Abducción científica

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La abducción es la inferencia que va de un hecho sorprendente a la hipótesis que lo haría dejar de serlo. No demuestra nada: propone. Es el momento en que una investigación pasa de tener un problema a tener algo que contrastar, y por eso ocupa el primer lugar del ciclo científico, antes de la deducción de consecuencias y antes de la contrastación empírica.

El nombre y el análisis se deben a Charles Sanders Peirce, que la formuló hacia 1903 con una economía difícil de mejorar: se observa el hecho sorprendente C; ahora bien, si A fuera verdadera, C se seguiría como cosa natural; luego hay razón para sospechar que A es verdadera. Nótese lo débil de la conclusión. No dice que A sea cierta ni siquiera probable, dice que merece la pena tomarla en consideración. Peirce sostenía que esta es la única de las tres formas de inferencia que introduce ideas nuevas: la deducción explicita lo que ya está contenido en las premisas y la inducción generaliza lo observado, pero ninguna de las dos inventa un concepto que no estuviera antes sobre la mesa. La abducción sí, y a cambio paga el precio de no garantizar nada.

Retrato fotográfico de Charles Sanders Peirce, de perfil tres cuartos, con barba
Fig. 1 Charles Sanders Peirce. Trabajó treinta años midiendo la gravedad para el Servicio Geodésico de los Estados Unidos, nunca obtuvo una cátedra estable y murió en la pobreza dejando cerca de cien mil páginas manuscritas: la lógica del descubrimiento la escribió alguien que se pasó la vida haciendo mediciones.Napoleon Sarony · 1891 · Dominio público · Wikimedia Commons

La diferencia con la inducción es fácil de perder de vista y conviene fijarla. Si en una bolsa todas las judías que saco son blancas y concluyo que probablemente todas las de la bolsa lo son, eso es inducción: extiendo lo observado. Si encuentro sobre la mesa un puñado de judías blancas junto a una bolsa que contiene solo judías blancas y conjeturo que el puñado salió de esa bolsa, eso es abducción: invento una historia que explicaría lo que veo. El ejemplo es del propio Peirce y muestra la asimetría con crudeza, porque el puñado pudo llegar de cualquier otro sitio. La abducción no aumenta la seguridad, aumenta el repertorio.

Ilustración de Sidney Paget: Sherlock Holmes con lupa examinando un objeto, en la revista Strand
Fig. 2 Sherlock Holmes según Sidney Paget, 1893. Holmes llama deducción a su método y no lo es: partir de un rastro de barro para conjeturar de dónde viene alguien es exactamente el esquema abductivo, con su conclusión provisional y su obligación de comprobarla después.Sidney Paget · 1893 · Dominio público · Wikimedia Commons

El caso literario más conocido es también el peor nombrado. Sherlock Holmes llama deducción a lo que hace, y lo que hace es abducir: observa un detalle anómalo —una marca en la manga, un bronceado desigual, un perro que no ladró— y propone la historia que lo volvería esperable. Que después salga bien es una convención del género; en la vida real la conjetura se equivoca a menudo, y de ahí que la abducción no sustituya al trabajo de contrastar sino que lo haga posible. La versión seria del mismo esquema es el diagnóstico médico, donde un cuadro de síntomas se explica por la enfermedad que mejor daría cuenta de todos ellos y después se confirma con pruebas; y la versión histórica más citada es el descubrimiento de Neptuno, cuando las anomalías en la órbita de Urano llevaron a conjeturar un planeta desconocido en vez de a abandonar la mecánica de Newton.

Peirce añadió algo que la enseñanza escolar suele omitir y que es la parte más práctica de su teoría: la economía de la investigación. Ante un hecho sorprendente caben siempre infinitas hipótesis, y ninguna vida alcanza para probarlas todas, de modo que el problema real no es generar explicaciones sino decidir cuál se pone a prueba primero. Peirce propone tres criterios y ninguno es la verdad: cuánto cuesta contrastarla, cuánto explicaría si fuese cierta y cuánto se apartaría del conocimiento ya establecido. Esa es la razón de que la buena investigación no sea la que imagina más, sino la que elige mejor lo que va a intentar refutar.

