Se llama Pequeña Edad de Hielo al periodo de clima más frío que vivió el hemisferio norte, y en menor medida el resto del planeta, entre el final de la Edad Media y mediados del siglo XIX. El nombre exagera. No fue una glaciación, sino un descenso medio de temperatura de algo menos de un grado, repartido de forma muy desigual en el tiempo y en el espacio, con décadas templadas entre episodios de frío intenso. Pero un grado de media basta para acortar la estación de cultivo, alargar los inviernos y cambiar la vida de sociedades que dependían por completo de la cosecha.
El término lo propuso en 1939 el geólogo François Matthes, que estudiaba los glaciares de Sierra Nevada, en California, para describir su último avance. Después los historiadores lo aplicaron a una época concreta. No hay acuerdo sobre sus límites: unos la hacen empezar hacia 1300, cuando terminó el periodo cálido medieval, y otros hacia 1450 o incluso 1550; casi todos la dan por terminada hacia 1850, cuando los glaciares de los Alpes empezaron a retroceder.

Las fuentes que permiten reconstruirla son de dos tipos. Unas son naturales: los anillos de los árboles, los sedimentos de los lagos, los testigos de hielo de Groenlandia y la Antártida, y las morrenas que dejaron los glaciares en su máximo avance. Las otras son documentales: fechas de vendimia, precios del trigo, diarios de viajeros, registros de puertos helados y las rogativas que los cabildos organizaban para pedir lluvia o buen tiempo. En España, los archivos catedralicios de Cataluña y otros lugares conservan series de rogativas de varios siglos que han servido para reconstruir las sequías y las inundaciones del periodo.
Entre las imágenes más conocidas están las ferias del hielo de Londres. Varias veces entre el siglo XVII y comienzos del XIX el Támesis se congeló lo bastante como para que los londinenses montaran sobre él tenderetes, tabernas, imprentas, juegos de bolos y carreras de trineos. La más famosa fue la del invierno de 1683 a 1684, cuando el río estuvo helado cerca de dos meses. Al frío se sumaba un factor humano: los arcos estrechos del viejo puente de Londres frenaban la corriente y facilitaban que el agua se helara. La última feria se celebró en 1814. Poco después se derribó el puente y se construyeron los muelles que estrecharon el cauce, y el río no ha vuelto a helarse así.

En los Alpes los glaciares avanzaron sobre pastos y aldeas. En el valle de Chamonix, a mediados del siglo XVII, los vecinos pidieron ayuda al obispo de Ginebra, que acudió en procesión a bendecir el frente de los glaciares para detenerlos. Más al norte, las colonias nórdicas de Groenlandia, fundadas en época cálida, desaparecieron en el siglo XV, aunque el frío fue solo uno de sus problemas. En Islandia el hielo marino bloqueaba las costas durante meses, y en Finlandia la hambruna de 1695 a 1697 mató a cerca de un tercio de la población.
Sobre las causas hay varias candidatas, y probablemente actuaron juntas. Una fue la actividad del Sol, que tuvo mínimos prolongados. El más conocido, el mínimo de Maunder, entre 1645 y 1715, fue una época en que los astrónomos apenas vieron manchas solares. Otra fueron los volcanes: las grandes erupciones lanzan a la estratosfera aerosoles de azufre que reflejan la luz del sol y enfrían el planeta durante uno o dos años, y en el periodo hubo varias muy potentes, desde la del Samalas, en Indonesia, en 1257, hasta la del Tambora en 1815, que provocó en Europa y Norteamérica el llamado año sin verano. A esas causas se suman los cambios en la circulación del océano Atlántico, que amplifican o reparten el enfriamiento, y una hipótesis más reciente: la muerte de millones de indígenas americanos tras la conquista habría permitido que el bosque recolonizara sus campos y retirara de la atmósfera suficiente dióxido de carbono para contribuir al frío de comienzos del siglo XVII.
Los historiadores discuten cuánto pesó el clima en los acontecimientos de la época. Geoffrey Parker sostiene que las malas cosechas encadenadas del siglo XVII alimentaron la ola de guerras, revueltas y hambrunas que sacudió a medio mundo, de China a Cataluña, en lo que se ha llamado la crisis general del siglo XVII. Otros insisten en que el clima solo agrava lo que la política y la economía ya han dispuesto. En lo que sí hay acuerdo es en su interés para el presente. La Pequeña Edad de Hielo muestra con qué fuerza cambios de temperatura pequeños afectan a sociedades vulnerables, y sirve de comparación para medir el cambio climático actual, que en poco más de un siglo ha calentado el planeta más de lo que ella lo enfrió en cinco.
Fuentes
- François E. MatthesReport of Committee on Glaciers, April 1939Transactions of the American Geophysical Union 20 (4)1939enlace
- Emmanuel Le Roy LadurieHistoire du climat depuis l'an milFlammarion, París1967
- Jean M. GroveThe Little Ice AgeMethuen, Londres1988
- Geoffrey ParkerGlobal Crisis: War, Climate Change and Catastrophe in the Seventeenth CenturyYale University Press, New Haven2013