Los siete pecados capitales son, en la tradición cristiana, soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Son una de las listas más conocidas de la cultura occidental: dan nombre a películas, novelas, series y cuadros, y casi cualquiera sabe recitarla. Lo que poca gente sabe es que no aparece en la Biblia, que al principio no eran siete sino ocho, que la envidia entró tarde y que «capital» no quiere decir lo que parece.
La Biblia tiene listas de pecados, pero ninguna es esta. El libro de los Proverbios dice: «Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma», y enumera los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que trama maldades, los pies que corren al mal, el testigo falso y el que siembra discordia entre hermanos. San Pablo, en la carta a los Gálatas, da una lista más larga de «obras de la carne». Ninguna de las dos coincide con la que se enseña en el catecismo.
La lista nació en el desierto. A finales del siglo IV, miles de monjes cristianos vivían aislados en los desiertos de Egipto, y uno de ellos, Evagrio Póntico, un intelectual de Asia Menor que había acabado allí tras una crisis personal en Constantinopla, escribió una especie de manual para reconocer las tentaciones que asaltan al monje. Las llamó logismoi, pensamientos, y contó ocho: la gula, la fornicación, la avaricia, la tristeza, la ira, la acedia, la vanagloria y la soberbia. El orden no es casual. Evagrio va de los pensamientos más ligados al cuerpo a los más espirituales, y los describe con una finura psicológica sorprendente. Su descripción de la acedia, el «demonio del mediodía» que hace al monje mirar por la ventana, calcular cuánto falta para la hora de comer y pensar que en cualquier otro sitio viviría mejor, se lee hoy como un retrato del aburrimiento y la apatía.
El monje Juan Casiano, que había conocido a los discípulos de Evagrio en Egipto, llevó la lista a Occidente. Hacia el año 420, en Marsella, escribió unas instituciones para los monasterios y dedicó ocho de sus libros a los ocho vicios, ya con nombres latinos: gula, fornicatio, avaritia, ira, tristitia, acedia, cenodoxia y superbia. Pero el paso decisivo lo dio un papa.

Gregorio Magno, papa entre 590 y 604, escribió un enorme comentario al libro de Job, los Moralia in Iob. En el libro XXXI reorganizó la lista de Casiano. Sacó a la soberbia de ella y la puso por encima de todos, como «reina de los vicios» y raíz de la que brotan los demás. Juntó la vanagloria con la soberbia, fundió la acedia con la tristeza y añadió la envidia, que no estaba en la lista monástica. Quedaron siete: vanagloria, envidia, ira, tristeza, avaricia, gula y lujuria. Con el tiempo la vanagloria volvió a llamarse soberbia y la tristeza cedió su sitio a la pereza, y así, entre los siglos XII y XIII, se fijó la lista que conocemos. El paso de ocho a siete no fue neutral: siete era el número de la perfección en la simbología cristiana, el de los dones del Espíritu Santo, los sacramentos y las peticiones del padrenuestro.
La palabra «capital» es la que más confusión genera. No significa que sean los pecados más graves, sino que son cabeza, caput en latín, de otros. Tomás de Aquino lo explicó en el siglo XIII: un vicio capital es aquel del que nacen otros muchos pecados, porque su objeto es tan deseable que empuja a hacer cualquier cosa por conseguirlo. De la avaricia nacen la traición, el fraude, el engaño, el perjurio y la dureza de corazón; de la ira, las riñas, los insultos y la blasfemia. En la teología católica, un acto concreto de gula o de pereza puede ser un pecado leve. Lo que la tradición distingue no es la gravedad de cada uno, sino su fertilidad para producir otros. El Catecismo de la Iglesia católica de 1992 lo dice con las mismas palabras: «Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza».
La cultura medieval convirtió la lista en una herramienta de enseñanza. Los confesores la usaban para ordenar el examen de conciencia, los predicadores para estructurar sus sermones y los artistas para dar forma visible al pecado. Dante organizó el Purgatorio de la Divina comedia en siete cornisas, una por vicio, donde las almas se purgan de la soberbia, la envidia, la ira, la pereza, la avaricia, la gula y la lujuria, en ese orden, de la más grave a la más leve. Chaucer dedicó al tema el largo sermón del párroco en los Cuentos de Canterbury.

La pintura más famosa sobre el tema es la Mesa de los pecados capitales, atribuida al Bosco o a un seguidor suyo, que está en el Museo del Prado. Es un gran círculo que imita un ojo. En la pupila aparece Cristo saliendo del sepulcro, y alrededor se representan los siete pecados con escenas de la vida corriente: un juez que acepta un soborno por la espalda, dos hombres que se pelean a la puerta de una taberna, una familia que devora la comida, un hombre que dormita junto al fuego mientras una monja le tiende un rosario. En las esquinas, cuatro círculos menores muestran la muerte, el juicio, el infierno y la gloria. El mensaje no es abstracto. El pecado sucede en la cocina, en la calle, en el mercado.
La lista ha sobrevivido a su contexto religioso porque describe algo reconocible. Muchas de sus categorías tienen hoy nombres psicológicos. La soberbia se parece al narcisismo, la acedia a la apatía o incluso a ciertas formas de depresión, y la envidia es objeto de estudio en psicología social y en economía del comportamiento. Pero su origen explica por qué tiene la forma que tiene: no es un código penal sino un mapa de las tentaciones interiores, trazado por unos monjes que querían conocerse a sí mismos, y retocado por un papa que la ordenó en torno al orgullo. La tradición le opuso otra lista, la de las virtudes cardinales y las virtudes teologales, y la doctrina del pecado original explica, dentro de esa teología, por qué el ser humano tiende a ellos.
Pecado original – Virtudes cardinales – Virtudes teologales – Iniquidad – Demonio – Ley divina
Fuentes
- Evagrio PónticoTratado práctico (Praktikos) y Sobre los ocho espíritus de la maliciaEgipto, finales del siglo IV390
- Robert E. Sinkewicz (trad.)Evagrius of Pontus: The Greek Ascetic CorpusOxford University Press, Oxford2003enlace
- Juan CasianoDe institutis coenobiorum, libros V-XIIMarsella, hacia 420420
- Gregorio MagnoMoralia in Iob, libro XXXI, 45Roma, hacia 578-595590
- Tomás de AquinoQuaestiones disputatae de malo, cuestión 8París, hacia 12701270
- Morton W. BloomfieldThe Seven Deadly Sins: An Introduction to the History of a Religious ConceptMichigan State College Press, East Lansing1952
- Richard Newhauser (ed.)In the Garden of Evil: The Vices and Culture in the Middle AgesPontifical Institute of Mediaeval Studies, Toronto2005
- Santa SedeCatecismo de la Iglesia católica, n.º 1866Libreria Editrice Vaticana1992enlace