# La piedra de Rosetta: la carrera por descifrarla

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- Categoría: Arqueología
- Publicado: 2026-05-27
- Autoría: Josemari Sarasola Ledesma — Editor coordinador; Profesor titular de escuela universitaria, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea
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En julio de 1799, un capitán de ingenieros del ejército napoleónico, Pierre-François Bouchard, supervisaba la reconstrucción de un fuerte cerca de la ciudad de Rashid (Rosetta en las fuentes europeas), en el delta del Nilo, cuando sus soldados desenterraron un bloque de granodiorita de algo más de un metro de alto con tres bandas de escritura: jeroglíficos egipcios arriba, escritura demótica (la forma cursiva egipcia de uso corriente) en el centro, y griego antiguo abajo. El texto, un decreto sacerdotal de 196 a. C. en honor de Ptolomeo V, resultó tener un valor muy superior al de su contenido: al estar escrito tres veces en la misma piedra, ofrecía por primera vez un punto de comparación directo entre los jeroglíficos, indescifrables desde la Antigüedad tardía, y una lengua que los eruditos europeos sí podían leer.



La piedra cambió de manos antes incluso de que nadie la hubiera descifrado: la capitulación francesa en Egipto en 1801 incluyó la entrega de las antigüedades reunidas por los científicos de Napoleón a los británicos, y el objeto llegó al Museo Británico en 1802, donde permanece desde entonces. Pero los franceses habían tenido la precaución de sacar varias copias impresas mediante litografía antes de la rendición, y fueron esas copias, no la piedra física, las que circularon por Europa y alimentaron durante dos décadas una carrera científica transnacional por el desciframiento.



El primer avance real llegó del físico y médico inglés Thomas Young, ya célebre por su trabajo sobre la naturaleza ondulatoria de la luz. Entre 1814 y 1819, Young identificó que los jeroglíficos encerrados en un óvalo alargado (los «cartuchos») debían de corresponder a nombres propios, y dedujo correctamente los valores fonéticos de los signos que formaban el nombre de Ptolomeo en la propia piedra de Rosetta. Pero Young seguía asumiendo, como toda la erudición anterior, que el sistema jeroglífico egipcio era en su conjunto simbólico y no fonético: los cartuchos serían una rara excepción reservada a los nombres extranjeros, no una pista sobre la naturaleza real de toda la escritura. Publicó sus avances parciales en 1819, en una entrada anónima de la *Encyclopaedia Britannica*, sin llegar a dar el salto decisivo.



Ese salto lo dio el francés Jean-François Champollion, que llevaba desde la adolescencia obsesionado con Egipto y que, a diferencia de Young, dominaba el copto, la fase final de la lengua egipcia, todavía usada litúrgicamente por la Iglesia copta y descendiente directa del idioma que los jeroglíficos habían transcrito. El 14 de septiembre de 1822, al comparar los cartuchos de Ptolomeo (en la piedra de Rosetta) y de Ramsés (en una inscripción de Abu Simbel que acababa de recibir), Champollion comprendió que los jeroglíficos no eran un sistema puramente simbólico ni puramente fonético, sino una combinación de ambos: signos que representaban sonidos y signos que representaban ideas, usados conjuntamente según reglas internas consistentes, válidas para toda la escritura egipcia y no solo para los nombres extranjeros. Corrió literalmente desde su despacho hasta el de su hermano gritando «¡Lo tengo!», según el relato familiar, y se desmayó durante varios días de agotamiento nervioso. Presentó sus conclusiones el 27 de septiembre de 1822 ante la Academia de Inscripciones y Bellas Letras de París en su célebre *Lettre à M. Dacier*, el documento fundacional de la egiptología moderna.

La prioridad del descubrimiento generó una disputa nacional casi inmediata: los partidarios británicos de Young, entre ellos el propio Young hasta su muerte en 1829, sostuvieron que Champollion se había apropiado sin reconocerlo de ideas que el inglés ya había publicado antes. Es cierto que Champollion conocía el trabajo de Young y que partió, en parte, de su identificación de los cartuchos como nombres propios; pero el método que de verdad abrió el sistema (entender que la escritura combinaba fonética e ideografía de forma generalizable) fue exclusivamente suyo, y Young mismo reconoció después, con cierta amargura, que Champollion había llegado mucho más lejos que él. La piedra de Rosetta, mientras tanto, siguió expuesta en el Museo Británico, donde hoy sigue siendo, con diferencia, el objeto más visitado de la institución: el fragmento de piedra que permitió, literalmente, volver a leer tres mil años de civilización egipcia.

## Fuentes

- Jean-François Champollion — *Lettre à M. Dacier relative à l'alphabet des hiéroglyphes phonétiques*, Imprimerie Royale (1822)
- Thomas Young — *Remarks on the Ancient Egyptian Manuscripts, with Translation of the Rosetta Inscription*, Archaeologia (1815)
- Andrew Robinson — *Cracking the Egyptian Code: The Revolutionary Life of Jean-François Champollion*, Oxford University Press (2012)
- Richard Parkinson — *The Rosetta Stone*, British Museum Press (2005)
- Andrew Robinson — *The Last Man Who Knew Everything: Thomas Young, the Anonymous Polymath*, Pi Press (2006)

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Cómo citar: Sarasola, Josemari (2026). «La piedra de Rosetta: la carrera por descifrarla». Ikusmira. https://ikusmira.org/p/la-piedra-de-rosetta-la-carrera-por-descifrarla/
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