Capítulo 1. Un día de abril de 1984, a las trece en punto, Winston Smith sube los siete pisos de las Casas de la Victoria con olor a col hervida y esteras viejas. En cada rellano hay un cartel con la cara del bigote: EL GRAN HERMANO TE VIGILA. En su cuarto hay una telepantalla que no se puede apagar y que emite y recibe a la vez. Winston tiene treinta y nueve años, una úlcera varicosa en el tobillo derecho y bebe ginebra Victoria. Desde la ventana ve los cuatro ministerios: la Verdad, que se ocupa de noticias, enseñanza y arte; la Paz, de la guerra; el Amor, del orden; y la Abundancia, de la economía. En un rincón fuera del alcance de la telepantalla saca un cuaderno antiguo comprado en una chatarrería y escribe la fecha. Antes ha asistido a los Dos Minutos de Odio, en los que se proyecta la cara de Emmanuel Goldstein, traidor y renegado, y la sala entera grita; a Winston le llama la atención una muchacha morena de la Liga Juvenil Anti-Sex, a la que odia y desea al mismo tiempo, y un funcionario del Partido Interior, O’Brien, que le parece inteligente y con quien cruza una mirada que interpreta como complicidad. Cuando vuelve al cuaderno, descubre que ha escrito varias veces, en mayúsculas, «ABAJO EL GRAN HERMANO».
Capítulo 2. Llaman a la puerta: es la vecina, la señora Parsons, que necesita que le desatasque el fregadero. Sus hijos, uniformados de Espías, juegan a que Winston es un traidor y le apuntan con tirachinas; la niña le grita «¡traidor!» y él sabe que los denunciantes más eficaces del Partido son los hijos. De vuelta al diario, recuerda un sueño en el que O’Brien le decía que se encontrarían en el lugar donde no hay oscuridad, y anota la conclusión de la que ya no saldrá: la esperanza está en los proles, o no está en ninguna parte.
Capítulos 3-4. Winston sueña con su madre y su hermana, desaparecidas cuando él era niño, y con un paisaje que llama el País Dorado. Se despierta con la gimnasia obligatoria de la telepantalla y una instructora que le grita a él por nombre. Describe después su trabajo en el Departamento de Registro: recibe por el tubo neumático las órdenes de rectificación y reescribe artículos atrasados del Times para que las predicciones del Partido resulten cumplidas; los originales se tiran a los «agujeros de la memoria» y se queman. En una de las tareas debe sustituir a un personaje inexistente y se inventa al camarada Ogilvy, un héroe muerto en combate a los veintitrés años, que a partir de ese momento existirá en los archivos igual que cualquier persona real.
Capítulos 5-6. En la cantina come con Syme, filólogo que trabaja en la undécima edición del Diccionario de Nuevalengua y le explica con entusiasmo que el objeto de la lengua nueva es destruir palabras, y que llegará un día en que el pensamiento disidente será literalmente impensable por falta de vocabulario. Winston piensa que a Syme lo vaporizarán, porque es demasiado inteligente y ve las cosas con demasiada claridad. Aparecen las cifras de la Abundancia, que anuncian un aumento del nivel de vida mientras se reduce la ración de chocolate, y el hecho de que nadie note la contradicción es lo que más le inquieta. Escribe también un recuerdo humillante: una visita de años atrás a una prostituta prole en un cuarto oscuro, y su descubrimiento de que ella era vieja. El Partido no prohíbe el sexo por moral, sino porque la lealtad exige que no quede afecto disponible.
Capítulos 7-8. Winston anota que si hay esperanza está en los proles, que son el 85 por ciento de la población y a los que el Partido no vigila porque no los considera peligrosos. Recuerda la única prueba material que tuvo en las manos: una foto de tres dirigentes ejecutados (Jones, Aaronson y Rutherford) que demostraba que sus confesiones eran falsas, y que él mismo arrojó al agujero de la memoria. Y llega a la formulación del problema: el Partido dice que dos y dos son cinco y hay que creerlo, y lo aterrador no es que castigue por no creerlo, sino que quizá tenga razón, porque si todos lo recuerdan igual, eso es el pasado. Una tarde se salta la rutina y camina por los barrios proles; entra en una taberna e interroga a un anciano sobre si antes de la Revolución se vivía mejor, y el viejo solo recuerda anécdotas sueltas y la cerveza en pintas. Después entra en la chatarrería del señor Charrington y compra un pisapapeles de cristal con un coral dentro, un objeto totalmente inútil, y sube a ver un cuarto en el piso de arriba, donde hay un grabado de una iglesia, San Clemente Danés, y ninguna telepantalla. Al salir se cruza con la muchacha morena y se convence de que lo está siguiendo.