Lazarillo de Tormes

10 ideas 12 min Resumen completo

Las ideas clave de «Lazarillo de Tormes» (Anónimo, 1554) en tarjetas breves para leer en unos minutos: lo esencial del argumento, los personajes y los temas, parte a parte.

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    De qué va

    1 min

    La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades se publicó de forma anónima en 1554, en tres ediciones simultáneas de Burgos, Amberes y Alcalá de Henares, y es el libro que funda la novela picaresca. Es una autobiografía ficticia: Lázaro, ya adulto, escribe una carta a un señor, «Vuestra Merced», que le ha pedido cuenta de un asunto concreto, y para explicárselo empieza desde su nacimiento. Toda la novela es la respuesta a esa pregunta, y el chiste del libro consiste en que el lector solo entiende la pregunta al llegar a la última página.

    Son un prólogo y siete tratados de longitud muy desigual: los tres primeros ocupan casi todo el libro y los cuatro últimos se despachan en unas pocas páginas, hasta el punto de que el cuarto y el sexto caben en un párrafo. Esa desproporción es uno de los argumentos de quienes sostienen que el texto que conservamos está mutilado o fue escrito a toda prisa.

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    Prólogo

    1 min

    Lázaro se dirige a un lector general con los tópicos de la época (que nada hay tan malo que no tenga algo bueno, que el escritor busca honra y provecho) y anuncia que va a contar su vida por entero porque «Vuestra Merced» le ha escrito pidiéndole que le escriba y relate «el caso» muy por extenso. Añade una advertencia de orgullo que orienta la lectura: quiere que se sepa que un hombre que ha llegado a buen puerto habiendo salido de tan bajo tiene más mérito que quien heredó una posición.

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    Tratado primero: el ciego

    3 min

    Lázaro nace en el río Tormes, dentro de un molino donde su padre, Tomé González, era molinero, y de ahí le viene el nombre. A los ocho años el padre es acusado de «ciertas sangrías mal hechas» en los costales de los clientes, va desterrado como acemilero en una expedición contra los moros y muere allí. La madre, Antona Pérez, se traslada a Salamanca, se arrima a la buena gente y se junta con Zaide, un mozo de cuadra negro, con el que tiene un hijo; Zaide roba cebada, herraduras y hasta las mantas de los caballos para mantenerlos, es descubierto, azotado y pringado, y a la madre se le prohíbe volver a su casa. Con la casa deshecha, la madre entrega a Lázaro a un ciego que pasa por el mesón donde ella sirve, para que le haga de mozo. A la salida de Salamanca, junto al puente, hay un animal de piedra con forma de toro, y el ciego le dice al niño que acerque el oído a la figura para oír un gran ruido dentro: cuando Lázaro obedece, le da tal cabezazo contra la piedra que le duele tres días, y le suelta la lección: el mozo de un ciego un punto ha de saber más que el diablo. A partir de ahí el tratado es una serie de partidas ganadas y perdidas. El ciego es diestrísimo en oraciones, rezos para preñadas y remedios, y gana mucho dinero, pero es el hombre más avaro que Lázaro conocerá: lleva el pan y la carne en un fardel cerrado con candado y cuenta las blancas. Lázaro le descose el fardel por un lado, le cambia las blancas por medias blancas al cobrar las limosnas y le bebe el vino con una paja de centeno y luego por un agujerito que tapa con cera. El ciego lo descubre y le rompe el jarro contra la cara, dejándole los dientes deshechos y las heridas de las que se acordará toda la vida. En la aldea de Almorox, comparten un racimo de uvas de dos en dos y el ciego lo acusa de haber comido de tres en tres: lo sabe, dice, porque él comía de dos en dos y Lázaro no protestaba. Le arrebata también el longaniza asada que Lázaro le había cambiado por un nabo y le mete la nariz en la boca para olerla. La despedida es la venganza: en Escalona, un día de lluvia, Lázaro le hace calcular un salto sobre un arroyo poniéndolo justo enfrente de un pilar de piedra, le dice que salte con todas sus fuerzas y lo deja medio muerto, y se marcha corriendo.

