
Una relación de poder es una relación entre personas o grupos en la que una parte consigue que la otra haga, piense o deje de hacer algo que de otro modo no habría hecho. La expresión subraya una idea importante: el poder no es una cosa que alguien guarda en un cajón, sino algo que existe entre personas y que solo se ve cuando se ejerce. Un jefe no tiene poder en abstracto, lo tiene sobre sus empleados; un profesor, sobre sus alumnos mientras dura el curso; unos padres, sobre sus hijos mientras son pequeños.
La definición clásica es la del sociólogo alemán Max Weber, que en Economía y sociedad (1922) describió el poder como «la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad». Weber distinguía el poder en general de la dominación, que es el poder aceptado como legítimo, y señaló tres fuentes de esa aceptación: la tradición, como en una monarquía hereditaria; el carisma de un líder excepcional; y la legalidad, la obediencia a unas normas y a unos cargos, que es la base del Estado moderno. Por eso, aunque las relaciones de poder aparecen en todas partes, necesitan un entramado de dominación para sostenerse, y el Estado es hoy su máximo exponente.
Los psicólogos sociales John French y Bertram Raven clasificaron en 1959 las bases en las que se apoya el poder de una persona sobre otra. Está el poder de recompensa, de quien puede dar algo que el otro desea, como un aumento de sueldo; el de coerción, de quien puede castigar; el legítimo, que nace de un cargo reconocido, como el de un árbitro; el experto, que se basa en saber más, como el de un médico; y el referente, el de quien es admirado y al que otros quieren parecerse, como una persona influyente en redes sociales. En la práctica suelen mezclarse: un buen profesor combina el poder legítimo del cargo con el experto y, si sus alumnos lo aprecian, con el referente.
El filósofo francés Michel Foucault cambió en los años setenta la manera de mirar el problema. Para él el poder no se concentra solo en el Estado o en los que mandan, sino que circula por toda la sociedad, en la escuela, el hospital, la cárcel, la fábrica o la familia, a través de horarios, exámenes, vigilancia y normas de lo que se considera normal. Esa microfísica del poder se ejerce muchas veces sin violencia, haciendo que las personas se vigilen a sí mismas, y su imagen más conocida es el panóptico. Foucault añadió una idea que hoy es un lugar común: «donde hay poder, hay resistencia», porque ninguna relación de poder es totalmente unilateral.
Las relaciones de poder aparecen también a escala pequeña, en lo que se llama nivel microsociológico. En la familia pueden ser el resultado de modelos basados en el autoritarismo, el control excesivo o el patriarcado, y superarlas exige un ambiente de comunicación, diálogo y confianza en el que la autoridad de padres y madres se negocie en lugar de imponerse. En la pareja, el control del dinero, del móvil o de las amistades es una forma de poder que puede derivar en violencia. En el trabajo, la dependencia económica del empleado hace que la relación con quien lo contrata no sea entre iguales, y de ahí nacen los derechos laborales. Y en la escuela, las relaciones entre alumnos pueden reproducir jerarquías de poder que están en la raíz del acoso.
No todas las relaciones de poder son negativas. Un entrenador que exige disciplina, una médica que prescribe un tratamiento o unos padres que ponen límites ejercen poder en beneficio de quien lo recibe. Lo que las ciencias sociales analizan es si ese poder es legítimo, si está limitado y si puede discutirse, porque la diferencia entre autoridad y abuso está casi siempre en esas tres cosas.
Poder – Dominación – Poder político – Hegemonía (política, Antonio Gramsci) – Panóptico y panoptismo – Patriarcado (sociedad patriarcal) – Legitimidad