En 1960 el mar de Aral, en la frontera entre Kazajistán y Uzbekistán, era el cuarto lago del mundo por superficie, con unos sesenta y ocho mil kilómetros cuadrados. Tenía islas, puertos, una flota pesquera y una industria conservera que abastecía a buena parte de la Unión Soviética. Medio siglo después, la mayor parte de su lecho era un desierto de sal. Es uno de los mayores desastres ambientales causados por el ser humano, y uno de los pocos que pueden verse desde el espacio.
El Aral es un lago endorreico: no tiene salida al mar. Recibe el agua de dos grandes ríos que bajan de las montañas de Asia central, el Amu Daria y el Sir Daria, y la pierde por evaporación bajo el sol del desierto. Mientras lo que entra compensa lo que se evapora, el nivel se mantiene. Durante milenios ese equilibrio se sostuvo con oscilaciones naturales.
Lo rompió la planificación soviética. Desde los años cincuenta, Moscú decidió convertir las repúblicas de Asia central en la gran región algodonera del país. El algodón necesita mucha agua, y se la dieron los dos ríos. Se construyeron miles de kilómetros de canales, entre ellos el canal de Karakum, que desvía agua del Amu Daria cientos de kilómetros hacia Turkmenistán, en su mayoría excavados en tierra sin revestir, de modo que una parte enorme del agua se filtraba o se evaporaba antes de llegar a los campos. La superficie regada creció, la producción de algodón también, y el caudal que llegaba al Aral cayó hasta casi desaparecer en los años ochenta. Los planificadores sabían lo que iba a ocurrir. Algunos lo consideraban un precio aceptable, porque el agua valía más en el algodón que evaporándose en un lago.

El lago empezó a encogerse en los sesenta y ya no se detuvo. A finales de los ochenta se partió en dos: el Aral pequeño, al norte, alimentado por el Sir Daria, y el Aral grande, al sur, que a su vez se dividió en una cuenca occidental profunda y otra oriental muy somera. La sal no se evapora con el agua, así que se fue concentrando. En el Aral grande la salinidad pasó de unos diez gramos por litro, poco más que un agua salobre, a más de cien, mucho más que el océano. Casi todas las especies de peces desaparecieron.
Las ciudades que vivían del lago se quedaron sin él. Moynaq, en Uzbekistán, había sido un puerto con una gran conservera; hoy la orilla está a decenas de kilómetros, y los barcos pesqueros que quedaron varados en la arena se han convertido en su imagen más conocida. Aralsk, en Kazajistán, sufrió lo mismo.

El daño no se limitó a la pesca. El fondo seco, un desierto nuevo que los geógrafos llaman Aralkum, está cubierto de sales y de restos de los pesticidas y fertilizantes que los ríos arrastraron durante décadas. El viento levanta ese polvo y lo reparte por cientos de kilómetros, sobre los cultivos y sobre las ciudades. En la región de Karakalpakstán, al sur del lago, se han documentado tasas elevadas de enfermedades respiratorias, anemia y algunos tipos de cáncer. Sin la masa de agua que suavizaba las temperaturas, los veranos se han vuelto más calurosos y los inviernos más fríos. Hasta la geografía militar cambió: la isla de Vozrozhdeniya, donde la Unión Soviética tenía un laboratorio de armas biológicas, quedó unida a tierra firme a comienzos de este siglo.
La recuperación completa del Aral se considera imposible con el regadío actual, del que dependen millones de personas en cinco países. Pero el Aral pequeño muestra que se puede salvar una parte. En 2005 Kazajistán terminó, con financiación del Banco Mundial, la presa de Kokaral, un dique de unos trece kilómetros que separa el Aral pequeño del resto e impide que el agua del Sir Daria se pierda hacia el sur. En pocos años el nivel subió varios metros, la salinidad bajó y los peces volvieron, y con ellos una pesca modesta. El precio fue renunciar al Aral grande, cuya cuenca oriental se secó del todo en 2014.
El caso se estudia en todo el mundo porque reúne en un solo lugar los efectos de decidir sobre un río sin contar con lo que hay al final de él. Otros lagos endorreicos, como el lago Urmía en Irán o el Gran Lago Salado en Estados Unidos, sufren versiones menores del mismo proceso, y las imágenes de teledetección que documentaron el Aral son hoy la herramienta principal para seguirlos.
Fuentes
- Philip MicklinThe Aral Sea disasterAnnual Review of Earth and Planetary Sciences 352007enlace
- Philip Micklin, N. V. Aladin e Igor Plotnikov (eds.)The Aral Sea: The Devastation and Partial Rehabilitation of a Great LakeSpringer, Berlín y Heidelberg2014
- NASA Earth ObservatoryWorld of Change: Shrinking Aral SeaNASA2014enlace