En la filosofía de la ciencia posterior el concepto reapareció bajo otro nombre. Gilbert Harman lo rebautizó en 1965 como inferencia hacia la mejor explicación, y Peter Lipton lo desarrolló como reconstrucción de cómo razonan de hecho los científicos: entre las hipótesis disponibles se acepta provisionalmente la que ofrece la explicación más amable, la que más nos diría si fuese verdadera. La diferencia con Peirce no es menor. Peirce hablaba de generar conjeturas para someterlas a prueba; Harman habla de aceptar una conclusión, lo que la convierte en una forma de justificación y no solo de descubrimiento.

Peirce puso a prueba su propia lógica en un episodio que le gustaba contar. En 1879, volviendo en barco de vapor de Boston a Nueva York, le robaron el abrigo con un reloj caro que pertenecía al Servicio Geodésico y del que era responsable. Reunió a la tripulación de color del barco, los fue interrogando uno por uno y, sin obtener de las respuestas nada concluyente, se apartó, dio una vuelta por cubierta y decidió señalar a uno de ellos por una convicción que no supo justificar. Contrató después a un detective de Pinkerton, que se inclinó por otro sospechoso; Peirce siguió su propia conjetura, localizó al empeñista al que el hombre había vendido el reloj y recuperó las piezas. Él lo interpretó como prueba de que existe una capacidad de conjeturar mejor que el azar, un instinto adivinatorio afinado por la evolución que llamó il lume naturale; sin él, argumentaba, la ciencia no habría podido dar con las teorías correctas entre las infinitas posibles en los pocos siglos que ha tardado. La anécdota tiene un reverso incómodo que la filosofía suele omitir y que conviene no omitir: Peirce interrogó a la tripulación negra y solo a ella, de modo que su hipótesis de partida venía dada por un prejuicio, y su acierto no la valida. Ilustra el problema central de la abducción con más honestidad que cualquier ejemplo de manual. Lo que hace de una conjetura algo más que un prejuicio afortunado no es que resulte cierta, es la contrastación que viene después.

Ahí es donde llegan las objeciones. La más contundente es la del mal lote, de Bas van Fraassen: elegir la mejor explicación entre las que se nos han ocurrido no garantiza nada si la verdadera no estaba en la lista, y no hay razón para creer que nuestra imaginación agote las posibilidades. La segunda es que «mejor» mezcla virtudes heterogéneas —simplicidad, alcance, elegancia, encaje con lo conocido— sin decir cómo se ponderan, y esas virtudes son estéticas y pragmáticas antes que probatorias. La tercera es la que más daño hace en ciencias sociales: cualquier resultado admite un relato plausible construido después de verlo, y llamar abducción a esa operación la disfraza de método. El correctivo bayesiano —tratar la explicación como una hipótesis con verosimilitud y probabilidad previa explícitas— disciplina el razonamiento, aunque a costa de exigir números que muchas veces no hay.

Con esas cautelas, la abducción es hoy más visible que nunca. Los sistemas de diagnóstico automático y buena parte de la inteligencia artificial simbólica están construidos sobre razonamiento abductivo explícito, y en investigación cualitativa se ha convertido en la alternativa declarada a la teoría fundamentada clásica: Timmermans y Tavory propusieron en 2012 llamar análisis abductivo al procedimiento de dejarse sorprender por los datos con la teoría existente bien conocida de antemano, precisamente porque la sorpresa solo aparece contra un trasfondo de expectativas. Es una buena manera de resumir todo el asunto. La abducción no es el arte de tener ideas: es lo que ocurre cuando alguien preparado se topa con algo que no cuadra.

Método hipotético-deductivo – Contrastación empírica – El problema de la inducción – Conocimiento científico – Formulación de hipótesis – Navaja de Occam – Serendipia

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Fuentes

  1. Charles S. PeircePragmatism as the Logic of Abduction (Harvard Lectures on Pragmatism, VII)recogida en The Essential Peirce, vol. 2, Indiana University Press1903
  2. Charles S. PeirceCollected Papers of Charles Sanders PeirceHarvard University Press1935
  3. Norwood R. HansonPatterns of DiscoveryCambridge University Press1958
  4. Gilbert H. HarmanThe Inference to the Best ExplanationThe Philosophical Review, 74(1)1965
  5. Bas C. van FraassenLaws and SymmetryClarendon Press1989
  6. Peter LiptonInference to the Best ExplanationRoutledge1991
  7. Stefan Timmermans e Iddo TavoryTheory Construction in Qualitative Research: From Grounded Theory to Abductive AnalysisSociological Theory, 30(3)2012
Sarasola, Josemari (2023). "Abducción científica". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/abduccion-cientifica/

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