El 1 de marzo de 1924, Émile Fradin, un joven campesino de diecisiete años, araba un campo de su familia cerca del pueblo de Glozel, en el centro de Francia, cuando una de las vacas metió la pata en un hueco que resultó ser una cavidad subterránea revestida de ladrillo. Dentro había huesos, cerámica y, sobre todo, un tipo de objeto que nadie esperaba encontrar junto a herramientas de aspecto prehistórico: tablillas de arcilla cubiertas de signos grabados que se parecían a un alfabeto, además de ídolos con forma humana y «huevos» de cerámica decorados. La familia Fradin, ayudada por un maestro jubilado aficionado a la arqueología, siguió excavando por su cuenta y fue acumulando un yacimiento cada vez más extraño: una combinación de objetos que, si eran genuinos y coetáneos entre sí, obligaban a reescribir la cronología de la escritura en Europa occidental, situándola miles de años antes de lo aceptado.

El sitio atrajo enseguida a un arqueólogo aficionado local, Antonin Morlet, que compró los derechos de excavación a la familia Fradin y publicó los hallazgos con entusiasmo, convencido de estar ante una cultura neolítica con escritura propia, anterior a cualquier sistema alfabético conocido en la región. La reacción de la arqueología académica francesa fue de hostilidad casi inmediata, y el caso se convirtió en una de las disputas más amargas de la disciplina en el siglo XX: por un lado, Morlet y un reducido grupo de simpatizantes defendían la autenticidad; por otro, la Sociedad Prehistórica Francesa, con el peso de instituciones como el Instituto de Paleontología Humana de París, sostenía que todo el yacimiento era un fraude montado por los propios Fradin, posiblemente con ayuda de falsificadores profesionales, para sacar provecho económico de las visitas y la venta de piezas.

La disputa se trasladó al terreno judicial y al de la prensa internacional. En noviembre de 1927, una comisión internacional de doce especialistas de varios países viajó a Glozel para examinar el yacimiento in situ; la mitad del comité (con el influyente Salomon Reinach entre los defensores de la autenticidad) emitió un informe favorable, mientras que la otra mitad, con representantes británicos y franceses de peso, denunció signos evidentes de manipulación reciente del terreno. El propio Émile Fradin fue procesado por fraude en 1929, pero el caso judicial terminó en 1931 con un sobreseimiento por falta de pruebas concluyentes, un veredicto que no zanjó nada desde el punto de vista científico y que dejó a ambos bandos reclamando la victoria.

La ciencia moderna aportó, medio siglo después, una respuesta parcial y sorprendente. En los años setenta, un equipo del laboratorio de investigación arqueológica de Oxford, encabezado por Martin Aitken y Michael Tite, aplicó la datación por termoluminiscencia (una técnica que mide la energía acumulada en los minerales de la cerámica desde la última vez que se cocieron a alta temperatura) a una muestra de las piezas de Glozel. El resultado, publicado con cautela explícita en la revista Antiquity en 1975, fue que buena parte de la cerámica analizada databa de entre 700 a. C. y 100 d. C., una antigüedad real muy inferior a la que Morlet había propuesto (que situaba el yacimiento en el Paleolítico), pero del todo incompatible también con la acusación de falsificación moderna de los años veinte. Un segundo estudio francés, publicado en 1976 en la Revue archéologique du Centre de la France, confirmó fechas antiguas para otro grupo de piezas.
El veredicto de la termoluminiscencia no resolvió el misterio de fondo, sino que lo desplazó: si una parte del material es genuinamente antigua (aunque de una época muy posterior a la propuesta inicialmente), ¿por qué incluye objetos y signos que no encajan con ninguna cultura arqueológica conocida de esa región y esa época? Las hipótesis actuales oscilan entre un yacimiento galorromano reutilizado y reinterpretado con añadidos posteriores, y un fraude parcial superpuesto a un fondo arqueológico real. Francia protegió finalmente el yacimiento como monumento histórico en 1999, un reconocimiento oficial de que, sea lo que sea Glozel, no es simplemente la broma pesada de un adolescente que la mayoría de la comunidad científica dio por sentada durante más de medio siglo.
Fuentes
- Salomon ReinachLes tablettes de GlozelRevue archéologique1927
- Antoine Vayson de PradenneLes Fraudes en Archéologie PréhistoriqueÉmile Nourry1932
- M. J. Aitken, M. S. Tite y colaboradoresThermoluminescence and Glozel: A Plea for CautionAntiquity1975enlace
- Les Prud'hommes du Vieux BourbonnaisDatation par thermoluminescence de céramique de GlozelRevue archéologique du Centre de la France1976enlace