La lobotomía es una operación que consiste en cortar las conexiones entre los lóbulos frontales del cerebro y el resto del encéfalo con el fin de tratar una enfermedad mental. Se practicó en decenas de miles de pacientes entre mediados de los años treinta y los cincuenta, valió a su inventor el premio Nobel y es hoy el ejemplo más citado de un tratamiento que se extendió mucho más deprisa que las pruebas de que funcionaba.
Para entender su éxito hay que recordar la situación de los manicomios de la época. Estaban llenos de enfermos de esquizofrenia, depresión grave o trastornos obsesivos para los que no había ningún tratamiento eficaz, muchos de ellos agitados o violentos, internados de por vida en condiciones a menudo terribles. Los psiquiatras probaban remedios drásticos, como el coma inducido con insulina o las convulsiones provocadas con cardiazol o con electricidad, y cualquier procedimiento que calmara a un paciente parecía un avance.

La operación la ideó el neurólogo portugués António Egas Moniz. En 1935, en un congreso de neurología en Londres, oyó a dos investigadores estadounidenses, John Fulton y Carlyle Jacobsen, describir cómo una chimpancé que se ponía furiosa cuando fallaba en una prueba se había vuelto tranquila después de que le extirparan los lóbulos frontales. Pocos meses después, en noviembre de ese año, Moniz y el neurocirujano Pedro Almeida Lima operaron en Lisboa a su primera paciente: le perforaron el cráneo e inyectaron alcohol en la sustancia blanca frontal para destruir las fibras. Después pasaron a usar un instrumento, el leucotomo, que cortaba las fibras con un pequeño lazo de alambre. Moniz llamó a la operación leucotomía prefrontal y en 1936 publicó los resultados de sus primeros veinte pacientes, con conclusiones optimistas basadas en un seguimiento de pocas semanas.
La técnica cruzó el Atlántico ese mismo año. El neurólogo Walter Freeman y el neurocirujano James Watts la adaptaron en Washington y la rebautizaron como lobotomía. En 1941 una revista de gran difusión, The Saturday Evening Post, publicó un reportaje entusiasta con fotografías de la operación, y la lobotomía empezó a presentarse ante el público como un tratamiento moderno.

En 1946 Freeman dio un paso más. Para poder operar en hospitales psiquiátricos que no tenían quirófanos ni cirujanos, desarrolló la lobotomía transorbitaria: dejaba inconsciente al paciente con una descarga eléctrica, introducía por encima del ojo un instrumento puntiagudo parecido a un picahielos, atravesaba con un golpe de martillo la fina capa de hueso del fondo de la órbita y lo movía de un lado a otro para cortar las fibras. Toda la operación duraba unos minutos. Watts rompió con él por considerarlo una barbaridad. Freeman recorrió Estados Unidos en coche haciendo demostraciones y a lo largo de su carrera practicó unas tres mil quinientas lobotomías, algunas en niños. En total se calcula que en Estados Unidos se hicieron unas cuarenta mil, y decenas de miles más en Europa.
En 1949 Moniz recibió el premio Nobel de Fisiología o Medicina por el valor terapéutico de la leucotomía en ciertas psicosis. Ese mismo año se practicaron en Estados Unidos más lobotomías que nunca. Pero los resultados eran muy distintos de lo que prometía la propaganda. Muchos pacientes se volvían, en efecto, más tranquilos, y algunos pudieron salir del hospital. Muchos otros quedaban apáticos, sin iniciativa, con la afectividad aplanada y con dificultades para planificar o controlar su conducta, justo las capacidades que hoy se agrupan bajo el nombre de funciones ejecutivas y que dependen de los lóbulos frontales, como ya había sugerido un siglo antes el caso de Phineas Gage. Una parte sufría epilepsia, y otra moría por la operación. Uno de los casos más conocidos es el de Rosemary Kennedy, hermana del futuro presidente, lobotomizada en 1941 a los veintitrés años, que pasó el resto de su vida con una discapacidad grave.
El declive fue rápido. La Unión Soviética prohibió la operación en 1950 por contraria a los principios de la medicina. Y en 1952 dos psiquiatras franceses, Jean Delay y Pierre Deniker, describieron los efectos de la clorpromazina, el primer antipsicótico, que calmaba a los pacientes agitados sin necesidad de cirugía. A mediados de los cincuenta los fármacos habían sustituido a la lobotomía en casi todas partes. Freeman siguió operando hasta 1967, cuando una paciente murió tras su tercera intervención y el hospital le retiró el permiso.
La lobotomía se estudia hoy como advertencia más que como historia de la cirugía. La neurocirugía psiquiátrica no desapareció, pero se practica en casos muy contados, con lesiones mínimas guiadas por imagen o con estimulación eléctrica, y bajo comités de ética. Lo que cambió fue la exigencia de pruebas: seguimientos largos, grupos de comparación y la pregunta que casi nadie se hizo en los años cuarenta, la de qué perdía el paciente a cambio de su tranquilidad.
Fuentes
- Egas MonizTentatives opératoires dans le traitement de certaines psychosesMasson, París1936
- Walter Freeman y James W. WattsPsychosurgery: Intelligence, Emotion and Social Behavior Following Prefrontal Lobotomy for Mental DisordersCharles C. Thomas, Springfield1942
- Elliot S. ValensteinGreat and Desperate Cures: The Rise and Decline of Psychosurgery and Other Radical Treatments for Mental IllnessBasic Books, Nueva York1986
- Jack D. PressmanLast Resort: Psychosurgery and the Limits of MedicineCambridge University Press, Cambridge1998
- Jack El-HaiThe LobotomistJohn Wiley & Sons, Hoboken2005