La fotografía más antigua que se conserva tomada del natural es una placa de peltre del tamaño de una hoja de libreta, con una imagen tan tenue que, si uno se la encuentra de frente en su vitrina de Austin, en Texas, lo más probable es que no vea nada. Es el punto de vista desde la ventana de Le Gras, que Nicéphore Niépce obtuvo en su casa de campo de Saint-Loup-de-Varennes, en Borgoña, en el verano de 1827. Lo asombroso no es solo que exista, sino que durante medio siglo nadie supo dónde estaba. La encontró en 1952 un historiador tozudo, y la imagen que desde entonces reproducen todos los libros, incluida esta enciclopedia, no es exactamente la placa: es una copia que él mismo retocó con acuarela.
Primero, lo que es. Niépce llevaba desde 1816 intentando fijar la imagen de la cámara oscura. Su solución fue el betún de Judea, un asfalto natural que se endurece con la luz: extendió una capa fina sobre una plancha de peltre, la dejó en la cámara apuntando al patio y a los tejados que veía desde el piso de arriba, y después lavó con aceite de lavanda y petróleo el betún que había quedado blando. Lo que queda es un relieve finísimo de betún sobre metal. Él lo llamó heliografía, escritura del sol. Cuánto tiempo estuvo abierta la cámara es un misterio que dura hasta hoy: la cifra tradicional es de unas ocho horas, porque el sol ilumina las fachadas de los dos lados del patio, pero el químico Jean-Louis Marignier, que reprodujo el procedimiento con las notas de Niépce, sostiene que hicieron falta varios días.

En septiembre de 1827 Niépce viajó a Inglaterra para ver a su hermano Claude, que estaba enfermo en Kew, y llevó consigo varias placas. Allí conoció al botánico e ilustrador Francis Bauer, que se entusiasmó y le animó a presentar su invento a la Royal Society. La sociedad lo rechazó: sus normas no admitían comunicaciones sobre procedimientos cuyo secreto no se revelara, y Niépce no quería revelarlo. Decepcionado, volvió a Francia y dejó las placas a Bauer. La de Le Gras era la única que no era una copia de un grabado, sino una vista tomada con cámara, y Bauer lo sabía: le pegó una etiqueta manuscrita en el dorso identificándola como el primer intento de Niépce de fijar las imágenes de la naturaleza.
A partir de ahí, la placa entra en un largo silencio. Pasó de mano en mano entre coleccionistas británicos durante el siglo XIX, se exhibió en Londres en 1898 y después dejó de aparecer en ningún catálogo. Cuando Niépce murió, en 1833, el mérito de la fotografía había empezado ya a desplazarse hacia su socio, Louis Daguerre, y el daguerrotipo se llevó la gloria en 1839. Durante buena parte del siglo XX los manuales hablaban de la primera fotografía de Niépce como de algo perdido, conocido solo por referencias.
Aquí entra Helmut Gernsheim. Era un alemán de familia judía que se había instalado en Inglaterra en 1937, huyendo del nazismo, fotógrafo de formación, y que junto a su mujer, Alison, se propuso escribir la historia de la fotografía con documentos de primera mano en lugar de repetir lo que decían otros libros. Reunió una colección inmensa y durante años persiguió la pista de la placa de Le Gras a través de catálogos de subastas y herencias. En 1952 dio con ella: los descendientes de su último propietario conocido la tenían guardada y olvidada en un baúl, entre otras pertenencias familiares. Gernsheim comprobó la etiqueta de Bauer, verificó que era la placa y la compró.

El siguiente problema fue que la placa no se dejaba fotografiar. Gernsheim encargó una reproducción al laboratorio de investigación de Kodak en Harrow, cerca de Londres, y los técnicos hicieron muchas pruebas de luz y de ángulo. El resultado, de marzo de 1952, era correcto pero confuso: una superficie moteada en la que costaba reconocer los edificios. Así que Gernsheim tomó una de las copias y la retocó con acuarela, reforzando las líneas y limpiando las manchas, hasta dejarla como él creía que debía verse. Es esa copia retocada, y no la placa, la que se ha reproducido millones de veces. Él mismo lo reconoció más tarde, y hasta finales de los años setenta no permitió que se publicaran otras reproducciones.
Esto no convierte la imagen en un fraude, pero sí obliga a mirarla con otros ojos. Lo que casi todos hemos visto como «la primera fotografía» es una interpretación: la placa auténtica, pasada por una copia fotográfica de 1952 y por el pincel de un historiador que quería que se entendiera. Algo parecido a lo que ocurre con muchas pinturas antiguas restauradas, con la diferencia de que aquí el restaurador no tocó el original, sino solo su reflejo.

En 1963 la Universidad de Texas compró la colección Gernsheim, y él donó aparte la placa de Niépce, que desde entonces está en el Harry Ransom Center de Austin. Entre 2002 y 2003 el Getty Conservation Institute la estudió con fluorescencia de rayos X y espectroscopia infrarroja: confirmó que la imagen es betún y que la plancha es de peltre, estaño con plomo, y recomendó guardarla en una vitrina sellada, sin oxígeno, para frenar la corrosión. Allí sigue. Y quien vaya a verla hará lo mismo que hicieron Bauer, Gernsheim y el técnico de Kodak: moverse despacio a un lado y a otro hasta que, de pronto, en el reflejo del metal, aparecen los tejados de una casa de Borgoña en un día de verano de hace casi doscientos años.
El daguerrotipo – La cámara oscura – El calotipo – Aura y reproductibilidad técnica – Los plomos del Sacromonte
Fuentes
- Helmut GernsheimThe 150th Anniversary of PhotographyHistory of Photography 1 (1)1977enlace
- Helmut Gernsheim y Alison GernsheimThe History of Photography from the Camera Obscura to the Beginning of the Modern EraMcGraw-Hill, Nueva York1969
- Harry Ransom CenterThe Niépce HeliographUniversity of Texas at Austinenlace
- Western Association for Art ConservationThe World's First PhotographWAAC Newsletter 24 (3)2002enlace
- Jean-Louis MarignierNiépce: l'invention de la photographieBelin, París1999