La soledad conectada es la tesis de que las tecnologías de comunicación aumentan la frecuencia del contacto y reducen su profundidad, de modo que una persona puede tener más interacciones que nunca y menos gente a la que contarle algo importante. Es una de las afirmaciones más repetidas sobre la vida contemporánea y una de las peor sostenidas por los datos, no porque sea falsa —hay partes verdaderas— sino porque casi todas sus formulaciones populares confunden cuatro cosas distintas: vivir solo, estar aislado, sentirse solo y tener pocos confidentes. Las cuatro se miden de manera diferente, evolucionan de manera diferente y solo la tercera es un problema de salud.

El origen del debate es anterior a internet y conviene fecharlo bien, porque su fecha es la primera objeción. Robert Putnam publicó en 1995 un artículo con el título que se hizo célebre, Bowling Alone, y en 2000 el libro que lo desarrolló. Su tesis: durante las tres décadas anteriores el capital social estadounidense —la densidad de asociaciones, la asistencia a reuniones, la afiliación sindical, la participación en asociaciones de padres, las ligas deportivas de barrio— había caído de forma sostenida y transversal. Su indicador insignia era la paradoja de los bolos: cada vez más gente jugaba y cada vez menos jugaba en liga. Y su diagnóstico causal no fue el que se le atribuye: Putnam atribuyó la mayor parte del descenso al relevo generacional, es decir, a la sustitución de las cohortes formadas por la guerra y la posguerra por otras educadas en la privacidad doméstica, y una parte considerable a la televisión. La caída empieza en los años sesenta o setenta, treinta años antes de que existiera cualquier red social. Cualquier explicación que atribuya el fenómeno a los teléfonos móviles tiene un problema de cronología insalvable.

El episodio más instructivo de esta literatura es el de las redes de confidentes, porque muestra cómo se corrige un hallazgo. En 2006, Miller McPherson, Lynn Smith-Lovin y Matthew Brashears compararon dos oleadas de una gran encuesta estadounidense y concluyeron que el número medio de personas con las que un adulto discutía asuntos importantes había caído de unas tres a unas dos entre 1985 y 2004, y que la proporción de quienes no citaban a nadie se había triplicado. El resultado dio la vuelta al mundo. Tres años después, Claude Fischer publicó un análisis detallado señalando que la magnitud del cambio era implausible, que no aparecía en otras series y que el patrón de respuestas apuntaba a un problema de administración del cuestionario —un efecto de aprendizaje de los entrevistadores que producía respuestas artificialmente cortas—. Los autores originales aceptaron parte de la crítica. Que el dato más citado sobre el aislamiento social contemporáneo fuera probablemente un artefacto metodológico es la mejor vacuna disponible contra la lectura rápida de esta clase de estadísticas.



La segunda oleada del debate llegó con la tecnología y produjo el episodio de humildad científica más limpio del campo. En 1998, un equipo dirigido por Robert Kraut publicó un estudio longitudinal —titulado, sin rodeos, «la paradoja de internet»— que encontraba que un mayor uso de internet en los primeros meses de conexión de un hogar se asociaba a menor implicación social y más síntomas depresivos. En 2002 los mismos autores publicaron el seguimiento: los efectos negativos habían desaparecido, y en la mayoría de indicadores se habían invertido. La interpretación que ellos mismos propusieron es la que ha resistido: lo medido en 1998 no era el efecto de internet, era el efecto de estrenar internet en un momento en que casi nadie de tu entorno estaba dentro. Cuando la red se vuelve el lugar donde están tus conocidos, el signo cambia.
La tercera oleada se centró en los adolescentes y en los teléfonos, y su desenlace estadístico es el más importante del artículo. Frente a la tesis de que la generalización del móvil habría desencadenado una crisis de salud mental juvenil, Amy Orben y Andrew Przybylski aplicaron en 2019 a tres grandes conjuntos de datos una técnica llamada curva de especificaciones, que consiste en calcular todas las combinaciones razonables de variables y medidas —decenas de miles de análisis posibles— en lugar de escoger una. El resultado fue que la asociación entre uso de tecnología digital y bienestar adolescente existe, es negativa y es minúscula: del orden de magnitud del que muestran, en los mismos datos, llevar gafas o comer patatas. Ese hallazgo no niega que a determinados adolescentes determinadas plataformas les hagan daño; lo que niega es que el efecto medio sobre la población tenga el tamaño que el debate público le atribuye. A ello se suma un problema de medición ya conocido: la mayor parte de esta literatura usa tiempo de pantalla declarado, que coincide mal con el registrado por el dispositivo.

