La novela es la formulación narrativa del problema que Unamuno había desarrollado en 1913 en Del sentimiento trágico de la vida: la razón no permite creer en la inmortalidad y el hombre no puede vivir sin desearla, y de ese choque no hay salida, solo agonía. Don Manuel no es un hipócrita ni un cínico; es un hombre que no puede creer y no puede dejar de querer creer, y que decide gastar su vida en producir en otros la fe que a él le falta. El libro coloca al lector en una posición difícil de sostener: la mentira del párroco es piadosa, funciona, hace bien a todo el mundo, y aun así es una mentira sobre lo único que importa.
Hay dos objeciones que conviene poner al lado de la obra. La primera es política y no la inventó ningún crítico moderno: si la religión sirve para que la gente soporte los conflictos económicos, entonces don Manuel es exactamente el opio del que hablaba Marx, y el personaje que lo dice en el libro es Lázaro antes de convertirse. Unamuno no resuelve el reproche, lo mete dentro: el revolucionario que iba a despertar al pueblo acaba dedicando su vida a mantenerlo dormido. La segunda es moral y está en la propia estructura del relato: la decisión de que la verdad sería insoportable para los demás la toman tres personas por su cuenta, y ninguno de los feligreses tiene voz en el asunto. La novela deja a la vista que el bien del pueblo se decide sin el pueblo.
Dos precisiones sobre el texto. Se publicó en 1931 en la revista La Novela de Hoy y en 1933 en un volumen con otros relatos, con un prólogo de Unamuno que es el que ha fijado la lectura canónica; el epílogo del final del relato es de la primera versión y no debe confundirse con ese prólogo. Y el nombre del pueblo no es un adorno: la villa sumergida cuyas campanas se oyen es la vieja leyenda de la ciudad bajo el agua, aquí convertida en imagen de lo que hay debajo del pueblo despierto, incluido el secreto que sostiene a su párroco. El propio Unamuno situó la escena en el lago de Sanabria, que había visitado en 1930.