En 1614 apareció en Tarragona un libro con un título que debió de sorprender a cualquier lector: Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Lo firmaba un tal licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas. Cervantes había publicado la primera parte en 1605 y anunciado que habría más, pero la segunda no estaba terminada. Otro se le había adelantado.
Continuar la obra de otro autor no era raro en la época. Con la Celestina, con el Lazarillo o con la Diana de Montemayor había pasado lo mismo, y no existía nada parecido a los derechos de autor sobre los personajes. Lo que hizo excepcional el caso de Avellaneda fue el prólogo. En él atacaba a Cervantes en lo personal: lo llamaba viejo y manco, decía que tenía más lengua que manos, lo acusaba de envidioso y de haber ofendido en su primera parte a otros escritores, y en particular a uno al que no nombraba pero que todos reconocían como Lope de Vega.
Quién se escondía detrás del seudónimo es uno de los grandes misterios de la literatura española. En Tordesillas no se ha documentado a nadie con ese nombre, y el libro no llevaba la licencia de impresión habitual en Castilla. El texto contiene rasgos lingüísticos que muchos estudiosos consideran aragoneses, lo que apunta a un autor del este de la península. Se han propuesto decenas de candidatos: amigos de Lope, como el propio Lope o Tirso de Molina; escritores aragoneses como Bartolomé Leonardo de Argensola; y, con especial fuerza, Jerónimo de Pasamonte, un soldado aragonés que había combatido con Cervantes y escribió una autobiografía. Martín de Riquer defendió en 1988 que Cervantes lo había caricaturizado en el galeote Ginés de Pasamonte de la primera parte, y que el Quijote apócrifo era su venganza. Ninguna atribución se ha demostrado.
La novela en sí es una obra hábil pero tosca comparada con la de Cervantes. Don Quijote sale de nuevo camino de Zaragoza para participar en unas justas, olvida a Dulcinea, se hace llamar el Caballero Desamorado y acumula episodios en los que es humillado sin la ambigüedad ni la ternura del original. Sancho es un glotón y un simple que hace reír por su grosería. Al final, don Quijote acaba encerrado en la casa de locos de Toledo, y el narrador deja abierta la posibilidad de nuevas aventuras.

La respuesta de Cervantes es una de las jugadas más brillantes de la historia de la novela. No sabemos con exactitud cuándo leyó el libro de Avellaneda, pero en el capítulo 59 de su segunda parte los personajes se lo encuentran. En una venta, don Quijote oye a dos caballeros comentar la segunda parte de sus aventuras, recién publicada, y cuando le dicen que en ella el protagonista va a las justas de Zaragoza, decide no poner los pies en esa ciudad para dejar en evidencia la mentira del autor moderno. Cambia de rumbo y se dirige a Barcelona. Un personaje real se ha enterado de que existe un doble falso y actúa para desmentirlo.
El juego llega más lejos en el capítulo 72. Don Quijote se encuentra con don Álvaro Tarfe, un personaje de la novela de Avellaneda, que lo reconoce como el hombre del que le han hablado y se asombra de que no sea el mismo que él conoció. Don Quijote le pide que declare ante un alcalde que nunca antes lo había visto, y don Álvaro lo firma. Un personaje de un libro certifica que el protagonista de otro libro es el auténtico. Es un ejemplo temprano y extraordinario de lo que hoy se llama metaficción, y de la intertextualidad llevada al terreno de la trama.
A los insultos respondió Cervantes en el prólogo de 1615, con una calma calculada. Sobre la acusación de manco escribió que no había perdido la mano en una taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos, la batalla de Lepanto. Y en el capítulo final hizo morir a don Quijote, curado de su locura, entre otras razones para que ningún otro autor pudiera resucitarlo. La última página lo dice por boca de la pluma de Cide Hamete: para ella sola nació don Quijote, y ella para él.
Paradójicamente, a Avellaneda se le lee hoy gracias a Cervantes. Sin él, la segunda parte del Quijote no tendría algunos de sus mejores capítulos, y el libro apócrifo, reeditado y estudiado, ha quedado como el rival que obligó al original a demostrar que lo era. Quien quiera comparar puede leer los resúmenes de la primera parte y de la segunda.
Fuentes
- Alonso Fernández de AvellanedaSegundo tomo del ingenioso hidalgo don Quixote de la ManchaFelipe Roberto, Tarragona1614
- Miguel de CervantesSegunda parte del ingenioso cavallero don Quixote de la ManchaJuan de la Cuesta, Madrid1615
- Martín de RiquerCervantes, Passamonte y AvellanedaSirmio, Barcelona1988
- Luis Gómez Canseco (ed.)Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la ManchaReal Academia Española, Madrid2014