La radiactividad no la descubrió Marie Curie, y ella fue la primera en decirlo. La descubrió Henri Becquerel en 1896, pocas semanas después de que llegaran a París las noticias de los rayos X: buscando si las sales de uranio fluorescentes emitían algo parecido, dejó unas placas fotográficas envueltas en un cajón junto a una muestra, sin sol, y las encontró veladas. El uranio emitía por sí solo una radiación penetrante. Becquerel publicó siete notas, lo llamó «rayos uránicos» y pasó a otra cosa, porque los rayos eran débiles, no servían para fotografiar huesos y nadie entendía qué eran. Ahí es donde empieza Curie.
Maria Skłodowska tenía 30 años, un marido físico con quien compartía laboratorio, Pierre, y necesitaba un tema de tesis. Eligió los rayos de Becquerel porque nadie los estudiaba. Su instrumento no era una placa fotográfica, que sólo dice «sí» o «no», sino el electrómetro de cuarzo piezoeléctrico que Pierre y su hermano habían inventado: los rayos hacían conductor el aire, y la corriente que dejaban pasar se podía medir con precisión. Convertir un fenómeno cualitativo en un número medible es la primera de las decisiones que explican lo que vino después. Con el electrómetro comprobó, en pocas semanas de 1898, que la radiación del uranio era proporcional a la cantidad de uranio y nada más: no dependía de que estuviera como metal, como óxido o como sal, ni de la temperatura, ni de la luz. Un comportamiento así no podía ser una reacción química, porque la química depende de todas esas cosas: tenía que ser una propiedad del propio átomo de uranio. Es la idea central, y es suya. También encontró que el torio hacía lo mismo, y acuñó la palabra: radiactividad.

Entonces midió minerales, y la pechblenda, el mineral de uranio de las minas de Joachimsthal, resultó ser tres o cuatro veces más activa de lo que correspondía a su contenido de uranio. Si la actividad era una propiedad atómica, en la pechblenda tenía que haber otro átomo, desconocido, mucho más activo que el uranio. Pierre dejó sus cristales y se unió a la búsqueda. Separaron el mineral por los métodos de la química analítica, fracción a fracción, midiendo con el electrómetro dónde se iba la actividad, y en julio de 1898 anunciaron un elemento nuevo que acompañaba al bismuto y que llamaron polonio, por el país de Marie, que entonces no existía en el mapa; en diciembre, otro que acompañaba al bario, tan activo que lo llamaron radio.
Anunciar un elemento por su radiación era una cosa; tenerlo en un frasco, otra. La pechblenda contenía radio en proporción de una parte por millón y pico, y para aislar una cantidad pesable hicieron falta toneladas de residuos de la mina, cedidos por el gobierno austríaco, y cuatro años de trabajo en un cobertizo con goteras que había sido sala de disección de la Facultad de Medicina. Marie removía con una barra de hierro calderos de veinte kilos de material en ebullición, y cristalizaba una y otra vez, en una habitación cuyo aire ya estaba lleno de polvo radiactivo. En 1902 tenía un decigramo de cloruro de radio puro y un peso atómico, 225, que lo colocaba en la tabla periódica bajo el bario. En 1903 leyó la tesis y, en diciembre, compartió el Nobel de Física con Pierre y Becquerel; la Academia sueca sólo la incluyó porque un miembro del comité avisó a Pierre de que iban a dejarla fuera.

Pierre murió en 1906 bajo las ruedas de un carro en la rue Dauphine; Marie heredó su cátedra en la Sorbona, la primera para una mujer en Francia, y siguió. En 1910 aisló el radio metálico; en 1911 recibió el segundo Nobel, ahora de Química, por los dos elementos, el mismo año en que la Academia de Ciencias francesa le negó un sillón y la prensa aireó su relación con el físico Paul Langevin. Durante la Primera Guerra Mundial equipó veinte coches con aparatos de rayos X, las «pequeñas Curie», y los llevó ella misma al frente. Murió en 1934 de una anemia aplásica causada por treinta años de radiación; sus cuadernos de laboratorio siguen en una caja de plomo en la Biblioteca Nacional de Francia y seguirán siendo radiactivos durante mil quinientos años. Lo que ella llamó una propiedad del átomo era, como Rutherford entendió pocos años después, el átomo rompiéndose: un elemento convirtiéndose en otro, cosa que la química llevaba un siglo asegurando que era imposible.
Fuentes
- Pierre Curie y Marie Skłodowska CurieSur une substance nouvelle radio-active, contenue dans la pechblendeComptes rendus de l'Académie des Sciences 1271898
- Marie CurieRecherches sur les substances radioactives (tesis doctoral)Gauthier-Villars, París1903
- Susan QuinnMarie Curie: A LifeSimon & Schuster, Nueva York1995
- Marie CuriePierre Curie, con notas autobiográficasMacmillan, Nueva York1923