Una habitación blanca. Se oye el repicar de campañas. La Poncia y otra criada (sin nombre) hablan entre ellas, arremetiendo contra su señora Bernarda, explotadora, tirana como ninguna. Se proponen robarle comida, ahora que está en el funeral de su marido. Una voz llama a Bernarda, es la anciana madre de Bernarda. María Josefa. La tienen encerrada en la habitación contigua. Las criadas maldicen a Bernarda. La Poncia, sobre todo, clama venganza contra ella y sus hijas, miserables todas ellas, por la vida que le han hecho llevar, trabajando sin descanso. Están limpiando la habitación y los enseres para recibir a las visitas que se esperan tras el funeral. Una mendiga entra pidiendo las sobras de la comida, pero la criada la echa con desprecio y crueldad. En esto empiezan a entrar mujeres de luto y tras ellas, entra Bernarda, con sus cinco hijas.
Con un calor de plomo, Bernarda empieza a dar órdenes aquí y allá. Expulsa a la criada, reprochándole no haber limpiado bien la estancia, muestra su desprecio por los pobres como ella. Algunas mujeres y muchachas le contestan: los pobres también tienen que comer y tienen sus penas. Las hace callar de mala manera. Una muchacha comenta a Angustias, la hija mayor de Bernarda, que en el funeral estaba Pepe el Romano. Bernarda lo niega, mientras arremete contra las mujeres que miran a los hombres en la iglesia. Dos mujeres maldicen a Bernarda en voz baja. Con un golpe de autoridad, Bernarda entona unas oraciones que las mujeres siguen. La Poncia entra con una bolsa con dinero donado por los hombres para el funeral, que aguardan fuera. Las mujeres se van. Bernarda las maldice, que se vayan a sus cuevas. La Poncia le dice que no tendrá queja, ya que han venido todas. Sí, dice Bernarda, pero para criticar. Amelia le ofrece un abanico, pero lo rechaza por no ser negro. Y ordena luto para ocho años, durante los cuales se tapiaran puertas y ventanas. Propone a las hijas que en ese tiempo borden su ajuar para casarse. Magadalena, una de sus hijas, rechaza ese destino, prefiere trabajar hasta reventar que quedarse encerrada, maldice a las mujeres. La criada trae a la madre de Bernarda, dura como la piedra, pero con el sentido perdido. La vieja quiere ponerse sus joyas para casarse, lo que provoca la hilaridad entre las hijas de Bernarda. Bernarda pregunta por Angustias. Estaba mirando por la puerta. Bernarda la recrimina duramente por ir detrás de los hombres e intentar oir sus conversaciones y la amenaza con un bastón. Expulsa a todas las hijas de la estancia. Pero ella también muestra curiosidad por el tema de conversación de los hombres. La Poncia le cuenta que hablaban de que Paca la Roseta, una mujer que no es oriunda del pueblo, es secuestrada por unos hombres, que tampoco son del pueblo, con los que mantiene relaciones sexuales. Poncia dice que los hombres del pueblo no son capaces de eso, pero Bernarda le dice que bien que les daba morbo hablar del tema. Y se enoja porque su hija Angustias quiera oir también la conversación, y de hecho Poncia le asegura que ha escuchado más de lo que debiera. Le dice además que Angustias ya está en edad, que debería estar casada ya, con sus 39 años. Bernarda replica que a sus hijas no les hace falta ningún novio, y menos aún que sean los hombres del pueblo, que no tienen la clase que se merecen sus hijas. Poncia le replica que fuera del pueblo serían sus hijas las que no tendrían clase. Bernarda maldice su lengua, y que no se pase de confianza, que es su criada. Y de paso que guarde la ropa del muerto, y que no dé a nadie ni un botón. Sale de la estancia ayudada por el bastón, y después las criadas.
Entran Amelia y Martirio. Amelia a Martirio, a ver si se ha tomado la medicina (Martirio está enferma). Amelia dice que Adelaida no estuvo en el duelo. Martirio explica que es porque Bernanrda, su madre, conoce la historia de su padre, que asesinó a un hombre para hacerse con su mujer y que luego abandonó a esta, y luego a una detrás de otra, o las maltrató. Martirio maldice a los hombres. Amelia le recuerda que Enrique Humanes anduvo detrás de ella. Nada hubo, dice Martirio, se echó para atrás para irse con otra con más riqueza. Entra Magdalena, dice que ha repasado los ajuares de boda de antaño, hoy en día las bodas no son lo que eran. Dice que Adela se ha puesto un vestido verde que se ha hecho nuevo, ilusionada, pero a falta de público lo ha hecho delante de las gallinas. Magdalena les da una noticia: Pepe el Romano va a pedir la mano de Angustias. Amelia y Martirio se alegran. Magdalena les reprocha su falsa alegría, Angustias es fea y vieja ya que está claro que se casará con ella por el dinero. Y es que Angustias es la primogénita, la hija mayor, y por tanto a la que corresponde el patrimonio de su padre recién fallecido. Aunque lo lógico sería que Pepe el Romano se casara con Amelia o con Adela, la más joven. Entra Adela ilusionada. Magdalena se mofa de ella por haber ido donde las gallinas a ponerse el vestido verde. Adela dice que el vestido es precioso. Magdalena dice que se lo regale a Angustias para su boda con Pepe el Romano. Ante la noticia de esa boda, Adela se queda estupefacta. Se explica ahora que Angustias espiara a los hombres, buscaba en realidad a Pepe el Romano. Adela lamenta su suerte: no se pondrá de luto, se pondrá el vestido verde. Entra la criada diciendo que Pepe el Romano se acerca por la calle. Todas las hermanas van hacia afuera para verle. Adela sube a su habitación para verle desde allí.
Entran Bernarda, la Poncia y luego Angustias. Hablan de la herencia del difunto, casi todo va para Angustias. Bernarda lo acepta, resignada. Angustias aparece maquillada, lo que irrita a Bernarda, dónde se ha visto eso, el día del funeral maquillarse. Angustias alaba a su verdadero padre, y no a su padrastro difunto, lo que irrita de nuevo a Bernarda. Pide salir. No con los polvos en la cara, dice Bernarda. Magdalena entra y discute con Angustias por la herencia. Entra María Josefa, la madre de Bernarda, dice que se quiere casar, y que no dejará ningún ajuar en herencia a las mujeres de la casa. Bernarda da orden a las criadas para que la vuelvan a encerrar, mientras la anciana grita que quiere casarse a la orilla del mar.