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    Tratado segundo: el clérigo de Maqueda

    2 min

    En Maqueda, un clérigo lo toma por criado y Lázaro descubre que al ciego lo recuerda con nostalgia: aquel era avaro, este es la avaricia misma. En casa no hay nada de comer más que una cebolla cada cuatro días, guardada bajo llave en la cámara alta. El clérigo se come lo que sobra de los mortuorios y Lázaro reza para que en el pueblo se muera gente, porque los entierros son los únicos días en que come. El arca del pan queda cerrada y él la cuenta y la mira; un calderero que pasa por la puerta le hace una llave, y Lázaro empieza a comerse los bodigos poco a poco. Cuando el clérigo cuenta los panes y da la falta por ratones, tapia los agujeros del arca con tablillas y clavos, y Lázaro abre otros con el cuchillo y desmigaja el pan para que parezca roído. El clérigo pone una trampa de ratones y ceba con queso; sigue faltando pan. Un vecino le sugiere que quizá sea una culebra, y el clérigo empieza a rondar por la noche con un garrote. Lázaro, que dormía con la llave en la boca para tenerla segura, silba con ella al respirar; el clérigo, oyendo el silbido de la culebra, descarga el palo sobre el bulto y le abre la cabeza. Lo cura durante quince días con vino y vendas, y en cuanto está sano lo despide en la puerta santiguándose como si lo hubiera librado de un endemoniado.

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    Tratado tercero: el escudero

    2 min

    En Toledo, después de andar unos días de puerta en puerta, lo recoge un escudero de buen porte, capa y espada, con paso mesurado y un peine en la mano, y Lázaro cree que por fin ha encontrado un amo rico. Recorren la ciudad hasta mediodía sin comprar nada; al llegar a la casa (oscura, sin muebles y sin cama) el hidalgo pregunta si ha comido y Lázaro entiende que la casa está vacía. Comen los mendrugos que el muchacho traía de limosna, y el escudero come de ellos alabando la moderación en el comer. El tratado es la convivencia de dos hambres, con el criado manteniendo al amo: Lázaro pide en la ciudad y le trae uña de vaca y pan, y el hidalgo lo come todo. Un día llegan hasta la puerta las mujeres de un funeral gritando que llevan al difunto a la casa lóbrega y oscura donde nunca comen ni beben, y Lázaro, convencido de que traen el cadáver a su casa, se atrinchera detrás de su amo. El escudero le explica de dónde viene su honra: es de Castilla la Vieja, tenía un solar de casas y un palomar derribado, y se marchó de su tierra por no querer quitarse el sombrero primero ante un caballero vecino. Estando así, llegan a cobrar el alquiler de la casa y de la cama; el escudero sale a buscar cambio para una moneda grande y no vuelve nunca. Los acreedores y el alguacil quieren embargar los bienes y no hay bienes; Lázaro tiene que declarar y las vecinas lo defienden. Es la primera vez que a Lázaro lo abandona el amo y no al contrario.

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    Tratado cuarto: el fraile de la Merced

    1 min

    Un fraile de la Merced, pariente de las vecinas que lo habían amparado, lo toma consigo. Es enemigo del coro y del comer en el convento, amiguísimo de negocios seglares y de visitas, y anda tanto por la calle que rompió más zapatos que todo el convento junto. Le dio a Lázaro los primeros zapatos de su vida, que no le duraron ocho días. Lázaro no aguantó el trote y se marchó, y añade una frase que ha dado que hablar durante siglos: se fue por eso «y por otras cosillas que no digo».

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    Tratado quinto: el buldero

    1 min

    El quinto amo es un vendedor de bulas, el más desenvuelto y desvergonzado que Lázaro vio nunca. Regala a los clérigos de los pueblos lechugas murcianas, un par de limas o naranjas, un melocotón o peras verdiñales para que le recomienden la mercancía; cuando el cura no sabe latín, le habla en un latín inventado. En un pueblo de Toledo la gente se resiste a comprar y el buldero monta con el alguacil una comedia: el alguacil lo acusa en público de falsario, se pelean a gritos en la iglesia y a la mañana siguiente, en el sermón, el alguacil vuelve a llamarlo embaucador; el buldero se arrodilla y pide a Dios un milagro que descubra al culpable, y el alguacil cae al suelo con espumarajos, dando bramidos y golpes. El buldero lo toca con la bula y el alguacil sana. La gente se atropella por comprar bulas y se agotan en el pueblo entero y en los de alrededor. Lázaro presenció el concierto entre los dos la noche anterior desde detrás de la puerta y lo cuenta sin indignación: se limita a admirar el ingenio.

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    Tratado sexto: el capellán

    1 min

    Sirve a un maestro de pintar panderos, que lo trae molido, y entra después con un capellán de la iglesia mayor de Toledo, que le da un asno y cuatro cántaros y lo pone a vender agua por la ciudad a razón de treinta maravedís al día para el amo y lo que sobre para él, salvo los sábados. Es el primer trabajo con salario de su vida y el primer ahorro: en cuatro años reúne para vestirse de segunda mano un jubón de fustán viejo, un sayo raído de manga trenzada, una capa que fue frisada y una espada de las viejas primeras de Cuéllar. En cuanto se ve vestido de hombre de bien, devuelve el asno y los cántaros y deja el oficio.

