orden. Un mandato moral no puede funcionar así. Si no matar valiera solo para quien quiere vivir en paz, no sería un deber sino un consejo. Hace falta un imperativo que obligue sin condición, categóricamente, y la pregunta del libro es si existe alguno y qué forma tendría.
La respuesta de Kant es que un mandato incondicional no puede mandar ningún contenido concreto, porque todo contenido depende de circunstancias. Solo puede mandar una forma. De ahí sale la fórmula de la ley universal: obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer al mismo tiempo que se convierta en ley universal. La máxima es el principio subjetivo de la acción, la regla que uno sigue de hecho al hacer algo, y la prueba consiste en imaginar un mundo donde todos la siguiesen. Kant distingue dos modos de fallar el examen. Hay máximas que al universalizarse se destruyen a sí mismas, como prometer sin intención de cumplir: en un mundo donde todos prometen en falso, nadie cree una promesa y la propia institución de prometer desaparece, con lo cual la máxima se vuelve imposible de ejecutar. Y hay máximas que podrían existir universalizadas pero que nadie puede querer que existan, como no ayudar nunca a nadie, porque quien la adopta estaría queriendo un mundo en el que él mismo quedaría sin auxilio.

La segunda formulación es la que más ha calado fuera de la filosofía académica: obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca solamente como medio. El matiz del «solamente» es decisivo y se pierde en las citas de memoria. Kant no prohíbe servirse de los demás; el panadero es un medio para desayunar y el pasajero un medio para que el taxista cobre. Lo que prohíbe es tratar a alguien de un modo que él no podría consentir si supiera lo que está pasando. Mentir, coaccionar y manipular caen bajo esa prohibición porque todos funcionan cortocircuitando la capacidad del otro de decidir con la información en la mano. La tercera formulación cierra el círculo: cada ser racional debe obrar como si fuese por sus máximas un miembro legislador en un reino universal de fines, es decir, como autor y súbdito a la vez de las leyes que cumple. Kant insistía en que las tres fórmulas son la misma ley vista de tres maneras, aunque buena parte de la literatura posterior discuta si eso es cierto.
El caso que persigue a la teoría desde el principio lo planteó Benjamin Constant en 1797. Si un asesino llama a tu puerta y pregunta si tu amigo está escondido dentro, ¿hay que decirle la verdad? Kant respondió ese mismo año con un escrito breve y célebre por su dureza: sí, porque el deber de veracidad es incondicional y una mentira daña a la humanidad en general al socavar la confianza en la palabra, mientras que las consecuencias concretas de decir la verdad no son imputables a quien la dice. La respuesta ha incomodado a sus propios lectores durante dos siglos. Christine Korsgaard argumentó que el propio sistema de Kant permite otra salida, porque el asesino, al preguntar con la intención de usar la respuesta para matar, se ha colocado fuera de la relación en la que el deber de veracidad tiene sentido, y tratarlo como interlocutor honesto es justamente lo que no corresponde.

Las objeciones de fondo son dos. La primera, que viene de Hegel, es que la prueba es un formalismo vacío: según cómo se redacte la máxima, casi cualquier cosa pasa o no pasa el examen, y es el redactor quien decide el resultado al elegir el nivel de detalle. La segunda, la consecuencialista, es que una moral que no mira el daño producido puede ordenar catástrofes con la conciencia tranquila. A favor de Kant juega que su teoría explica algo que el cálculo de consecuencias explica mal: por qué hay cosas que no se pueden hacer a una persona ni siquiera para que muchas otras ganen. De ahí vienen, por vía directa, la idea moderna de dignidad y la estructura de los derechos humanos, que son justamente límites que no admiten ser compensados por un beneficio agregado.
Minoría de edad (Kant) – Crítica según Kant – El velo de ignorancia – El dilema del tranvía
Fuentes
- Immanuel KantGrundlegung zur Metaphysik der SittenJohann Friedrich Hartknoch, Riga1785enlace
- Immanuel KantÜber ein vermeintes Recht aus Menschenliebe zu lügenBerlinische Blätter 1, 301-3141797enlace
- Christine M. KorsgaardThe Right to Lie: Kant on Dealing with EvilPhilosophy & Public Affairs 15 (4), 325-3491986enlace
- Onora O'NeillActing on Principle: An Essay on Kantian EthicsCambridge University Press, Cambridge2013enlace