El 28 de noviembre de 1876, Heinrich Schliemann (ya famoso por haber identificado, cinco años antes, el emplazamiento de Troya) telegrafió al rey Jorge I de Grecia que había encontrado las tumbas de Agamenón y sus compañeros. Excavaba entonces dentro de la acrópolis de Micenas, en el llamado círculo de tumbas A, donde su equipo abrió cinco pozos funerarios de la Edad del Bronce (hacia 1600-1500 a. C.) repletos de oro: diademas, copas, espadas enjoyadas y, sobre los rostros de tres de los cadáveres, máscaras funerarias batidas en láminas de oro. La más elaborada, hallada sobre uno de los cuerpos de la tumba V, es la que hoy se conoce popularmente como «máscara de Agamenón», aunque el propio Schliemann nunca afirmó con esa certeza categórica que perteneciera al rey homérico; fue la prensa y la posteridad quienes fijaron el nombre.

El problema cronológico se resolvió pronto y sin ambigüedad: la propia estratigrafía del círculo de tumbas A, confirmada por excavaciones posteriores de arqueólogos griegos como Panagiotis Stamatakis (que supervisó a Schliemann por encargo del Estado griego, con una desconfianza mutua bien documentada en la correspondencia de ambos) y más tarde por George Mylonas, fecha los enterramientos entre 1600 y 1500 a. C., mientras que la guerra de Troya, si tuvo un correlato histórico real, se sitúa hacia 1200 a. C. La máscara es, por tanto, entre tres y cuatro siglos más antigua que cualquier posible Agamenón homérico: perteneció a un gobernante micénico real pero anónimo, de un linaje que la Ilíada ni siquiera menciona.

La controversia que sí sigue abierta es otra: si la máscara llegó a nuestros días exactamente como salió de la tumba o si Schliemann, o alguien de su equipo, la modificó antes de presentarla. El clasicista David Traill, que dedicó buena parte de su carrera a contrastar los diarios de campo de Schliemann con sus publicaciones (encontrando discrepancias documentadas en episodios como el del «tesoro de Príamo» en Troya, relatado en este mismo estante), señaló en 1984 que los rasgos faciales de la máscara, especialmente el bigote curvado hacia arriba al estilo centroeuropeo del siglo XIX y la simetría casi perfecta del rostro, no se corresponden bien con el estilo tosco y asimétrico de las otras cuatro máscaras del mismo círculo de tumbas, que sí parecen genuinamente arcaicas. William Calder, que llegó a acusar a Schliemann de fabricar partes de su propia biografía (incluida la célebre anécdota de haber recitado a Homero de memoria ante un posadero holandés), sumó su peso académico a la sospecha sin que ninguno de los dos aportara una prueba material concluyente: ni un análisis metalúrgico ni una comparación isotópica del oro que zanje la cuestión, porque el objeto nunca se ha sometido a ese escrutinio con los medios de la arqueometría moderna.
Frente a esa lectura, la mayoría de los especialistas en el mundo micénico (Mylonas entre los primeros) ha defendido la autenticidad íntegra de la pieza: el propio Stamatakis, que vigilaba a Schliemann con desconfianza explícita y anotó cada hallazgo por su cuenta precisamente para evitar manipulaciones, documentó la máscara en el momento del hallazgo con una descripción que coincide con la que conocemos hoy. El retrato más individualizado de la máscara (frente a las otras, más esquemáticas) podría explicarse simplemente porque perteneció al gobernante de mayor rango del grupo, sin que haga falta invocar ningún retoque posterior. El debate, en cualquier caso, no ha podido cerrarse por la vía que lo zanjaría de forma definitiva: Grecia conserva el objeto como patrimonio inviolable y no ha autorizado un muestreo destructivo del oro.
Lo que no admite discusión es la magnitud del hallazgo: las cinco tumbas del círculo A, con sus máscaras, sus espadas con incrustaciones de oro y sus copas repujadas, cambiaron de golpe la imagen que se tenía de la Grecia anterior a los grandes templos clásicos, demostrando que una civilización de una riqueza y una sofisticación artística notables había prosperado en el Peloponeso mil años antes del Partenón. Fuera o no retocada, la máscara sigue siendo la imagen más reproducida de la Edad del Bronce griega, y su ambigüedad (¿rostro real de un rey anónimo o fantasía victoriana superpuesta a un objeto genuino?) resume bien el problema de fondo que plantea toda la obra de Schliemann: la dificultad de separar sus descubrimientos reales, que fueron inmensos, de la escenografía con la que insistió en presentarlos.
Fuentes
- Heinrich SchliemannMycenae: A Narrative of Researches and Discoveries at Mycenae and TirynsJohn Murray1878
- William M. Calder III y David A. Traill (eds.)Myth, Scandal, and History: The Heinrich Schliemann ControversyWayne State University Press1986
- David A. TraillSchliemann's Mendacity: A Question of MethodologyAnatolian Studies1984
- William M. Calder IIISchliemann on Schliemann: A Study in the Use of SourcesGreek, Roman, and Byzantine Studies1972
- George E. MylonasMycenae Rich in GoldEkdotike Athenon1983