# Contar para gobernar: del censo romano a John Graunt

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- Categoría: Matemática y estadística
- Publicado: 2025-08-29
- Autoría: Josemari Sarasola Ledesma — Editor coordinador; Profesor titular de escuela universitaria, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea
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Antes de ser una rama de las matemáticas, la estadística fue una tarea de funcionarios. La palabra lo delata: viene del alemán *Statistik*, que Gottfried Achenwall popularizó a mediados del siglo XVIII para nombrar la descripción de un Estado, sus tierras, sus gentes, sus rentas y sus ejércitos. Era, literalmente, la ciencia del Estado. Y la pregunta que la hizo nacer es tan vieja como el poder mismo: cuántos somos, cuánto tenemos y cuántos podemos ir a la guerra.

Roma tenía una respuesta institucional. Cada cinco años, dos magistrados llamados censores convocaban a los ciudadanos en el Campo de Marte, y cada cabeza de familia declaraba bajo juramento su nombre, su edad, su mujer, sus hijos, sus esclavos y sus bienes. Con esa lista se repartían los ciudadanos en clases según su riqueza, se fijaban los impuestos y se sabía cuántos hombres podían alistarse en las legiones. La ceremonia terminaba con un sacrificio de purificación, el *lustrum*, y de ahí viene que en castellano un lustro dure cinco años. Augusto presumió en sus *Res Gestae* de haber hecho tres censos y de haber contado en el último, el del año 14, 4.937.000 ciudadanos. El más famoso de todos los censos romanos es, sin embargo, uno de dudosa historicidad: el que, según el Evangelio de Lucas, obligó a José y María a viajar a Belén.

El censo es una idea que reaparece cada vez que un poder quiere asentarse. Guillermo el Conquistador, veinte años después de invadir Inglaterra, mandó en 1086 a sus comisionados a inventariar cada aldea, cada molino y cada cerdo del reino, y el resultado, el *Domesday Book*, recibió ese nombre de libro del Juicio Final porque contra lo que en él se anotaba no cabía apelación. En la España del siglo XVIII, el marqués de la Ensenada hizo levantar hacia 1750 un catastro minucioso de la Corona de Castilla para implantar una contribución única, y en 1787 el conde de Floridablanca encargó el que se considera el primer censo moderno de población del país, con algo más de diez millones de habitantes, contados por edad, sexo, estado civil y oficio. En todos los casos el objetivo era el mismo: el que cuenta, gobierna. Hoy el [censo estadístico](https://ikusmira.org/p/censo-estadistico/) sigue siendo la operación de recuento más cara y más pesada que hace un Estado.

Pero contar no es todavía hacer estadística. El salto ocurrió en Londres, en 1662, y lo dio un hombre que no era ni matemático ni funcionario. John Graunt era mercero, vendía botones, agujas y cintas en el barrio de Cornhill, y tenía la costumbre de leer con atención unos papeles que todo el mundo compraba y casi nadie miraba despacio: los *Bills of Mortality*, los boletines de mortalidad. Desde finales del siglo XVI, los sacristanes de las parroquias de Londres publicaban cada semana cuántos bautismos y cuántos entierros había habido, y desde 1629 añadían de qué había muerto la gente. Servían sobre todo como alarma: cuando los muertos por peste empezaban a subir, los ricos hacían las maletas y se marchaban al campo.

La causa de la muerte no la dictaminaba un médico. La anotaban las *searchers*, mujeres casi siempre ancianas y pobres que la parroquia pagaba para entrar en la casa del difunto, mirar el cuerpo y preguntar a la familia. Graunt sabía que el dato era tosco, y lo dijo, pero hizo algo que nadie había hecho: en lugar de leer los boletines semana a semana, reunió los de muchos años, los puso en tablas y buscó qué se repetía.



