La biblioteca de Alejandría fue la mayor biblioteca de la Antigüedad y la primera que se propuso reunir todos los libros escritos en griego, y traducidos al griego los de otras lenguas. La fundaron los reyes Ptolomeos en Alejandría, la capital de Egipto tras la conquista de Alejandro Magno, a principios del siglo III antes de nuestra era, y funcionó durante varios siglos como centro de investigación en literatura, matemáticas, astronomía y medicina. En ella se hizo el primer catálogo bibliográfico conocido de Occidente. Su desaparición, que no fue un único incendio sino un declive largo, la convirtió en símbolo del saber perdido.
Alejandro fundó la ciudad en el 331 antes de nuestra era, y a su muerte uno de sus generales, Ptolomeo, se quedó con Egipto e inició una dinastía de reyes macedonios que duró tres siglos. Ptolomeo I y su hijo Ptolomeo II Filadelfo quisieron hacer de Alejandría la capital cultural del mundo griego, por encima de Atenas. Para ello crearon el Museo, una institución dedicada a las musas en la que sabios de todas partes vivían y trabajaban a costa del rey, con comedor, paseos cubiertos y sala de reuniones. La biblioteca formaba parte de ese complejo, en el barrio real del Bruquión. Según la tradición, el consejero que la planeó fue Demetrio de Falero, un político ateniense exiliado formado en la escuela de Aristóteles.

Los Ptolomeos compraban libros donde podían. Las fuentes antiguas cuentan anécdotas que muestran su afán, aunque no todas sean seguras. Según el médico Galeno, los barcos que llegaban al puerto eran registrados y los libros que llevaban se copiaban; el original se quedaba en la biblioteca y al dueño se le devolvía la copia. También cuenta que Ptolomeo III pidió prestados a Atenas los ejemplares oficiales de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, dejó una fianza enorme y prefirió perderla antes que devolverlos. La llamada Carta de Aristeas atribuye a Ptolomeo II el encargo de traducir al griego la Biblia hebrea, la versión conocida como Septuaginta.

Nadie sabe cuántos libros llegó a tener. Las cifras antiguas van de 40.000 a 700.000 rollos, y se contradicen entre sí. Hay que tener en cuenta que un libro antiguo ocupaba a menudo varios rollos de papiro: la Ilíada sola llenaba veinticuatro. Lo que sí se sabe es que había más de una colección. Además de la biblioteca del Museo existía una biblioteca filial en el Serapeo, el templo del dios Serapis, en otro barrio de la ciudad, que según las fuentes guardaba duplicados y estaba abierta a un público más amplio.
Los directores de la biblioteca fueron algunos de los grandes sabios de su época. Zenódoto de Éfeso preparó la primera edición crítica de Homero, comparando manuscritos para fijar el texto. Eratóstenes de Cirene calculó la circunferencia de la Tierra con un error sorprendentemente pequeño y ideó la criba que lleva su nombre para encontrar los números primos. Aristófanes de Bizancio introdujo los acentos en la escritura griega, y Aristarco de Samotracia llevó la filología homérica a su punto más alto. En la biblioteca trabajaron o consultaron también Euclides y, según la tradición, Arquímedes.
La aportación más importante para la historia de la documentación fue la de un poeta, Calímaco de Cirene, que no llegó a dirigir la biblioteca pero elaboró sus Pínakes, las «tablas». Era un catálogo en ciento veinte libros de todos los autores griegos, repartidos por géneros: poesía épica, tragedia, comedia, historia, medicina, retórica, derecho, filosofía y otros. Dentro de cada género, los autores iban por orden alfabético, y de cada uno se daba una breve biografía, la lista de sus obras, las primeras palabras de cada una y su extensión en líneas. Solo se conservan fragmentos, pero bastan para ver que era a la vez un catálogo de biblioteca y una bibliografía de toda la literatura griega. El orden alfabético, que hoy parece obvio, era entonces una novedad.

El final de la biblioteca es una de las historias más contadas y peor entendidas de la Antigüedad. No hubo un único desastre, sino varios golpes a lo largo de siete siglos. En el 145 antes de nuestra era, el rey Ptolomeo VIII expulsó de la ciudad a los sabios del Museo en una purga política, y la institución perdió su prestigio. En el 48 antes de nuestra era, durante la guerra civil romana, Julio César quemó los barcos del puerto para defenderse y el fuego alcanzó almacenes cercanos; Séneca habla de cuarenta mil libros quemados, aunque no está claro si eran de la biblioteca o depósitos destinados a la exportación. El Museo siguió existiendo bajo el Imperio romano, pero en el 272 el emperador Aureliano arrasó el Bruquión en su guerra contra la reina Zenobia de Palmira.
La biblioteca filial del Serapeo desapareció en el 391, cuando el patriarca Teófilo y una multitud de cristianos destruyeron el templo tras la prohibición de los cultos paganos por el emperador Teodosio. Las fuentes de la época hablan de la destrucción del templo y de sus estatuas, pero ninguna menciona libros, y es posible que para entonces quedaran pocos. La historia de que el general árabe Amr ibn al-As quemó la biblioteca en el 642 por orden del califa Omar aparece por primera vez seis siglos después de los hechos, en autores del siglo XIII, y los historiadores la consideran una leyenda.
Lo que acabó con la biblioteca, más que el fuego, fue la falta de dinero, de interés y de copias. Un rollo de papiro en un clima mediterráneo duraba unas décadas, y una colección que no se recopia desaparece aunque nadie la queme. Buena parte de la literatura griega se salvó porque otras bibliotecas, como la de Pérgamo o las de Constantinopla, siguieron copiándola. En 2002 Egipto inauguró junto al antiguo puerto, con apoyo de la UNESCO, la Bibliotheca Alexandrina, un gran edificio circular que recoge el nombre y la ambición de la antigua.
Biblioteca – Catálogo de biblioteca – Patrimonio documental – Expurgo – La criba de Eratóstenes – La imprenta y la revolución de la lectura
Fuentes
- Luciano CanforaLa biblioteca scomparsaSellerio, Palermo1986
- Mostafa El-AbbadiThe Life and Fate of the Ancient Library of AlexandriaUNESCO/PNUD, París1990
- Rudolf BlumKallimachos: The Alexandrian Library and the Origins of BibliographyUniversity of Wisconsin Press, Madison1991
- Roy MacLeod (ed.)The Library of Alexandria: Centre of Learning in the Ancient WorldI. B. Tauris, Londres2000
- Roger S. BagnallAlexandria: Library of DreamsProceedings of the American Philosophical Society 146 (4)2002
- Lionel CassonLibraries in the Ancient WorldYale University Press, New Haven2001