# El valor p y la significación estadística

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- Categoría: Matemática y estadística
- Publicado: 2026-09-01
- Autoría: Josemari Sarasola Ledesma — Editor coordinador; Profesor titular de escuela universitaria, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea
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El **valor p** es la probabilidad de obtener un resultado al menos tan extremo como el observado suponiendo que la hipótesis nula sea cierta y que el modelo estadístico empleado sea correcto. Cuando ese número queda por debajo de un umbral convenido —tradicionalmente 0,05— el resultado se declara estadísticamente significativo. La definición contiene dos condicionales que son los que se pierden en cada resumen periodístico, y de esa pérdida sale casi todo lo que se hace mal con la cifra.

Lo primero que hay que quitar de la cabeza es la lectura invertida. El valor p es la probabilidad de los datos dada la hipótesis, no la probabilidad de la hipótesis dados los datos. Un p de 0,03 no significa que haya un 3 % de probabilidad de que el resultado sea casualidad, ni un 97 % de que el efecto exista. Tampoco mide la importancia del efecto: con una muestra suficientemente grande, una diferencia irrelevante para cualquier propósito práctico produce valores p diminutos, y con una muestra pequeña un efecto grande y real puede quedarse en 0,2. Y un valor p por encima del umbral no demuestra que no haya efecto; demuestra que estos datos no bastan para distinguirlo del ruido, que es una afirmación mucho más modesta.

El umbral de 0,05 no tiene ninguna base teórica. Lo propuso Ronald Fisher en 1925 como una convención de conveniencia —observó que un desvío de dos veces la desviación típica es un punto cómodo para juzgar si un resultado merece atención— y él mismo entendía el valor p como una medida continua de evidencia dentro de un programa de experimentación repetida, no como un botón de aprobación. La conversión del criterio en un umbral binario y en un requisito de publicación vino después, con la fusión práctica del enfoque de Fisher y el contraste de hipótesis de Neyman y Pearson, y produjo el incentivo que ha marcado un siglo de literatura científica: los resultados por debajo de 0,05 se publican y los demás se quedan en el cajón.

Ese incentivo tiene consecuencias medibles. John Ioannidis argumentó en 2005, con un modelo explícito, que en campos con muchas hipótesis exploradas, muestras pequeñas y efectos reales pequeños, la mayor parte de los hallazgos publicados como significativos tienen que ser falsos, porque la probabilidad de que una hipótesis sea verdadera antes del estudio es baja y el umbral admite un 5 % de falsos positivos por cada hipótesis probada. Joseph Simmons, Leif Nelson y Uri Simonsohn lo demostraron por construcción en 2011: mostraron que con la flexibilidad no declarada que cualquier investigador tiene a mano —decidir cuándo parar de recoger datos, elegir entre dos variables dependientes, incluir o no una covariable, excluir observaciones atípicas— la probabilidad de obtener un resultado significativo a partir de datos sin ninguna señal sube del 5 % a más del 60 %. A esa práctica, que rara vez es un fraude deliberado y casi siempre una serie de decisiones razonables tomadas después de ver los datos, se le llama *p-hacking*.

La comprobación empírica llegó en 2015, cuando la Open Science Collaboration replicó cien estudios publicados en tres revistas de psicología de primer nivel con protocolos acordados de antemano y muestras mayores que las originales. De los noventa y siete que habían informado de resultados significativos, treinta y cinco volvieron a serlo, y el tamaño medio de los efectos replicados fue aproximadamente la mitad del original. Resultados semejantes aparecieron después en economía experimental y en biología del cáncer. La discusión sobre la magnitud exacta de la crisis de replicación sigue abierta —hay quien defiende que una parte del fallo se explica por diferencias de contexto entre el estudio original y la réplica—, pero el hecho de que el umbral de significación no protege de los falsos positivos con la eficacia que se le atribuía ya no se discute.

En 2016, la American Statistical Association hizo algo insólito para una sociedad científica: publicó una declaración formal sobre un procedimiento estadístico. Seis principios, y ninguno de ellos técnico. Que los valores p no miden la probabilidad de que la hipótesis estudiada sea cierta. Que no deben ser la base de decisiones científicas o de política tomadas por un umbral. Que un valor p sin contexto ni otras evidencias aporta información limitada. Que la inferencia adecuada exige informar de todo el proceso —cuántas hipótesis se probaron, qué decisiones de análisis se tomaron— porque sin eso el número no es interpretable. Y que la significación estadística no equivale a importancia. Tres años después, un comentario en *Nature* firmado por Valentin Amrhein, Sander Greenland y Blake McShane y respaldado por más de ochocientos firmantes pidió abandonar el concepto de significación estadística; la revista *Basic and Applied Social Psychology* había ido más lejos en 2015 prohibiendo directamente los valores p en sus artículos.

Conviene, sin embargo, no quedarse con la moraleja de que el valor p es una superstición que hay que retirar, porque las alternativas tienen sus propios problemas. Sustituirlo por umbrales más exigentes —se ha propuesto 0,005— reduce los falsos positivos a costa de exigir muestras mucho mayores y de dejar fuera campos donde eso es imposible. Sustituirlo por intervalos de confianza no cambia nada si el intervalo se lee comprobando si contiene el cero, que es lo que ocurre en la práctica. Sustituirlo por factores de Bayes obliga a declarar una distribución previa que otro investigador puede discutir. La crítica sólida del valor p no es que la fórmula esté mal, es que un número que resume la compatibilidad de unos datos con un modelo se estaba usando para tomar una decisión dicotómica sobre la existencia de un fenómeno. Lo que la estadística ha ido concluyendo desde 2005 es que ninguna cifra individual puede hacer ese trabajo, y que lo que lo hace es el tamaño del efecto, la preinscripción del análisis, la publicación de los resultados nulos y la réplica.

## Fuentes

- Ronald A. Fisher — *Statistical Methods for Research Workers*, Oliver and Boyd, Edimburgo (1925)
- John P. A. Ioannidis — *Why Most Published Research Findings Are False*, PLoS Medicine 2(8) (2005)
- Joseph P. Simmons, Leif D. Nelson y Uri Simonsohn — *False-Positive Psychology: Undisclosed Flexibility in Data Collection and Analysis Allows Presenting Anything as Significant*, Psychological Science 22(11) (2011)
- Open Science Collaboration — *Estimating the reproducibility of psychological science*, Science 349(6251) (2015)
- Ronald L. Wasserstein y Nicole A. Lazar — *The ASA Statement on p-Values: Context, Process, and Purpose*, The American Statistician 70(2) (2016)
- Valentin Amrhein, Sander Greenland y Blake McShane — *Scientists rise up against statistical significance*, Nature 567 (2019)

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Cómo citar: Sarasola, Josemari (2026). «El valor p y la significación estadística». Ikusmira. https://ikusmira.org/p/el-valor-p/
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