La destrucción creativa

Schumpeter sostuvo que el capitalismo progresa destruyendo lo que él mismo construyó. La idea, sus antecedentes y la factura que deja.

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La destrucción creativa es la tesis de que el capitalismo no progresa acumulando sino sustituyendo: cada innovación que se impone liquida empresas, oficios y capital que hasta ese momento funcionaban perfectamente. El telar mecánico no mejoró el trabajo del tejedor manual, lo eliminó. El automóvil no hizo más eficientes las caballerizas de posta, las cerró. Para Joseph Schumpeter, que acuñó la expresión en su forma célebre, este proceso no es un efecto secundario desagradable del sistema sino su mecanismo central, y una economía que dejara de destruir dejaría también de crecer.

La formulación canónica está en el capítulo séptimo de Capitalismo, socialismo y democracia, publicado en 1942, donde escribe que el proceso de mutación industrial revoluciona incesantemente la estructura económica desde dentro, destruyendo sin cesar la antigua y creando sin cesar una nueva, y que ese proceso de destrucción creadora constituye el dato esencial del capitalismo. El párrafo venía a corregir lo que Schumpeter consideraba el error de la teoría económica de su tiempo, obsesionada con la competencia de precios entre empresas que venden lo mismo. La competencia que de verdad importa, sostenía, no es la que recorta un margen, sino la de la mercancía nueva, la técnica nueva, la fuente de suministro nueva, el tipo nuevo de organización: la que no golpea el margen de las empresas existentes, sino sus cimientos y su propia vida.

Retrato fotográfico de Joseph Schumpeter con traje y corbata
Fig. 1 Joseph Schumpeter, ministro de Hacienda austríaco en 1919, banquero quebrado en 1924 y profesor en Harvard desde 1932. Decía haber querido ser el mejor economista, el mejor jinete y el mejor amante de Viena, y que con los caballos no le había ido bien.Unknown · 1920 · Dominio público · Wikimedia Commons

La idea era más antigua que el libro. Su propia Teoría del desenvolvimiento económico, de 1911, ya situaba al empresario, figura distinta del inversor y del gerente, en el centro del cambio: el empresario es quien lleva a cabo nuevas combinaciones, y Schumpeter enumeraba cinco, un bien nuevo, un método nuevo, un mercado nuevo, una fuente nueva de materias primas y una organización nueva del sector. La expresión alemana schöpferische Zerstörung la había usado Werner Sombart en 1913, y antes de él la imagen circulaba en Nietzsche y, por otra vía, en la descripción que Marx hace en el Manifiesto de una burguesía que no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción. Schumpeter admiraba a Marx y discrepaba de él en el punto decisivo: lo que para Marx conducía al derrumbe era, para Schumpeter, el motor del rendimiento.

Lo que casi nunca se cita de él es el pronóstico. Schumpeter creía que el capitalismo acabaría, pero no por sus fracasos sino por sus éxitos. La innovación se rutinizaría dentro de grandes departamentos de investigación, el empresario heroico sería sustituido por comités, la clase propietaria perdería el apego a su función y, sobre todo, el sistema generaría una capa de intelectuales educados, críticos y descontentos que erosionarían su legitimidad desde dentro. El libro de 1942 responde a su propia pregunta, ¿puede sobrevivir el capitalismo?, con un no rotundo que casi todos sus lectores posteriores prefieren olvidar.

La economía académica recogió la idea medio siglo después. Philippe Aghion y Peter Howitt publicaron en 1992 un modelo de crecimiento endógeno en el que cada innovación hace obsoleta a la anterior, de modo que el progreso técnico y la destrucción de rentas son el mismo acto. El modelo tiene una consecuencia incómoda: la cantidad de innovación que produce el mercado no es necesariamente la óptima, porque el innovador no tiene en cuenta el valor que destruye y el titular invierte en impedir que lo desplacen. La evidencia empírica sobre reasignación de empleo apunta en la misma dirección: buena parte del crecimiento de la productividad agregada no viene de que las empresas mejoren, sino de que las malas cierran y los recursos pasan a las buenas.

Queda la factura. La destrucción es inmediata, concreta y local; la creación es difusa, tarda y suele ocurrir en otro sitio. El trabajo de David Autor, David Dorn y Gordon Hanson sobre el impacto de las importaciones chinas en Estados Unidos midió esa asimetría con detalle: en las comarcas más expuestas, el empleo industrial no se recolocó como predecía el manual, sino que dejó tras de sí una caída persistente de la participación laboral y de los salarios más de una década después. Reconocer eso no invalida la tesis de Schumpeter; la completa. Una economía que impide la destrucción se estanca, pero una que la deja caer entera sobre quien la sufre produce una política que tarde o temprano frena la destrucción por otros medios. Conviene además no confundir esta idea con la innovación disruptiva de Clayton Christensen, que es mucho más estrecha: describe cómo un producto peor y más barato acaba comiéndose un mercado desde abajo, un caso particular dentro de un proceso bastante más amplio.

Libre mercado – Burbuja tecnológica – La ley de Moore – Paradoja de Jevons

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Fuentes

  1. Joseph A. SchumpeterCapitalism, Socialism and DemocracyHarper & Brothers, Nueva York1942enlace
  2. Joseph A. SchumpeterThe Theory of Economic DevelopmentHarvard University Press, Cambridge (original alemán de 1911)1934enlace
  3. Philippe Aghion y Peter HowittA Model of Growth Through Creative DestructionEconometrica 60 (2), 323-3511992enlace
  4. David H. Autor, David Dorn y Gordon H. HansonThe China Shock: Learning from Labor-Market Adjustment to Large Changes in TradeAnnual Review of Economics 8, 205-2402016enlace
Sarasola, Josemari (2026). "La destrucción creativa". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/p/la-destruccion-creativa/

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