Hecho social es el nombre que Émile Durkheim dio al objeto propio de la sociología: «toda manera de hacer, fijada o no, capaz de ejercer sobre el individuo una coacción exterior». La fórmula está en Las reglas del método sociológico (1895) y es menos una definición que una declaración de independencia. Cuando se publicó, la sociología no tenía cátedra en Francia ni la tenía en casi ningún sitio, y para conseguirla hacía falta demostrar algo previo: que existe en el mundo una clase de cosas que no estudian ya la psicología, la biología, la economía o la historia. Durkheim sostuvo que esa clase eran las maneras colectivas de obrar, pensar y sentir, y que tenían dos propiedades que las hacían investigables con método: son exteriores a cada conciencia individual y se imponen a ella.

La lista de ejemplos que da Durkheim vale más que cualquier paráfrasis. La lengua materna: nadie la ha elegido, nadie puede cambiarla a voluntad y quien la incumple no es libre sino ininteligible. El sistema monetario: pagar en euros no es una decisión personal renovada cada mañana. El derecho, los horarios, las formas de saludar, la manera de vestir un luto, el trazado de las ciudades. Todos ellos existían antes de que naciera cualquiera de quienes hoy los cumplen y seguirán existiendo después, y ninguno se agota en la cabeza de nadie. De ahí la primera propiedad, la exterioridad, que no significa que los hechos sociales floten fuera de los individuos —solo se realizan en ellos— sino que ninguno de ellos los ha producido y ninguno puede deshacerlos por su cuenta.

La segunda propiedad, la coacción, tiene una comprobación elegante: normalmente no se nota. Mientras se cumple una norma no se siente su peso, igual que no se siente la presión del aire. Se nota al resistirla, y entonces aparece toda la escala de sanciones, desde la multa y la cárcel hasta la mueca del interlocutor cuando alguien tutea a quien no debía. Durkheim insiste en que la coacción no es un rasgo psicológico sino la señal externa por la que se reconoce un hecho social desde fuera, sin tener que preguntar a nadie qué siente. Y como los hechos sociales son generales en toda la extensión de un grupo pero independientes de sus manifestaciones individuales, se les puede medir en agregado: tasas, corrientes de opinión, densidad de población, densidad moral. El suicidio de una persona es una biografía; la tasa de suicidio de un país es un hecho social.
De ahí sale la regla más citada y peor entendida del libro: hay que tratar los hechos sociales como cosas. Durkheim no afirma que lo sean, sino que hay que tratarlos como si lo fueran, es decir, abordarlos desde fuera y como incógnitas, igual que el físico aborda un mineral. La regla es un antídoto contra lo que él llama prenociones: las ideas de sentido común que ya traemos sobre la familia, el delito o la religión y que, si no se dejan en la puerta, hacen que la investigación acabe confirmando su propio punto de partida. A esa regla se suman otras dos, más fuertes: la causa determinante de un hecho social hay que buscarla en otro hecho social antecedente y nunca en estados de la conciencia individual, y la función de un hecho social hay que buscarla en la relación que mantiene con algún fin colectivo, no con la utilidad que reporte a quien lo practica.
De esas reglas sale la página más escandalosa del libro, y la que mejor muestra para qué sirve el concepto. Durkheim sostiene que el delito es normal. No lo dice como provocación: lo dice porque su criterio de normalidad es estadístico y funcional, y no hay sociedad conocida, en ningún tiempo ni lugar, sin conductas que sancione. Una sociedad de santos, escribe, no tendría delitos en el sentido corriente, pero castigaría con la misma severidad faltas que a nosotros nos parecerían veniales; el delito no desaparece, se desplaza. Y añade el paso que todavía incomoda: además de normal, es útil, porque la reacción colectiva ante la transgresión es lo que reafirma periódicamente la norma ante todos los demás, y porque sin margen para la desviación no habría margen tampoco para el cambio moral. Sócrates fue un criminal según el derecho de Atenas. Lo patológico, para Durkheim, no es que haya delito, sino que su tasa se dispare o se hunda por debajo de lo que corresponde al tipo de sociedad de que se trate, porque ambas cosas señalan que la regulación ha dejado de funcionar.

Conviene ver la operación completa, porque explica por qué el concepto se impuso. Durkheim publicó el método en 1895, la demostración en 1897 y la revista en 1898; colocó discípulos en las cátedras, repartió entre ellos la religión, la economía, el derecho y la memoria, y convirtió una definición discutible en el programa de trabajo de una generación. La sociología francesa nació de ahí. Lo que se discutía en 1895 no era un matiz conceptual, sino a quién pertenecía el estudio de la vida en común, y el rival tenía nombre: Gabriel Tarde, para quien lo social no eran cosas sino corrientes de imitación entre individuos que se contagian unos a otros. La polémica entre ambos fue larga y áspera, la ganó Durkheim en las cátedras, y un siglo después Tarde ha vuelto por la puerta de las redes: buena parte de la sociología de la difusión y del contagio en línea trabaja hoy con su vocabulario.
Las objeciones de fondo son tres y ninguna se ha cerrado. La primera es la sospecha de hipóstasis: si lo social es exterior a los individuos, ¿dónde está? Durkheim contesta que en el conjunto, no en las partes, igual que las propiedades del agua no están en el hidrógeno ni en el oxígeno, pero la analogía no convence a quien sospecha que la «conciencia colectiva» es una entidad inventada. La segunda es la de Max Weber, y no es una enmienda menor sino otra disciplina: si toda acción social tiene un sentido para quien la realiza, una ciencia que se prohíbe entrar en ese sentido renuncia a la mitad del fenómeno. La tercera la formuló Steven Lukes al desmontar el concepto: bajo una sola etiqueta Durkheim mete cosas muy distintas —normas jurídicas, estadísticas, corrientes pasajeras de entusiasmo, hechos morfológicos como la densidad urbana—, y la exterioridad significa algo diferente en cada una.
Nada de eso lo ha jubilado, porque la intuición central sigue en pie y ha encontrado formulaciones nuevas. Cuando John Searle explica que un billete es dinero porque colectivamente lo aceptamos como tal, y que esa aceptación crea un hecho tan duro como una piedra para cualquiera que intente pagar sin él, está reescribiendo a Durkheim con otro vocabulario. El hecho social es la respuesta a una pregunta que no ha caducado: por qué la vida en común tiene regularidades que nadie ha decidido, que casi nadie puede alterar y que sin embargo se sostienen únicamente porque las sostenemos todos.
Acción social – El suicidio de Durkheim – Anomia – Funcionalismo – Construcción social – Estatus social
Fuentes
- Émile DurkheimLes règles de la méthode sociologiqueFélix Alcan1895
- Émile DurkheimDe la division du travail socialFélix Alcan1893
- Gabriel TardeLes lois de l'imitationFélix Alcan1890
- Steven LukesÉmile Durkheim: His Life and Work. A Historical and Critical StudyAllen Lane1973
- Philippe Besnard (ed.)The Sociological Domain: The Durkheimians and the Founding of French SociologyCambridge University Press1983
- John R. SearleThe Construction of Social RealityThe Free Press1995
- Raymond AronLes étapes de la pensée sociologiqueGallimard1967