La paradoja de la tolerancia dice que una tolerancia sin límites conduce a la desaparición de la tolerancia: si una sociedad tolera incluso a quienes quieren acabar con ella y no está dispuesta a defenderse de ellos, los intolerantes acabarán imponiéndose y la tolerancia se habrá destruido a sí misma. La formuló Karl Popper en 1945, en una nota a pie de página de La sociedad abierta y sus enemigos, el libro que escribió en el exilio de Nueva Zelanda mientras Europa estaba en guerra. En la última década se ha convertido en uno de los argumentos más citados en las discusiones sobre libertad de expresión, redes sociales y partidos extremistas, y casi siempre se cita a medias.
El texto completo de la nota es corto y vale la pena leerlo entero, porque la frase famosa lleva pegada una condición. Popper escribe que no pretende que se suprima siempre la expresión de las filosofías intolerantes: «mientras podamos contrarrestarlas con argumentos racionales y mantenerlas a raya con la opinión pública, la supresión sería ciertamente muy imprudente». El derecho a suprimirlas, continúa, debe reservarse para el caso en que los intolerantes no estén dispuestos a discutir, cuando prohíban a sus seguidores escuchar argumentos «porque son engañosos» y les enseñen a responder «con los puños o las pistolas». En ese caso, y en ese caso, Popper reclama el derecho a no tolerar, y a considerar la incitación a la intolerancia un delito, como lo es la incitación al asesinato. La paradoja no es una licencia para silenciar al que piensa distinto; es una excepción para quien ha renunciado a la discusión y recurre a la violencia.

La nota acompaña a otras dos paradojas del mismo capítulo, que trata de Platón y de la pregunta de quién debe gobernar. La paradoja de la libertad, que Popper atribuye al propio Platón, dice que la libertad sin límites se destruye a sí misma, porque el fuerte queda libre de someter al débil; de ahí que el Estado tenga que limitar la libertad para protegerla. La paradoja de la democracia observa que una mayoría puede decidir que gobierne un tirano. Las tres tienen la misma estructura: un principio que, aplicado sin excepciones, produce su contrario. Y la respuesta de Popper es la misma en los tres casos. Lo que define a una sociedad abierta no es un principio absoluto, sino la posibilidad de cambiar de gobernantes sin derramar sangre, y para conservar esa posibilidad hay que estar dispuesto a defender las instituciones que la hacen posible.
La idea tenía un precedente práctico. La República de Weimar había permitido que un partido que anunciaba abiertamente su intención de abolir la democracia la usara para llegar al poder, y en 1933 la abolió. La Ley Fundamental alemana de 1949 extrajo la lección con el concepto de democracia militante: los partidos que pretenden destruir el orden constitucional pueden ser ilegalizados, y lo han sido dos veces, el partido neonazi en 1952 y el comunista en 1956. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos adoptó el mismo razonamiento en 2003, en el caso del partido turco Refah, al establecer que un Estado puede disolver un partido que, si gana, acabaría con los derechos que le permiten competir. En España, la Ley de Partidos de 2002 permitió ilegalizar a Batasuna con un argumento parecido, aunque centrado en la violencia y no en la ideología. Todas estas decisiones son aplicaciones de la paradoja en su versión estricta: lo que se persigue no son ideas, sino organizaciones que rechazan las reglas.
John Rawls dio en 1971 la versión más cuidadosa del problema. En Teoría de la justicia se pregunta si una sociedad justa debe tolerar a los intolerantes y responde que sí, en general, porque la libertad de los intolerantes solo puede restringirse cuando los tolerantes «creen sinceramente y con razón» que su propia seguridad y la de las instituciones de libertad están en peligro. Mientras el peligro no sea real, suprimir a los intolerantes es un error, y además innecesario: una sociedad justa tiende a ganarse la lealtad hasta de quienes la rechazan. Rawls, como Popper, pone el listón en la amenaza, no en la opinión.
Lo que se discute hoy es dónde está ese listón, y ahí la paradoja ya no ayuda, porque Popper la escribió para casos extremos y la mayoría de los casos no lo son. Quien la cita para justificar que se expulse a alguien de una plataforma, se cancele una conferencia o se castigue una opinión ofensiva está usando la conclusión sin la condición, y tiene enfrente a quien, usando la misma nota, señala que los argumentos racionales siguen disponibles. La pregunta que Popper deja abierta es quién decide que la discusión ha terminado, y su propia obra es una advertencia contra responderla con prisa: toda su filosofía política consiste en desconfiar de quien se cree en posesión de la verdad lo bastante como para silenciar a los demás.
Tolerancia – Falsacionismo y revoluciones científicas – Ventana de Overton – Censura
Fuentes
- Karl R. PopperThe Open Society and Its Enemies, vol. 1: The Spell of PlatoRoutledge, Londres (nota 4 al capítulo 7)1945enlace
- John RawlsA Theory of JusticeHarvard University Press, Cambridge (sección 35)1971enlace
- Tribunal Europeo de Derechos HumanosRefah Partisi (Partido de la Prosperidad) y otros contra TurquíaSentencia de la Gran Sala, demandas 41340/98 y otras2003enlace
- Michael WalzerOn TolerationYale University Press, New Haven1997enlace