El zoot suit fue un traje masculino de silueta desmesurada —chaqueta larga hasta el muslo, hombreras enormes, pantalón de pinza muy ancho que se estrechaba en el tobillo, cadena de reloj hasta la rodilla, sombrero de ala ancha— que entre 1940 y 1945 llevaron los jóvenes negros y mexicoamericanos de las ciudades industriales de Estados Unidos, y pachuco fue el nombre que recibió quien lo vestía en el suroeste. La combinación produjo el episodio que mejor demuestra que una prenda puede ser un hecho político: en junio de 1943, en Los Ángeles, militares de permiso pasaron una semana persiguiendo por la calle a chicos vestidos así para desnudarlos, y la policía detuvo a los desnudados.


La prenda nació en el jazz. Los sastres de Harlem y del South Side de Chicago venían exagerando el traje masculino desde finales de los años treinta —la orden documentada más citada es la de un joven de Georgia, en 1940, que pidió una chaqueta larguísima y un pantalón globo—, y la difusión la hicieron las orquestas: Cab Calloway lo llevaba en escena y su propio diccionario de argot lo definía para el público blanco. En 1942 el zoot suit adquirió, sin buscarlo, una carga que ninguna moda anterior había tenido. La Junta de Producción de Guerra dictó en marzo de aquel año la regulación L-85, que racionaba el tejido de la ropa masculina: prohibía pinzas, vueltas y chalecos, y limitaba el largo de la chaqueta y el ancho de la pierna. Cada zoot suit era, literalmente, tela sustraída al esfuerzo de guerra, y había que encargarlo a sastres que trabajaban al margen de la norma. La prenda no decía nada; el reglamento la hizo decir.

Los Ángeles llegó a junio de 1943 con dos años de preparación del terreno. En 1942, el Buró de Relaciones Exteriores de la oficina del sheriff del condado había entregado al gran jurado un informe, firmado por Ed Duran Ayres, que sostenía que los mexicanos tenían una predisposición biológica a la violencia derivada de su ascendencia indígena: no un artículo de opinión, sino un documento oficial en un expediente judicial. En agosto de aquel año, la muerte de un joven llamado José Díaz junto a una charca de riego dio lugar al caso Sleepy Lagoon, un juicio masivo en el que veintidós acusados fueron procesados juntos, con doce condenas por asesinato dictadas en enero de 1943; el juez había prohibido a los acusados cortarse el pelo o cambiarse de ropa durante el proceso, de modo que el jurado los vio durante meses con el aspecto que la prensa denunciaba. La sentencia fue anulada íntegramente en apelación en octubre de 1944 por falta de pruebas y conducta indebida del tribunal. La condena tardó cinco meses; la reparación, veintiuno.

Lo que ocurrió entre el 3 y el 8 de junio de 1943 no fue un motín en el sentido habitual. Grupos de marineros e infantes de marina acuartelados en la ciudad recorrieron durante seis noches el centro y los barrios del este parando tranvías, entrando en salas de cine y arrastrando a la calle a chicos con zoot suit para golpearlos y, sobre todo, para desnudarlos: el gesto invariable era rasgar el traje y quemarlo o dejarlo en la acera. Mauricio Mazón, en el estudio que fijó la interpretación del episodio, lo llamó aniquilación simbólica y señaló el dato que suele omitirse: en toda la semana no murió nadie. El objetivo no era el cuerpo, era la prenda; y la prenda representaba una insubordinación juvenil que en aquel momento y aquel lugar sonaba a deslealtad. El ayuntamiento respondió aprobando una resolución que declaraba infracción llevar zoot suit por la ciudad, con lo que la lógica quedó completa: primero un estilo se lee como delito, después se legisla como tal.

