El efecto Pigmalión en el aula es la idea de que las expectativas de un maestro sobre sus alumnos influyen en lo que estos acaban rindiendo: si el profesor cree que un niño va a destacar, lo trata de manera que ese niño termina destacando. Se hizo famoso en 1968 con un experimento de los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson en una escuela de California, que parecía demostrar que bastaba con decir a los maestros que ciertos alumnos iban a florecer para que su cociente intelectual subiera. El estudio se convirtió en un clásico, y también en uno de los más criticados de la psicología educativa. Medio siglo después, el efecto se considera real, pero mucho más pequeño y limitado de lo que se creyó al principio.
El nombre viene de la mitología griega. Según las Metamorfosis de Ovidio, Pigmalión, rey de Chipre, esculpió en marfil una mujer tan hermosa que se enamoró de ella, y la diosa Venus, conmovida, le dio vida. George Bernard Shaw retomó el mito en 1913 en su obra Pigmalión, en la que un profesor de fonética transforma a una florista de los barrios bajos de Londres en una dama, y que después se convertiría en el musical My Fair Lady. La idea que Rosenthal quería evocar era esa: el que espera algo de otro acaba dándole forma.

Detrás había un concepto sociológico anterior. En 1948, el sociólogo Robert K. Merton había descrito la profecía autocumplida: una definición falsa de una situación provoca un comportamiento que acaba haciéndola verdadera. Su ejemplo era un banco solvente que quiebra porque corre el rumor de que va a quebrar y todos los clientes retiran a la vez su dinero. Rosenthal, por su parte, había estudiado cómo las expectativas de los investigadores contaminan sus experimentos. En 1963, con Kermit Fode, dio a unos estudiantes ratas de laboratorio corrientes, diciéndoles a unos que eran especialmente listas para recorrer laberintos y a otros que eran torpes. Las supuestamente listas aprendieron más deprisa.
El experimento del aula se hizo en 1964 en una escuela primaria de un barrio obrero de South San Francisco, a la que el libro llamó Oak School. Al principio del curso, los investigadores pasaron a todos los alumnos un test de inteligencia no verbal que presentaron a los maestros como una prueba de Harvard capaz de predecir qué niños iban a experimentar un estirón intelectual. Después eligieron al azar a alrededor del veinte por ciento de los alumnos de cada clase y dijeron a los maestros que esos niños eran los que iban a florecer. No era verdad: se diferenciaban de los demás solo en la mente del profesor.
Ocho meses después volvieron a pasar el test. Según Rosenthal y Jacobson, los alumnos señalados habían ganado más puntos de cociente intelectual que sus compañeros, y la diferencia era muy grande en primero y segundo curso, donde algunos niños parecían haber subido veinte o treinta puntos. En los cursos superiores, en cambio, apenas había diferencia. Los autores concluyeron que las expectativas de los maestros, transmitidas de forma sutil, habían mejorado el desarrollo intelectual de los niños. El libro, Pigmalión en el aula, salió en 1968 en plena lucha por los derechos civiles, cuando se discutía por qué los niños negros y pobres rendían menos en la escuela, y tuvo un eco enorme.
Las críticas llegaron enseguida. El psicólogo Robert Thorndike, especialista en tests, publicó ese mismo año una reseña demoledora: el test no estaba pensado para niños tan pequeños, algunas puntuaciones iniciales eran tan bajas que no podían corresponder a niños escolarizados en una clase ordinaria, y los grandes efectos de los primeros cursos descansaban sobre muy pocos alumnos. Varios intentos de repetir el experimento en los años siguientes no encontraron efectos sobre el cociente intelectual, o los encontraron muy pequeños.
En 1984, el estadístico Stephen Raudenbush reunió dieciocho experimentos parecidos y encontró algo revelador. El efecto aparecía casi solo cuando las expectativas se inducían en las primeras semanas del curso, antes de que el maestro conociera a sus alumnos. Si el profesor llevaba ya un tiempo con ellos, la información falsa no cambiaba nada: su propia observación pesaba más que lo que le decían los investigadores. Es decir, las expectativas influyen cuando el maestro no tiene otra información, y se diluyen en cuanto la tiene.
La revisión más completa de la investigación posterior, la de Lee Jussim y Kent Harber en 2005, llegó a unas conclusiones más matizadas que las de 1968. Las expectativas de los maestros predicen el rendimiento de los alumnos, pero sobre todo porque son acertadas: los profesores suelen juzgar bastante bien quién va a rendir más. Las profecías autocumplidas existen, pero su efecto medio es pequeño, tiende a disiparse con el tiempo y no se acumula año tras año como se temía. Hay una excepción importante: los efectos parecen mayores en alumnos de grupos estigmatizados o de bajo rendimiento previo, precisamente aquellos sobre los que un maestro puede tener prejuicios.
También se ha estudiado el lado negativo, a veces llamado efecto Golem: las bajas expectativas pueden perjudicar más de lo que las altas benefician. Un alumno del que no se espera nada recibe menos preguntas, menos tiempo para responder y menos explicaciones cuando se equivoca. La investigación posterior identificó cómo se transmiten las expectativas: a través del clima emocional, de la cantidad y dificultad de lo que se enseña, de las oportunidades de participar y de la calidad de la retroalimentación.
Lo que queda en pie del efecto Pigmalión es una lección más modesta que la de 1968 pero útil. Los maestros no pueden subir el cociente intelectual de un niño solo con creer en él, pero sí pueden, sin darse cuenta, ofrecer menos oportunidades a los alumnos de los que esperan poco. Por eso muchos programas de formación del profesorado enseñan a revisar esas diferencias de trato, y la evaluación basada en criterios explícitos se defiende en parte como una manera de protegerse de las propias impresiones.
Rendimiento académico – Evaluación educativa – Currículo oculto – Igualdad de oportunidades en educación – Relación áulica – Práctica docente
Fuentes
- Robert Rosenthal y Lenore JacobsonPygmalion in the Classroom: Teacher Expectation and Pupils' Intellectual DevelopmentHolt, Rinehart and Winston, Nueva York1968
- Robert K. MertonThe Self-Fulfilling ProphecyThe Antioch Review 8 (2)1948enlace
- Robert L. ThorndikeReview of Pygmalion in the ClassroomAmerican Educational Research Journal 5 (4)1968enlace
- Stephen W. RaudenbushMagnitude of Teacher Expectancy Effects on Pupil IQ as a Function of the Credibility of Expectancy Induction: A Synthesis of Findings From 18 ExperimentsJournal of Educational Psychology 76 (1)1984enlace
- Lee Jussim y Kent D. HarberTeacher Expectations and Self-Fulfilling Prophecies: Knowns and Unknowns, Resolved and Unresolved ControversiesPersonality and Social Psychology Review 9 (2)2005enlace