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    Tratado séptimo: el caso

    2 min

    Entra de hombre de justicia con un alguacil y lo deja pronto, porque el oficio le parece peligroso: una noche a él y a su amo los corrieron a pedradas y palos unos retraídos. Y por fin alcanza «un oficio real», el pregonero de Toledo: pregona los vinos que se venden, las almonedas y las cosas perdidas, y acompaña a los que padecen persecución por justicia declarando a voces sus delitos. Le va tan bien que casi todo lo que se vende en la ciudad pasa por su mano. Es entonces cuando el Arcipreste de San Salvador, viéndolo hábil y de vivir cuidadoso, le casa con una criada suya. Se instalan en una casa junto a la del arcipreste, que les hace regalos todo el año: cargas de trigo, carne por las pascuas, algún bodigo, las calzas viejas. Y las malas lenguas empiezan a decir que la mujer va a hacerle la cama y a guisarle la comida al arcipreste, y que su hija nació de él. Lázaro cuenta cómo lo resolvió: el arcipreste le habló claro, le dijo que atendiera a su provecho y no a lo que se dijera, y él mismo le juró sobre la hostia consagrada que su mujer es tan buena como cualquiera de las que viven dentro de las puertas de Toledo. Su mujer llora y jura, y Lázaro cierra el asunto haciéndole prometer que nunca más se hablará de eso en la casa; a quien se lo mencione, dice, lo tendrá por enemigo mortal. Y termina la carta con una declaración de prosperidad: en ese tiempo estaba en su prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna, coincidiendo con la entrada del Emperador en la ciudad y las cortes que allí se celebraron.

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    LA OBRA Y SU LECTURA

    3 min

    El «caso» que Vuestra Merced quería conocer es el del último tratado: si es cierto que la mujer de Lázaro es amante del arcipreste. Toda la autobiografía es la respuesta, y el ingenio del libro consiste en que la respuesta que da no es «no» sino un relato completo de las razones por las que a Lázaro le conviene que la respuesta sea «no». Vuestra Merced es, además, muy probablemente un superior o un allegado del propio arcipreste, la carta lo llama «servidor y amigo» suyo, y esa circunstancia convierte el final en un juego de tres bandas: Lázaro escribe para un hombre que puede perjudicarle sobre un asunto en el que su interlocutor está implicado. Que llame «prosperidad» y «cumbre de toda buena fortuna» a ese arreglo es la última pieza de la ironía y la razón por la que el prólogo insistía tanto en su mérito.

    Lo que hace de este libro el fundador de un género no es que haya un pobre listo pasando hambre, que abundaba en la literatura anterior, sino que el pobre cuente su propia vida y la cuente para justificarse. El niño del primer tratado es una víctima; el hombre del séptimo ha aprendido la lección del cabezazo contra el toro de piedra y la aplica. Y el ascenso es minucioso: no se hace rico, alcanza un oficio de pregonero, es decir, el escalón más bajo de los oficios públicos, y el precio es la honra. Esa es la crítica social del libro, y funciona porque nunca se enuncia: el escudero del tratado tercero se muere de hambre por no descubrirse ante un vecino, y Lázaro come.

    Sobre la autoría, conviene desconfiar de las atribuciones que circulan como seguras. La obra se publicó anónima y en 1559 el Índice de la Inquisición la prohibió; en 1573 se autorizó una versión expurgada que eliminaba el cuarto y el quinto tratados y varios pasajes, y el texto completo no volvió a imprimirse legalmente en España hasta el siglo XIX. Se han propuesto docenas de autores (Diego Hurtado de Mendoza, los hermanos Valdés, fray Juan de Ortega, Sebastián de Horozco), y en 2010 la paleógrafa Rosa Navarro Durán defendió a Alfonso de Valdés y en el mismo año Mercedes Agulló publicó un inventario de bienes que sitúa un manuscrito del Lazarillo entre los papeles de Diego Hurtado de Mendoza. Ninguna de las dos atribuciones ha convencido a la mayoría de los especialistas, y a día de hoy la respuesta honrada sigue siendo que no se sabe quién lo escribió. La tercera precisión es de bibliografía: las tres ediciones de 1554 no son la primera, sino las tres más antiguas que se conservan; la de Alcalá se declara «segunda impresión» y contiene añadidos que no están en las otras, lo que implica al menos una edición perdida anterior.

Redacción de Ikusmira (2026). "Ideas clave: Lazarillo de Tormes". Ikusmira. Recuperado de https://ikusmira.org/ideas/lazarillo-de-tormes/
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