El giro decisivo llegó por la vía diplomática y no por la judicial, y explica bien cómo funcionan los pánicos cuando chocan con otros intereses del Estado. En plena semana de los ataques, el Consejo Coordinador para la Juventud Latinoamericana envió un telegrama al presidente Roosevelt: describía los ataques, negaba la provocación atribuida a las víctimas, denunciaba que la prensa local había magnificado incidentes aislados hasta convertirlos en un desprecio general a las fuerzas armadas y pedía la intervención de la Oficina de Información de Guerra para moderar a los periódicos. El argumento que movió Washington no fue el civil: era que el episodio dañaba la política de buena vecindad y alimentaba la propaganda del Eje en América Latina. La Oficina presionó a los diarios de Los Ángeles para que dejaran de usar «zoot suit» y «mexicano» en los titulares de sucesos, y el comité ciudadano nombrado por el gobernador Earl Warren concluyó que el prejuicio racial había sido un factor y reprochó a la prensa su papel. Fue la primera vez que un pánico juvenil recibió una desautorización oficial, y llegó porque estorbaba a la política exterior.

La lectura más influyente del pachuco en español es también la más discutida. Octavio Paz abrió El laberinto de la soledad (1950) con un capítulo dedicado a él y lo describió como alguien que afirma su diferencia mediante la provocación pura, sin reivindicar nada, un rebelde instintivo que se hace notar para ser castigado y que en el castigo obtiene la única identidad disponible. El retrato es literariamente memorable y empíricamente frágil: escrito desde fuera y sin trabajo de campo, atribuye a los pachucos un vacío ideológico que las fuentes contradicen. Carey McWilliams ya había documentado en 1949 la trama de asociaciones, comités de defensa y prensa comunitaria que se movilizó alrededor del caso Sleepy Lagoon, y la historiografía posterior —Eduardo Obregón Pagán, Luis Alvarez— ha mostrado que el estilo circulaba entre jóvenes negros, mexicanos y filipinos de las mismas manzanas como afirmación de dignidad en un mercado de trabajo que los admitía y una vida pública que no. La objeción tampoco debe pasarse de largo: Stuart Cosgrove, que en 1984 leyó el zoot suit como guerra de estilo, reconoció que aquella «guerra» no consiguió ni un derecho civil.

Faltan las pachucas, y su ausencia es informativa. Las jóvenes que adoptaron el estilo —falda corta, chaqueta de hombreras, cardado alto, maquillaje marcado— aparecen en los expedientes policiales de 1943 clasificadas por desviación moral y no por delito, y en la prensa como prueba de degradación familiar; Elizabeth Escobedo documentó que muchas trabajaban en la industria de guerra y que el estilo les servía para negociar una libertad de movimientos que la familia no concedía. El pachuco, mientras tanto, siguió el camino de todos los estilos rentables: cruzó la frontera y volvió convertido en personaje cómico del cine mexicano, con su caló como recurso de humor. Del traje que había que quemar en la acera al número de risa en el cine pasaron menos de cinco años.
Tribus urbanas – Pánico moral – Los apaches de París – El punk y la teoría del estilo – Las bandas juveniles – Racismo científico y craniometría – Subculturas
Fuentes
- Mauricio MazónThe Zoot-Suit Riots: The Psychology of Symbolic AnnihilationUniversity of Texas Press, Austin1984
- Eduardo Obregón PagánMurder at the Sleepy Lagoon: Zoot Suits, Race, and Riot in Wartime L.A.University of North Carolina Press2003
- Luis AlvarezThe Power of the Zoot: Youth Culture and Resistance during World War IIUniversity of California Press2008
- Elizabeth R. EscobedoFrom Coveralls to Zoot Suits: The Lives of Mexican American Women on the World War II Home FrontUniversity of North Carolina Press2013
- Octavio PazEl laberinto de la soledadCuadernos Americanos, México1950
- Stuart CosgroveThe Zoot-Suit and Style WarfareHistory Workshop Journal 181984
- Carey McWilliamsNorth from Mexico: The Spanish-Speaking People of the United StatesJ.B. Lippincott, Filadelfia1949