Lo que sí está bien establecido merece enumerarse, porque es sustancial. Primero, la soledad —entendida como sentimiento y no como situación— es un factor de riesgo para la salud comparable a otros que se consideran graves: la revisión de estudios que reunieron Julianne Holt-Lunstad y sus colaboradores en 2015 encontró que el aislamiento social y el sentimiento de soledad se asocian a un aumento de la mortalidad del orden del veinticinco al treinta por ciento, con la cautela obligada de que se trata de datos observacionales y de que la causalidad puede correr en ambos sentidos. Segundo, la distinción de John Cacioppo entre aislamiento objetivo y soledad percibida es la más útil del campo: se puede estar solo sin sentirse solo y sentirse muy solo rodeado de gente, y es la percepción, no el recuento de contactos, la que predice los efectos fisiológicos. Tercero, el cambio estructural que sí ha ocurrido en todos los países ricos es el aumento de los hogares unipersonales, que en España han pasado a ser en torno a la cuarta parte del total; Eric Klinenberg documentó en 2012 la parte contraintuitiva de ese fenómeno, y es que quienes viven solos tienden a socializar más fuera de casa que quienes conviven, de modo que vivir solo no es un indicador de aislamiento sino, a menudo, de lo contrario.
Cuarto y más útil: el efecto del uso de redes sociales sobre el bienestar depende del tipo de uso, y esa dependencia está medida. La revisión crítica de Philippe Verduyn y sus coautores en 2017 ordenó los estudios en dos grupos coherentes: el uso activo y dirigido —escribir a alguien concreto, conversar, mantener un vínculo— se asocia a mejoras del bienestar, mientras que el uso pasivo —recorrer contenido ajeno sin interactuar— se asocia a empeoramientos, con la envidia por comparación social como mecanismo mejor documentado. Sherry Turkle acertó, por tanto, en la intuición que expuso en 2011 —esperamos más de la tecnología y menos de los demás—, aunque su argumento se apoyaba en observación clínica y no en medición. La formulación defendible de la tesis es más estrecha y más exigente que la popular: no es que estar conectado produzca soledad, sino que la conexión sustituye mal a la conversación cuando se consume en lugar de practicarse, y que la infraestructura de sociabilidad que se perdió —logias, ligas, sindicatos, parroquias, cafés de barrio— no la ha reemplazado ninguna aplicación, entre otras cosas porque nadie te espera dentro de una aplicación un martes a las ocho.
La economía de la atención – Las cámaras de eco – Comunidad virtual – Anomia – Era digital – Ocio – Socialización primaria – Las estéticas de internet
Fuentes
- Robert D. PutnamBowling Alone: America's Declining Social CapitalJournal of Democracy 6(1); ampliado en Bowling Alone, Simon and Schuster, 20001995
- Robert Kraut, Michael Patterson, Vicki Lundmark, Sara Kiesler, Tridas Mukopadhyay y William ScherlisInternet Paradox: A Social Technology That Reduces Social Involvement and Psychological Well-Being?American Psychologist 53(9)1998
- Robert Kraut, Sara Kiesler, Bonka Boneva, Jonathon Cummings, Vicki Helgeson y Anne CrawfordInternet Paradox RevisitedJournal of Social Issues 58(1)2002
- Miller McPherson, Lynn Smith-Lovin y Matthew E. BrashearsSocial Isolation in America: Changes in Core Discussion Networks over Two DecadesAmerican Sociological Review 71(3)2006
- Claude S. FischerThe 2004 GSS Finding of Shrunken Social Networks: An Artifact?American Sociological Review 74(4)2009
- John T. Cacioppo y William PatrickLoneliness: Human Nature and the Need for Social ConnectionW. W. Norton, Nueva York2008
- Sherry TurkleAlone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each OtherBasic Books, Nueva York2011
- Eric KlinenbergGoing Solo: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living AlonePenguin Press, Nueva York2012
- Julianne Holt-Lunstad, Timothy B. Smith, Mark Baker, Tyler Harris y David StephensonLoneliness and Social Isolation as Risk Factors for Mortality: A Meta-Analytic ReviewPerspectives on Psychological Science 10(2)2015
- Amy Orben y Andrew K. PrzybylskiThe Association between Adolescent Well-Being and Digital Technology UseNature Human Behaviour 32019
- Philippe Verduyn, Oscar Ybarra, Maxime Résibois, John Jonides y Ethan KrossDo Social Network Sites Enhance or Undermine Subjective Well-Being? A Critical ReviewSocial Issues and Policy Review 11(1)2017