La esperanza de vida al nacer es el número medio de años que viviría una cohorte hipotética de recién nacidos si a lo largo de toda su vida estuviera sometida a las tasas de mortalidad por edad observadas en un año concreto. La palabra clave de esa definición es «hipotética»: no es una previsión sobre los niños que nacen hoy, sino un resumen de la mortalidad de hoy expresado en años. Se llama esperanza de vida de periodo, y es la cifra que publican todos los institutos de estadística.
La distinción tiene consecuencias inmediatas. Como las tasas de mortalidad han bajado durante todo el siglo XX y siguen bajando, la esperanza de vida de periodo subestima sistemáticamente lo que vivirá de verdad una generación: los nacidos hoy no van a soportar la mortalidad de sesenta años de un adulto de hoy, sino la de un adulto de 2086. La medida que intenta responder a la pregunta que la gente cree estar haciendo se llama esperanza de vida de cohorte, exige proyectar la mortalidad futura y por eso es una estimación mucho más frágil, aunque para las generaciones ya extinguidas puede calcularse exactamente. En sentido contrario, la esperanza de periodo reacciona con brusquedad a un choque temporal: la pandemia de 2020 recortó la cifra en varios países en más de un año, y buena parte de esa caída se recuperó después, porque no reflejaba un cambio en las condiciones de vida sino un exceso de mortalidad concentrado en un año.
El segundo malentendido es el más extendido de todos y el que hay que desmontar con cuidado, porque produce afirmaciones históricas falsas. Cuando se lee que en la Roma clásica o en la Europa medieval la esperanza de vida era de treinta años, la conclusión intuitiva —que la gente moría vieja a los treinta— es incorrecta. Una esperanza de vida al nacer de treinta años en una población con una mortalidad infantil del 30 % es compatible con que quien llegaba a los veinte años tuviera por delante otros treinta o cuarenta. El promedio está arrastrado hacia abajo por las muertes en los primeros años de vida, que en el cómputo pesan una vida entera cada una. De hecho, en las poblaciones históricas la esperanza de vida a los cuarenta años cambia poco a lo largo de los siglos; lo que cambió de forma espectacular fue la probabilidad de llegar a los cuarenta. Por eso la demografía trabaja con la esperanza de vida a distintas edades y no solo al nacer, y para comparar longevidad entre épocas la cifra útil es la esperanza de vida a los quince o a los cincuenta.
El instrumento que produce el número es la tabla de mortalidad, cuyo antepasado son las observaciones de John Graunt sobre los registros de defunciones de Londres publicadas en 1662 —el primer intento de derivar la estructura de la mortalidad de una población a partir de registros administrativos— y cuya forma moderna se establece en el siglo XVIII con el trabajo actuarial. La tabla toma las tasas de mortalidad observadas en cada intervalo de edad, las convierte en probabilidades de morir, aplica la secuencia a una cohorte ficticia de cien mil nacimientos y suma los años vividos. Todo el resultado depende de la calidad del registro civil, y en los países donde el registro es incompleto la cifra se estima por modelos, con incertidumbre que rara vez se publica junto al dato.
La tercera advertencia es que la media nacional esconde una dispersión enorme y bien documentada. Raj Chetty y sus colaboradores cruzaron en 2016 los registros fiscales estadounidenses con los de mortalidad y encontraron una diferencia de casi quince años en la esperanza de vida a los cuarenta entre el 1 % de renta más alta y el 1 % más baja entre los hombres, y de diez años entre las mujeres; encontraron además que la brecha se había ampliado entre 2001 y 2014 y que, en el tramo de renta baja, la esperanza de vida variaba varios años según la zona de residencia. Anne Case y Angus Deaton habían documentado el año anterior el hecho que rompió el supuesto de que la longevidad solo puede mejorar: la mortalidad en edades medias de la población blanca no hispana de Estados Unidos había aumentado desde 1999, empujada por sobredosis, suicidios y enfermedad hepática alcohólica, a lo que llamaron muertes por desesperación. Un promedio nacional estable puede ocultar una mejora en unos grupos y un empeoramiento en otros.
Queda la pregunta del techo, donde la disciplina está genuinamente dividida. James Oeppen y James Vaupel mostraron en 2002 que la esperanza de vida máxima registrada en el mundo había crecido de forma casi lineal durante ciento sesenta años, a razón de unos tres meses por año, y que todas las predicciones de un límite hechas en el siglo XX habían sido superadas, a veces pocos años después de publicarse. Frente a eso, otros demógrafos sostienen que la extensión conseguida se debe a la reducción de la mortalidad infantil y en edades medias, un margen que en los países ricos está casi agotado, y que prolongar la vida a partir de los ochenta y cinco requiere algo distinto de lo que ha funcionado hasta ahora. La desaceleración observada en varios países desde 2011, previa a la pandemia, es el dato que ninguna de las dos posiciones ha explicado del todo.
Fuentes
- John GrauntNatural and Political Observations Made upon the Bills of MortalityLondres1662
- Samuel H. Preston, Patrick Heuveline y Michel GuillotDemography: Measuring and Modeling Population ProcessesBlackwell, Oxford2001
- James Oeppen y James W. VaupelBroken Limits to Life ExpectancyScience 296(5570)2002
- Raj Chetty et al.The Association Between Income and Life Expectancy in the United States, 2001-2014JAMA 315(16)2016
- Anne Case y Angus DeatonRising morbidity and mortality in midlife among white non-Hispanic Americans in the 21st centuryProceedings of the National Academy of Sciences 112(49)2015