Lo que encontró fue asombroso para su época. La primera regularidad es que nacían más niños que niñas, unos catorce por cada trece, año tras año y parroquia tras parroquia, con una constancia que ningún capricho individual explicaba. La segunda, que algunas muertes que parecían puro azar, como los ahogados, los suicidios o los accidentes, se repetían en cantidades muy parecidas cada año. La tercera, que en Londres morían más personas de las que nacían, de modo que la ciudad solo crecía porque llegaba gente del campo. Desmontó además una creencia muy extendida, la de que las grandes pestes coincidían con la subida al trono de un rey nuevo, y estimó la población de Londres en unos 384.000 habitantes, cuando se hablaba alegremente de millones.

Su hallazgo más duradero fue una tabla. Graunt quería saber cuántos de cada cien nacidos seguían vivos a cada edad, y como los boletines no daban la edad del muerto, la reconstruyó con ingenio: sabía cuántos niños morían de enfermedades propias de la infancia, y repartió el resto con una regla aproximada. El resultado decía que de cada cien niños, 36 morían antes de cumplir seis años, a los dieciséis quedaban 40, a los treinta y seis, 16, y a los setenta y seis, solo uno. Los números eran rudimentarios, pero la idea era nueva: una tabla de mortalidad, que convierte miles de muertes individuales, cada una con su historia, en una regularidad colectiva sobre la que se puede razonar.

El libro, *Observaciones naturales y políticas hechas sobre los boletines de mortalidad*, tuvo cinco ediciones en quince años. El rey Carlos II quedó tan impresionado que recomendó a la recién fundada Royal Society que admitiera a su autor, y añadió, según se cuenta, que si encontraban más comerciantes como aquel, los admitieran también sin más trámite. Su amigo William Petty llevó la idea más lejos con lo que llamó aritmética política, el uso de números para discutir impuestos, comercio y población, y treinta años después el astrónomo Edmond Halley construyó con los registros de la ciudad de Breslavia la primera tabla de mortalidad hecha con edades reales, que sirvió para calcular cuánto debía costar una renta vitalicia. Con ella nació el cálculo actuarial, y con él los seguros de vida y las pensiones.

Lo importante de Graunt no es ninguna de sus cifras, que hoy sabemos inexactas, sino el gesto. Descubrió que el comportamiento de una persona es imprevisible, pero el de miles de personas tiene regularidades estables, y que esas regularidades solo se ven cuando se agregan los datos. Es la misma intuición que, medio siglo después, Jakob Bernoulli convertiría en la [ley de los grandes números](https://ikusmira.org/p/la-ley-de-los-grandes-numeros/) y que Adolphe Quetelet llevaría hasta la idea, muy discutible, de un [hombre medio](https://ikusmira.org/p/el-hombre-medio-no-existe/). A partir de ahí, contar dejó de ser solo una forma de cobrar impuestos y se convirtió en una forma de entender.

Los boletines de mortalidad tenían todavía una lección que dar. Dos siglos después, otro londinense, el médico John Snow, iba a usar los registros de defunciones de una epidemia de cólera, calle por calle, para encontrar su causa, en la que es quizá la historia más célebre de la estadística salvando vidas: [los números del cólera](https://ikusmira.org/p/los-numeros-del-colera/).

## Fuentes

- John Graunt — *Natural and Political Observations Made upon the Bills of Mortality*, Thomas Roycroft, Londres (1662)
- Edmond Halley — *An Estimate of the Degrees of the Mortality of Mankind*, Philosophical Transactions of the Royal Society 17 (1693) — https://doi.org/10.1098/rstl.1693.0007
- Ian Hacking — *The Taming of Chance*, Cambridge University Press (1990)
- Stephen M. Stigler — *The History of Statistics: The Measurement of Uncertainty before 1900*, Harvard University Press (1986)

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Cómo citar: Sarasola, Josemari (2025). «Contar para gobernar: del censo romano a John Graunt». Ikusmira. https://ikusmira.org/p/contar-para-gobernar/
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